2012: Una odisea especial

Hace ya más de un mes que murió mi madre. Desde que dejara de existir ahí fuera para pasar a existir aquí dentro, en mi interior. Mi hermana volvió a Francia. Yo volví a mi casa. Mi padre quedó allí, en el epicentro. Me siento tranquilo, sereno, aunque todavía siento que falta algo. Alguien se ha llevado algo. Me han robado la moto, el jarrón del comedor, o quizá las llaves a un lugar que nunca fue mío. De cualquier manera, y como dice la Desiderata, sin duda el Universo se desenvuelve como debe. Eso no quiere decir que sea fácil sobrellevarlo.

Una de mis grandes preocupaciones fue siempre que mis padres murieran sin que yo pudiera llegar a conocerlos. Que me quedaran cosas por decirles y cosas por saber. Siempre quedarán cosas por decir. Siempre quedarán cosas por saber. Pero me siento en paz con mi madre. Llegué a conocerla lo suficiente como para sentirme satisfecho de las decisiones que tomé y de lo que hice después. Llegué a conectar con ella íntimamente. Con mi padre, el sabor es distinto. Quizá él se quedó aquí un tiempo más para que yo pudiera llegar a sentirme de la misma manera. Quizá, realmente, el Universo se desenvuelva como debe. Tenemos tiempo. Me gusta pensar que, en la vida, siempre gano. El premio es un día nuevo.

Mi padre, mi hermana y yo pasamos un mes entero juntos. Nos hicimos compañía y estuvimos unidos en este trance.

Mi madre fue ama de casa profesional. Durante décadas, mi padre salió cada día a cazar mientras ella se ocupaba de la cueva. Ahora, mi padre debía ocuparse de la cueva. Sencillamente, las pinturas rupestres no son lo suyo.

Para desarrollar su potencial de amo de casa, mi hermana diseñó e impartió durante esas cuatro semanas un completo programa de talleres sobre las diferentes actividades que implica una casa. Así, con el pasar de los días, mi padre asistió a los diferentes eventos: taller de uso y limpieza de lavaplatos, taller de limpieza de hornos, taller de lavadoras y logística textil, taller de limpieza de mierdas de perro y muchos otros. El programa fue dinámico e intenso.

Aprovechando que eran gratuitos y me quedaban cerca, me inscribí en todos ellos. Aprendí mucho. Y también lo disfruté.

Me puse de rodillas y tiré de la portezuela. El horno se abrió ante mí. Mi padre estaba llamando a Movistar para dar de baja la línea de teléfono de mi madre. Sencillamente, ya no la necesitaría más. Donde está, los teléfonos, aunque sean móviles, son irrelevantes.

Me sentí como un astronauta. El portón se abrió con uno de esos sonidos hidráulicos de cuando se abren las escotillas en las películas del espacio.

—Veo una luz —dije por el intercomunicador.

—Procede a extraer las bandejas —me dijo Control de Tierra.

Procedí a extraer las bandejas. Primero la rejilla. Después la bandeja principal. En gravedad cero, cualquier movimiento es extenuante.

Mi padre gritaba al teléfono:

—¡Que le digo que quiero dar de baja esta línea!

La voz de Control de Tierra llegó de nuevo a través de mis auriculares.

—Ahora toma la esponja no alimentaria —fueron las palabras— y, con alegría, empieza a rascar.

Empecé a rascar con alegría. Me puse a cantar. Las notas resonaron en el interior del casco. Al poco respiraba pesadamente. El espacio era pequeño y la luz brillante. Hice las esquinas. Mientras, mi padre se embarcaba en un diálogo de besugos espaciales del siglo XXI.

—¡¿Que tiene que llamar la interesada?! —bramaba—. ¡Le estoy diciendo que ha fallecido!

Ecos del espacio. El año 2000 fue muy diferente a como todos lo esperábamos. También lo fueron el 2001. Y el 2010. Ahora, androides atendían las llamadas. Miré el fondo del horno. Este monolito tenía una pinta muy extraña. Empecé a rascar el techo.

—¡Que le digo que no puede llamar la interesada! ¡Ha fallecido!

El calor en el interior del traje se me estaba haciendo insoportable. Nadie habla de la soledad del astronauta, flotando, solitario en cualquier lugar de un espacio infinito.

La mierda saltaba con presteza. Mi misión estaba llegando a su fin. El monolito estaba quedando como los chorros del oro. Ahora, como en un iPad antes de ser encendido. Oscuro, brillante. Ya nadie quiere los chorros del oro. Siempre fue el monolito. La promesa de que en algún lugar encontraremos un botón. Al pulsarlo, se iluminará y nos pondrá en contacto con una civilización inteligente. Seguimos buscando. Seguimos jugando. Están ahí fuera, en algún lugar, esperando a que los encontremos. O quizá no.

—Eso está bien —dijo la voz de Control de Tierra—. Ahora tocan las bandejas. Sal de ahí.

Floté hacia atrás. Floté y floté hasta que estuve fuera del recinto. Floté más allá de sus límites. Floté todavía más allá, más allá del portón, y entonces lo empujé. El sonido fue el mismo, y a la vez fue diferente. Suavemente, las líneas frente a mí fueron separándose más y más. Más y más. Hasta que, finalmente, el portón se cerró con ese golpe seco y blando de un mecanismo que llega hasta el final de su recorrido. Comencé a entender.

—Vale. Ahora toca frotar las bandejas —dijo Control de Tierra—. Dirígete hacia el fregadero. Allí encontrarás un objeto pequeño, una especie de esponja de rizos metálicos. Cógela y empieza a darles caña.

Floté y floté hasta allí, en el silencio del espacio.

Oía mi propia respiración. Era lo único que podía escuchar ahora. Me movía lenta y pesadamente. Quizá el espacio fuera una suerte de líquido en el que todo flotaba. Debajo, una infinidad de kilómetros cúbicos de espacio. Encima, otra infinidad equivalente. La resultante de todas las fuerzas, cero. Y yo sólo flotaba lenta y grácilmente hacia las bandejas. Encontré la esponja de rizos metálicos.

Froté y froté, allí, en el silencio del espacio. Froté durante lo que fue una eternidad.

Froté hasta que salió el último resto de lasaña. Froté hasta que las bandejas resplandecieron. Froté hasta que todo fue brillante. La luz proveniente de la estrella más cercana se reflejaba con fuerza sobre la superficie de la parrilla.

Me volví y miré hacia ella. Un sol, brillante y cegador, crepitaba silenciosa y eternamente ante mí.

Con el paso de los segundos, mis ojos se acostrumbraron a su luz. Con el paso de los segundos, todo lo demás comenzó a desaparecer. Pronto, sólo quedamos Sol y yo.

Sentí que flotaba en líquido amniótico. Segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, siglos, milenios. No sabría decir cuánto tiempo estuve allí, flotando suavemente, compartiendo el espacio infinito con aquel Sol brillante que empezó a tragarse la oscuridad misma. Seguí hasta que comenzó a tragar mi propia oscuridad.

—Aquí Control de Tierra. Su circuito está muerto. Algo está mal.

Y aquí estoy yo, flotando en mi traje espacial, a miles de miles de millones de kilómetros de casa. El planeta Tierra está triste y no hay nada que pueda hacer.

—Dile a mi mujer que la amo. Ella lo sabe.

Empecé a llorar. Una lágrima cayó desde mi ojo derecho. La sentí deslizar sobre mi mejilla. El casco se empañó. Pronto nuevas lágrimas se unieron a mi otra mejilla. Comencé a sorber.

Todo está bien, me dije. Todo está bien. Y froté un poco más.

Lenta o rápidamente, empecé a voltearme sobre mí mismo. Vi el monolito. Llegué hasta él y abrí el portón. Coloqué las bandejas y salí de allí. Había terminado mi misión.

De vuelta a casa, reflexioné. Pensé que hay un mundo “real” y otro mundo dentro de cada uno de nosotros, y que somos la representación de esa mezcla exacta. Me pregunté qué había más bello que la imaginación; la habilidad de crear de la nada, nuevos mundos. Llenos de luz. Llenos de color. Abundantes en recursos. Flotando suavemente es ese espacio infinito lleno de estrellas que posibilitan la vida con su calor. Me sentí embargado por una agradable sensación de comunión, de pertenecer a todo ello. De poder contribuir con el latido de mi corazón a esa eterna armonía cósmica sin principio y sin fin.

Miré las estrellas. Miré el vacío que las hacía posible. Su luz viajaba en todas direcciones. En el espacio, el tiempo carece de sentido. En el espacio, sólo puedes sentir que estás vivo.

Todavía.

Y el resto, todo lo demás, es la ilusión que te hace seguir viviendo.

Comentarios

Esta entrada es un compendio del ESDLV.
Del ESDLV de antes, del de mucho antes, del de ahora, del de mañana, quizá… del de siempre. Imaginación, recreaciones cachondas y fino humor, por un lado, por otro, metafísica. Y todo ello salseado con la vida real.

Gran entrada, sin duda.

En mí, particularmente, ha servido para darme cuenta de que este proceso en mi vida (“evolución humana inteligente” y consciente, porque antes también evolucionaba aunque no fuera consciente de ello) tiene la utilidad de que ahora decido parte de mis ideas y no me dejo llevar por el entorno como antes. Aunque, como no se si eso es posible, al menos ahora lo hago menos inconscientemente.

Gracias Javier por dejarme leer un texto en el que he comprendido algo valioso para mi momento presente.

Gonzo, me alegra que ESDLV no haya muerto del todo.

El sargento de artillería era mi mujer, que venía enseñada de casas de sus padres. Fue como hacer la mili en Salusa Secundus, pero aguantando broncas por dejar “churretes”. Y cuando salía triunfante de la cocina solamente preguntaba ¿también has fregado el horno?

A lo que iba, en el Mercadona hay un bote con espuma a presión para limpiar hornos que actúa sobre la mugre con bastante furia y te ahorra un monton de frota-frota. Solamente hay que aclararlo muy bien o la siguiente vez que uses el horno saldrá un vaporcilllo con los restos del producto.

Hola, Javier.
Una cosa que me hace daño a los ojos: según la RAE es incorrecto usar el punto tras las unidades de millar en la expresión de las fechas.

Por lo demás, gran post y gran blog.

Al decir “expresión de las fechas” quería decir “expresión númerica de los años”.
En la expresión númerica de las fechas sí que es correcto utilizarlo, en determinados formatos.

Todo esto, claro está, según la RAE:
 http://buscon.rae.es/dpdI/SrvltConsulta?lema=punto

Saludos.

Me lo han apuntado alguna vez por aquí y he vuelto a cometer el error. Que sea la última vez que lo hago. Gracias :-)

¿Cómo hago para que el comentario no me aparezca “anidado” en el comentario de lotas?

Tienes que darle a “Añadir comentario” justo debajo de la columna. Pienso que Drupal, por defecto, anida los comentarios. O quizá has pulsado en otro sitio. A mí me ha sucedido también alguna vez.

Gran post. Sería interesante si compartieras tu visión del “taller de logística textil”. Y una aportación: ¿habéis incluido “supervivencia culinaria” o tu venerable padre disponía ya de los conocimientos necesarios? Un abrazo fuerte:)

Yo soy otro que se alegra de entrar aquí y ver que ESDLV sigue adelante.