Diario de Gonzo

El Diario de Gonzo

Termitas

El móvil soltó un pequeño zumbido en mi bolsillo. Lo saqué y eché un vistazo a la pantalla. Era Gonzo:

"Pásate por aquí. Tengo algo para ti que te va a gustar. Un saludo."

No quería hacer esperar al muñeco, así que iba a tener que saltarme la cena. A las 21:21 abría la puerta de su despacho. El muñeco tenía una amplia sonrisa en el rostro de felpa.

—Hola —dijo—. No, no te sientes —añadió apresuradamente al ver que me dirigía a mi sillón.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—Ahora verás.

Tetas y ascensores

Entré sin llamar. El muñeco de felpa azul estaba tecleando en el ordenador. Levantó la vista al verme entrar.

—Ah, hola —dijo.

—Hola. Te quería contar una cosa que me ha pasado esta maña... ¡Oooooh, me has puesto una silla como la tuya!

—Sí —sonrió—. Anda, siéntate.

Di unas palmas de alegría. Tomé asiento e hice que el respaldo se reclinara.

—Caray, es comodísima. Muchas gracias.

—A mandar.

Me incorporé.

El AVP

Eran las 11:11 cuando empujé la puerta acristalada del gran edificio. En el otro extremo de la enorme estancia había un mostrador. Mientras caminaba sobre el suelo encerado pude ver al tipo de la otra vez. Me miró con una sonrisa cuando estuve a escasos metros de él. Debía de acordarse de mí, porque preguntó:

—¿Ya te ha preguntado alguna chica si querías tocarle las tetas?

La pregunta me pilló un tanto desprevenido.

—Eeeeeh, no. La verdad es que no —dije.

No hay cuchara

Era lunes y me había levantado ya hacía un rato. Debían de ser las once y media, aunque no recuerdo haber mirado ningún reloj. Acababa de desayunar y miraba el correo en el ordenador. Todavía no sé por qué me di la vuelta, pero el caso es que lo hice. Supongo que, de algún modo, sentí su presencia.

Estaba sentado en el sofá, mirándome con amplios ojos y una sonrisa tierna. Era un enorme muñeco de felpa azul. Debía de medir como medio metro. Tenía las manos sobre el regazo y una gallina bordada en el pecho.

—Hola —dijo sin más.

—Hola —dije.

Luchar contra uno mismo

Diario de Gonzo. Capítulo 2.

Allí estaban de nuevo. Ella encima, moviéndose despacio. Él puso sus pequeñas y torpes manos de felpa sobre sus caderas. El sol de la mañana entraba radiante por la ventana y se desparramaba por la habitación. El sabor en su boca era dulce. Ya lo había sentido antes.

Se habían conocido la noche anterior y habían acabado en el sofá de ella, quitándose la ropa el uno al otro con una urgente mezcla de dulzura y pasión, intentando estirar cada segundo antes de que llegara el siguiente. Al final ella estuvo completamente desnuda, tumbada sobre su espalda, sus piernas abiertas. El pequeño muñeco de felpa a sus pies se sintió turbado ante lo que le mostraban sus pobres y confusos ojos. Se sintió feliz. No sabía exactamente qué estaba sucediendo en su vida, pero aquellos momentos de felicidad, aquellos momentos en los que todo parecía perfecto, aquellos momentos en los que todas las piezas parecían estar en su sitio y en su duro corazón relleno de serrín no cabía una palabra de repoche para el mundo, aquellos momentos se sucedían cada vez con mayor frecuencia. Miró una última vez a aquella adorable criatura frente a él y juntó sus manos en una especie de plegaria. Las levantó hacia el cielo y hacia allí dirigió su mirada mientras susurraba "Gracias" con toda la dulzura que fue capaz de reunir de entre el serrín.

Después se zambulló en la pasión.

Sus cuerpos se unieron durante horas, y durante horas el pequeño muñeco de felpa dejó de ser él mismo para cambiar su corazón por uno de verdad. Las tuercas de su cabeza dejaron de hacer ruido, y la felpa de su piel se convirtió en una membrana que parecía capaz de absorber las sensaciones de aquel cuerpo que le abrazaba. Se preguntó qué era todo aquello que estaba sintiendo, y se preguntó si lo había experimentado alguna vez antes para terminar haciendo un pacto consigo mismo y pensar que sí y que, más tarde, en algún lugar del camino, lo había olvidado. Quizá no quiso hacer lugar a la tristeza en un momento tan perfecto.

La sensación era como cuando uno se pone un terrón de azúcar en la lengua y deja que se deshaga. Tiene un aspecto azulado, casi violeta, y sus bordes son difusos y se expanden lentamente. Y cuando lo hacen, se extienden de la lengua al resto de la cabeza, y después se desbordan por el cuello y van llenando el pecho y el abdomen. Después no tienen más remedio que salir por las piernas y los brazos hasta llegar a las puntas de los dedos. Y cuando uno está lleno de esa dulce sensación, saturado, y tiene la impresión de que es una especie de globo que va a reventar de dulzura, esa sensación comienza a salpicar las cosas que te rodean. Y llega un punto en el que todo es de un suave azul violeta. Todo, incluso las paredes de la habitación, parece hecho de azúcar, y brilla con un fulgor que lo hace resplandecer en la oscuridad, de manera que allá donde mires tus ojos son acariciados con una suave vibración. No puedes escapar. No hay salida. Estás preso de una dulzura que te envuelve por todas partes y no puedes sino asfixiarte de gozo en ella. Es una especie de muerte dulce de la que no quieres nacer jamás.

"Me estás echando un polvo místico" susurró ella en su oído, y el pequeño muñeco de felpa se preguntó si realmente podían estar sintiendo lo mismo. Su tierno corazón de serrín se conmovió ante aquella posibilidad. Sólo quería ser feliz, sólo quería que ella fuera feliz. Se dijo que haría todo lo posible por no olvidar aquel momento, que haría todo lo que estuviera en su mano por recordar aquellas sensaciones y por recordar que, en aquel instante, como siempre, todo era perfecto. Necesitaba recordarlo.

Ahora era el día siguiente y ella estaba de nuevo sobre él, y podía sentir otra vez su piel contra su maltrecho cuerpecillo de felpa. Su espalda contra el colchón, la cabeza en la almohada, sus vacilantes manecitas sobre sus caderas. Ella se movía despacio, y Gonzo pudo verla arquear su espalda, cerrar los ojos, abrir la boca en una mueca de placer sereno. Y aún así quiso cambiar las cosas.

Sus manecitas despeluchadas asieron aquellas caderas con fuerza e intentó apartar su cuerpo a un lado. Se vio incapaz. La asió con firmeza y lo volvió a intentar, pero la fuerza que parecía requerir su intención se le antojó por un momento sobrehumana. Quizá fuera porque no era más que un pequeño y despreciable muñeco de felpa. "¿Qué haces?" preguntó ella. "Estoy intentando hacerte a un lado" dijo él. "Pues tendrás que hacer más fuerza" respondió. Y en aquel momento se dio cuenta.

Lo pudo sentir perfectamente. Con ambas manecillas en sus caderas, se dio cuenta de que estaba utilizando su propia fuerza contra sí mismo. Podía notar perfectamente unos músculos trabajando contra otros, podía sentir, con total claridad, que una parte de él le estaba saboteando. Algo hizo click en su interior, y se preguntó en cuántos lugares de su vida estaría sucediendo lo mismo sin que fuera consciente de ello. Se preguntó cuántas intenciones estaría arruinando sin saberlo y para qué. Resistencia. La eterna lucha consigo mismo. ¿Cómo podría llegar a ser su propio amigo? ¿Cómo podrían todas sus partes ponerse de acuerdo para trabajar con armonía y eficacia?

El pequeño muñeco de felpa supo que tenía muchas cosas sobre las que reflexionar. No lo sabía todavía, pero la siguiente noche la pasaría con los ojos abiertos, reordenando cosas en su interior. En aquel momento simplemente se dijo gracias con ternura. Quizá las lecciones no tuvieran que ser necesariamente amargas. Quizá, después de todo, se pudiera aprender con un suave regusto a terrón de azúcar sobre la lengua.

Pensó en todo esto durante un instante. Y después, exactamente un segundo más tarde, volvió a dejarse llevar.

Las puertas del infierno

Diario de Gonzo. Capítulo 1.

El pequeño muñeco de felpa azul empujó tímidamente la puerta del bar del hotel. Asomó la cabeza y miró al interior con sus grandes ojos saltones, unos ojos agotados de una vida de observar el mundo. La estancia parecía en calma. Tanto mejor.

Echó a caminar sobre el suelo resplandeciente. Era un lugar tranquilo. La gente parecía enfrascada en sus quehaceres. Ordenadores y revistas estaban abiertos sobre mesas o regazos.

El pequeño muñeco avanzó por el pasillo, sus pasos cortos, tímidos, titubeantes. En uno de los sofás, una chica tomaba una copa de vino blanco. Llevaba unos vaqueros ajustados y un bonito escote. Junto a ella, algunos bolígrafos, una libreta con notas y lo que parecía un pequeño grabador de voz. Él pasó despacio, más despacio todavía de lo que había caminado antes. Se empapó en todos aquellos detalles y, sin volver la cabeza, la siguió mirando aún cuando casi la hubo dejado atrás.

Bajó la cabeza y miró al suelo. Sus pequeños zapatos repicaban sobre el mármol sin apenas hacer ruido. Llevaba toda su vida sin hacer ruido. Y en aquel momento, por ningún motivo en especial, lo comprendió todo.

Comprendió que se le había concedido la maravillosa facultad de soñar, y sin saber cómo ni para qué, había convertido el sueño en una pesadilla. Comprendió, por fin, que todas esas desagradables sensaciones que habían poblado su interior desde lo que parecía el principio del sueño podían resumirse en una palabra: miedo.

Caminando tímidamente por aquel lugar anónimo perdido en el tiempo y en el espacio, sintió que alguien había quitado una venda de sus ojos. Como le había sucedido en otras ocasiones, el brillo le cegó de inmediato. Pero esta vez pudo mirar el tiempo suficiente. Y esto es lo que vio:

El negro era blanco. Arriba era abajo. Dentro era fuera.

Sintió vértigo. Por un momento se tambaleó. Un rayo perforó su diminuto corazón de felpa relleno de serrín. Se detuvo. Sus enclenques piernecillas flaquearon. Sintió terror.

No tardó en darse cuenta de que no debía sentir ningún miedo, pues no había nada a lo que temer. Todo estaba dentro de él. Eso significaba que el miedo sólo era miedo al amor.

"Miedo al amor", se dijo sorprendido. "¿Cómo puede alguien tener miedo al amor?". No tardó más que unos pocos segundos en encontrar la respuesta.

Se dio cuenta de que había estado mirando al mundo desde la perspectiva equivocada. Llevaba toda la vida intentando unir los puntos de la existencia con líneas quebradas. Se dio cuenta de que, si miraba al Universo desde el lugar preciso, todos los puntos encajaban. Y ese lugar era él.

¿Cómo podía haber sido tan idiota?

¿Cómo por tanto tiempo?

Miedo a su propio poder. Miedo a sí mismo.

Tuvo la impresión de que el Universo explotaba en una tremenda carcajada, y cuando él mismo lo comprendió, una tímida sonrisa surcó su rostro. Era apenas un rictus en su cara, pero era todo lo que podía hacer por el momento.

Y no fue poco. Imagine el lector la desagradable sensación que produce saber que el Universo mismo, con sus colosales dimensiones, se ha estado riendo a costa de uno desde el principio de los tiempos. Por fin comprendió por qué tenía la piel de felpa, el corazón de serrín y la cabeza llena de tuercas haciendo ruido a cada paso.

Había entendido el chiste.

"Ja", se dijo con poca convicción, y se dio cuenta de que, un instante después, se estaba riendo de sí mismo. Esta vez genuinamente.

Se preguntó qué haría después. No lo supo con certeza. Se dio cuenta de que había cerrado de nuevo los ojos, y los abrió lentamente temiendo que la abrasadora luz terminara por cegarle. Pero todo parecía haber vuelto a la normalidad.

Arriba volvía a estar arriba. Abajo, abajo. Y así todo lo demás. El fogonazo, como las otra veces, había vuelto a consumirse. Pero esta vez había sido diferente. Esta vez la imagen del Universo había quedado impresa en su pequeña cabecita llena de tuercas sueltas. Esa imagen no era un mapa sino una brújula. Era todo lo que necesitaba.

Miró a su alrededor. Las mesas, la gente, el suelo. Todo tenía el mismo aspecto que hacía un minuto, pero todo era de nuevo diferente.

Miró de nuevo a la chica. Era preciosa. Ella tomó la copa de vino blanco y se la llevó a los labios y, cuando lo hizo, el pequeño muñeco de felpa azul vio que su mano temblaba. Estaba nerviosa. Pudo ver que aquella chica estaba inquieta. Se preguntó a quién estaría esperando. Probablemente a alguien importante, a alguien que tuviera algo que decir.

De repente ella levantó la vista y miró en derredor. Gonzo, el pequeño muñeco, no se inmutó. Después de todo él no era más que una fantasía, un personaje de ficción. Él sólo existía en los sueños de otras personas.

Nadie le podía ver. Estaba a salvo de los otros.

Ella paseó la mirada por la enorme estancia y, durante un instante, le pareció que sus ojos reparaban en él. Fue sólo un momento. Sus ojos coincidieron y su pequeño cuerpo de felpa tuvo una sensación que no pudo identificar. Por un segundo, Gonzo pensó que ella le había visto.

"Pero es imposible", se dijo. "Esto es un sueño, y nadie sabe que estoy aquí".

Se dio cuenta de que podía escuchar sus pensamientos con claridad. El torbellino que incesantemente ocupaba su cabeza, el ruido de tuercas chocando unas con otras, había cesado. Ahora sus pensamientos eran un suave goteo. Y ya apenas había preguntas. Ahora había respuestas.

La chica recogió sus cosas, se levantó y se alejó en dirección contraria. Gonzo pudo ver su silueta cruzando la puerta que daba al exterior.

¿Quién era? Y sobre todo, ¿le había visto? ¿Cómo era posible? ¿Estaría ella también despierta? ¿Había otros como él? ¿Qué estaba ocurriendo?

De nuevo volvían las preguntas a su cabeza. Pero esta vez tenía una brújula. Miró el redondo objeto y lo apretó fuertemente en su mano. Con ella saldría a buscar respuestas.

Se maldijo por haber permitido que aquella chica se marchara sin haber cruzado una palabra con ella. Se preguntó si, después de todo, ella querría hablar con él. ¿Por qué iba a querer hacerlo? Después de todo no era más que un estúpido y sucio muñeco de felpa. Repitió la pregunta y tuvo miedo de la respuesta. Pero esta vez se dijo "Todo está bien, el miedo es amor".

"Lo que está fuera está dentro" dijo. Su mente lógica intentó un par de cabriolas. "Si ella siente miedo yo siento amor. Si yo siento amor ella siente miedo. Si ella siente miedo yo siento amor. Si yo siento miedo ella siente amor". Daba igual cómo lo formulara. El pensamiento lógico había dejado de tener sentido para él. Sólo sabía que el amor le gustaba, y quería más. Sacó la brújula y se dio cuenta de que la aguja apuntaba en dirección a la puerta por la que acababa de salir la chica. Quizá la brújula apuntara siempre en dirección al amor. Si así fuera, ni siquiera tendría que utilizar el pequeño objeto; sólo debía responder a sus propias sensaciones. Él mismo era su propia brújula. Él mismo era, después de todo, el sentido.

Y allí, sobre el resplandeciente suelo encerado, los enormes ojos expresando confusión, las piernas quebradas y el corazón perdiendo serrín para hacer lugar a algo de verdad, el pequeño muñeco de felpa sintió sobre sus hombros el enorme peso de toda la soledad del Universo. Deseaba contar a alguien lo que acababa de encontrar. Deseaba fervientemente compartir lo que sabía. Algo hervía en su interior. Tenía que gritar, tenía que despertar a alguno de aquellos seres que compartían el sueño con él.

¿Estarían preparados?

¿Estaría él preparado?

Poco importaba. Todo estaba bien como estaba. Después de todo, la historia se escribiría sola. Él sólo tenía que buscar el amor.

Levantó la mirada, guardó la brújula en el bolsillo y caminó hasta el otro extremo de la estancia. Fuera el sol brillaba con fuerza. Se puso las gafas de sol y empujó la puerta mientras tarareaba una canción.

Estaba saliendo del infierno.

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