Creo que el título avisa... y ya se sabe que el que avisa no es traidor.
Se supone que la Navidad es una fiesta, o conjunto de fiestas, de naturaleza religiosa. En mi opinión, esto es mucho suponer en el caso de la mayor parte de la gente, para quienes las navidades tienen tanto de religioso como unas hemorroides de agradable.
A mí en particular esto me molesta. Y no porque sea una persona religiosa - no lo soy - sino por esa hipocresía colectiva.
Ahora sería el momento de que empezase a despotricar contra la imparable locomotora del consumismo que en estas fechas, alimentada por millones de tarjetas de crédito, corre a toda máquina. Pero no voy a ir por ahí.
El otro gran valor de las fiestas navideñas es el de la reunión familiar. Y a eso voy.
Afortunadamente veo a la mayor parte de mi familia la mayor parte del año. Y lo que es más, me soporta y todo (y yo también).
Para mí lo de reunión familiar se torna en reunión con los amigos. Sí, de esos que son pocos y amigos de verdad y con quien tienes una sensación de intimidad que jamás tendrás con nadie de tu familia.
Pues bien, al más puro estilo de la publicidad navideña de una conocida marca de turrones, en navidades espero poder ver a mis amigos, a esos amigos tan especiales.
Y una m*r*d*. Es como el título de una novela de un destacado escritor gallego del pasado siglo: "Os camiños da vida". Cada uno, incluído yo, sigue su particular camino. Y la vida es algo tan grande...
En algunos casos, lo peor de todo es, paradójicamente, el caracter familiar de estas fiestas navideñas. A más de uno no podré ver porque estará temporalmente secuestrado por su familia, que no le dejará tiempo para hacer cosas como dejarle tiempo para que nos podamos ver.
En fin, entremos en el supermercado New Age y vayamos a la sección de Sabiduría Oriental Barata Para Occidentales. Hoy compro bambú. El bambú sobrevive a la tormenta que trae fuertes vientos curvándose, con flexibilidad.