Salí por la puerta de la estación de Sants. Estaba nublado. Un chaval de unos veinte años, enjuto y aceitunado, me salió al paso.
—¿Hablas inglés? —preguntó en la lengua de Chéspir.
—Claro. Dime —contesté.
Me dijo que venía de Alemania, que estaba con unos amigos en un camping y que les habían robado todo, que habían ido a la policía y que la policía les había explicado que no estaban en disposición de hacer gran cosa. Después procedió, en una bella secuencia, a cagarse en los ladrones y en la policía, lo que me pareció bastante natural dadas las circunstancias. Yo no terminaba de ver cuál era mi lugar en el orden de las cosas, aunque en aquellos momentos me empezaba a hacer una idea.
Cambié al alemán y le pregunté de qué parte de Alemania era y qué estaba haciendo en España. Supongo que me apetecía hablar alemán, y eso fue mi perdición.
El chaval empezó a largar como una ametralladora. Que había venido con su hermano, y que su hermano le había dicho que tal, pero sus padres opinaban que cual. En cuestión de unos pocos segundos me vi inmerso en una surrealista historia personal que parecía no tener fin. El chico hablaba y hablaba sin parar. De toda su vida. A la vez. Salieron su hermano, sus padres, sus estudios. La cosa duró como un par de minutos, y me sentí paralizado, atrapado por mis propias normas personales de buena educación. No me atrevía a decirle que se callara, no me atrevía a largarme sin más. Necesitaba saber qué quería y si le podía ayudar de alguna forma, así que, unos dos minutos después, cuando se detuvo durante un instante para tomar aire y seguir expulsando palabras por la boca, le pregunté cómo le podía ayudar.
—Dame algo de dinero. Lo que puedas.
Hace poco escuché contar a un tipo que él no da nada a cambio de nada, así que cuando le piden un cigarro se apresura a explicarle al interlocutor los términos del acuerdo:
—Te daré un cigarro si me imitas a un cochino —dice.
Sencillo. Claro. Comprensible.
—Oink, oink —empieza el otro a imitar tímidamente a un cerdo.
—¡No! —dice él solemne levantando la mano—, quiero sentir que él animal está aquí mismo, conmigo.
Delirante. Yo debería haber hecho lo mismo en aquella ocasión, pero fue una de esas cosas que a uno se le ocurren después. Los franceses, que tienen nombres para todo, lo llaman “L’esprit de l’escalier”. A las tortas redondas las llaman crêpes, y al billar español lo llaman billar francés.
Saqué la billetera. Mi intuición, ese pasajero desconocido y al que rara vez suelo hacer caso, me decía que aquello era una mentira. Sin embargo había una posibilidad entre un millón de que su historia fuera cierta, y supongo que no quise correr el riesgo. En cualquier caso estaba seguro que el chaval podría sacarle partido a un poco de pasta, ya fuera para comer o para esnifar pegamento, que quizá fuera lo que venía de hacer a juzgar por su deslabazado discurso. Le di cinco euros y me despedí. Me largaba con mi mochila a Indonesia y cinco euros ni me iban ni me venían en aquel momento. Quise creer que había hecho algo bueno, y así eché a caminar.
Fast forward. Ha pasado Indonesia. Atrás quedaron los peces, las tortugas, el arroz, el pollo, la arena y el mar. Mi tren parte de Sants hacia Valencia en una hora, así que salgo de la estación a dar una vuelta. En cuanto pongo un pie en la acera alguien me llama la atención.
—Pst, pst —dice—. ¿Hablas inglés?
Me giro. Es un chaval moreno y aceitunado. No es posible, me digo, esto no puede estar sucediendo. Me siento en un bucle, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo y lo único que hubiera cambiado fuera mi barba. Camino hacia él confuso pero curioso.
—Depende —le digo en inglés.
—¿Francés? —entiende él.
—No, digo que depende.
Le da igual lo que le diga. Tiene un objetivo en mente y no se detendrá ante nada. Suena la claqueta. Comienza la acción.
Es alemán, está en un camping con unos amigos y les han robado todas sus posesiones. Me enseña la misma hoja que me mostró en su momento. Levanto la mano para detenerlo y el chaval se calla. En el último mes debo de haber descubierto un extraño poder en mí capaz de detener apisonadoras.
—Hace justo un mes salí por esa misma puerta, me detuviste y me contaste exactamente la misma historia. Te di cinco euros.
—Pero… vengo de Hamburgo y me han robado —replica.
Me quedo mirándole sin decir nada. Al cabo de unos segundos vuelve a hablar:
—Bueno, si dices que me conoces…
Me doy media vuelta y me largo. Me siento bien. Me habían sucedido episodios así antes en la vida, pero esta vez había tenido la oportunidad de salir de dudas. Había tenido la oportunidad de comprobar que me habían mentido y de desenmascarar al embustero. Todo un lujo que rara vez se presenta en bandeja.
Si hay algo que no soporte, si hay algo que me encienda, si hay algo ante lo que he decidido mostrarme altamente inflexible e intransigente, es ante el engaño. Me esfuerzo todos los días en ser honesto, en explorarme sin tapujos, en encontrar dentro de mí más y más morralla que ni siquiera sé qué significa, en explicar detalladamente lo que creo que me sucede y en pedir claramente lo que necesito. Es un trabajo ingente que no termina nunca, que me exige coraje y que me expone a todo tipo de calificativos. Tengo que lidiar en el mundo que me rodea con una enorme resistencia por el mero hecho de decir las cosas como las veo y como son para mí, así que me creo en el derecho de exigir reciprocidad. En cada momento de mi vida necesito tomar decisiones importantes sobre cómo utilizar mi tiempo y mis energías, y preciso disponer de información clara y exacta sobre todo lo que me rodea, especialmente de las personas con las que trato. Si no eres honesto conmigo, tú y yo tenemos poco que hacer.
Si aquel chaval me hubiera parado y me hubiera dicho “Tío, necesito cinco euros para comprar pegamento, para jugar a las recreativas o para comerme un Kinder sorpresa”, se los hubiera dado por el mero hecho de valorar su sinceridad. Limpio, claro, transparente. Necesitas algo y a mí me sobra. Toma. Entre mis valores, la honestidad puntúa mucho más alto que el dinero.
Pero si vienes con historias, si mareas la perdiz, si pierdo el hilo y no pareces tener interés alguno en que lo recupere, si dejo de saber de qué estás hablando, si creo que me estás llevando a un lugar en el que no quiero estar, si por un momento tengo la sensación de que me estás manejando, si tengo la más mínima intuición de mentira, embuste o engaño, dejarás una mancha en mí que te va a costar sudor y lágrimas sacar, si es que alguna vez lo consigues.
Estás avisado.
Si me mientes, te mientes a ti y nos mientes a todos. Tu valor para mí es mínimo. La mentira es, entre otras cosas, lo que nos ha traído hasta este lamentable paraje. Yo ya hace tiempo que camino en otra dirección, y he decidido que sólo marcho con aquellos que lo valen.
Si estás contento donde estás, me parece cojonudo. Yo me largo. Y ahora elijo a aquellos que quieren compartir su tiempo conmigo y sólo miro hacia adelante.
Buena suerte.
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