El intensivo de la mente millonaria

Este jueves marcho a Madrid en AVE para acudir a un curioso evento que allí tiene lugar: el intensivo de la mente millonaria. Atiende.

Que he cambiado en los últimos años, y que lo sigo haciendo, es ya evidente para mí. He abierto mi mente hasta el punto de irme tres días a Madrid a participar en un evento titulado “Intensivo de la mente millonaria”. Pero oye, antes he estado en el “1er encuentro de-mentes” y en un taller de “Seduczión”, así que esto será pan comido.

Hace ya unos diez años que una idea entró en mi mente: “Si trabajo para alguien por un salario fijo, nunca me haré millonario”. Esta sencilla frase rompió muchos de mis esquemas. Era tan evidente, tan desconsoladoramente irrefutable, loterías al margen, que cuajó en mí como una verdad verdadera. Le di un par de vueltas más a la idea.

Siempre iba a depender de alguien. El dinero que recibiría cada mes, o cada año, estaría limitado. También habría otras reglas, como cuántas horas trabajaría cada día o cuántos días de vacaciones podría tomarme y cuándo. Aquello no me parecía trabajo, me parecía servidumbre. Y siempre dependería de si las cosas iban bien, de la inestabilidad de mi puesto de trabajo y de algunas otras variables difusas, inponderables y más allá de mi control. No se trataba sólo de dinero; se trataba también de mis propias condiciones y términos y de mi propia seguridad, prosperidad e independencia económica.

Decidí que cortaría con todo eso. No tenía que ser en el momento; podía hacerlo a lo largo del tiempo. Simplemente, comenzaría a tomar decisiones en la dirección que más me conviniera a medida que se me fueran presentando oportunidades.

En Alemania, tuve la oportunidad de hacerme interno en la empresa en la que trabajé. Elegí hacerme autónomo. Había dado un paso adelante en cuanto a días libres y en cuanto a la libertad de decidir mi propio salario. En cuanto pude, me tomé la libertad incluso de dejarlo y buscar un trabajo que disfrutara haciendo. En la escuela y en la universidad nos inclinan a hacer cosas que odiamos, en lugar de encaminarnos hacia todo aquello que nos gusta hacer y disfrutamos.

Me despedí y me tomé unos años para aprender algo nuevo y que me apasionara. Podría haberlo hecho de otras maneras, pero disponía del suficiente dinero como para tomármelo con calma y aprovechar para replantearme muchas cosas por el camino. La dirección general de mi vida me producía desazón y desconsuelo, así que quise hacer algo realmente radical.

Fast-forward en el tiempo. Empiezo un nuevo trabajo por cuenta propia. Llega mi primer cliente. Trabajo con él durante más de dos horas y, cuando me paga, me siento mal. Sorpresa. Cuando me pagó, sentí que no lo merecía. Y… ¿cuál fue la lógica razón? Había disfrutado de mi trabajo. Atiende.

En lo más profundo de mí, había descubierto la creencia de que hay que pasarlo mal para ganar dinero. Décadas de condicionamiento escolar e universitario salieron a la palestra con las manos manchadas de tiza. Tuve que sentarme y hacerme un bonito reencuadre.

La mente inconsciente acumula cientos de creencias sobre el dinero. Está influida por cosas tan sutiles e intangibles como la relación que tu padre y tu madre mantuvieron con el dinero cuando eras un niño. Está conformada por la cultura y por los medios. Está marcada por lo que tus amigos e incluso desconocidos piensan y dicen sobre el dinero y sobre aquellos que lo poseen en grandes cantidades. Yo había trabajado con creencias, pero nunca me había sentado a analizar aquellas que mantenía en relación con el dinero. Son muchas, y muy poderosas, y están muy cabreadas.

Lo bueno y lo malo de las creencias es que funcionan en automático sin que te des cuenta. Lo mejor es que se pueden cambiar. Si crees algo que te está dando unos resultados mejorables, puedes creer algo diferente. Puedes hacerlo una y otra vez hasta que sólo te puedas quejar de dos cosas: te has topado con una pared o se te han terminado las creencias para cambiar.

Así que este jueves me marcho para allá, con un programa diario intenso de tres días, una libreta, un boli y un billete de 100 euros en el bolsillo cuyo destino temo.

¿Cómo hago para disfrutar al máximo de todo eso? Ya estoy pensando en algunas ideas…

Como diría Milton Erickson: “¡Ah! ¡Esta es una rara oportunidad para aprender algo nuevo!”

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