La semana anterior he estado ocupado pasando un gripazo de miedo. Según mi madre, debido a mis continuos viajes en moto bajo la lluvia y mis carreras de una hora bajo la lluvia. Según yo, debiado mi carrera bajo la lluvia y mi mala suerte. Todavía no sé si ha sido un gripazo o un simple resfirado con tintes pulmónicos, aunque todo apunta a lo primero. Si hay algún médico en la sala, a ver si puede hacer la distinción, porque para un año que se me ocurre vacunarme. El año que viene creo que la banderilla se la ponen a Rita.
Como cualquier otra cosa hubiera sido perder el tiempo, en mi convalecencia he estado viendo pelis y terminando de una vez El Señor de los Anillos, tarea titánica que ya se había convertido en un reto personal. Una y no más. Sí, me ha gustado, pero no me volvería a tragar las más de 1000 páginas. En todo caso, feliz y contento estoy de haber cumplido la cita con la cultura y de haber descubierto qué carajo pasaba con el anillo antes de que me lo tuvieran que contar en el cine. Si es que, como dicen en la peli "La Fiesta", los libros son para los pobres, que no se pueden permitir pagar por ver la película y se tienen que leer los ladrillos.
También he aprovechado para ver la tele estos días, aunque tampoco mucho más. Desde que llegó la jubilación veo algo más de tele que antes. Hasta incluso sé qué serie hacen cada día de la semana. Eso sí, el aburrimiento no me ha apolillado el criterio, y no por saber qué serie hacen cada noche significa que las vaya a ver todas. De hecho sólo veo CSI y zapeo en los intermedios para ver el peliculón de A3, quien, en sus últimos coletazos, trata de incorporar productos de calidad a la parrilla dando la impresión de que se juntan el hambre con las ganas de comer. Quién vio el panorama televisivo hace diez años y quién lo ve ahora, con Telecinco y sus Mamachicho siendo ahora el referente de la pequeña pantalla. En algún recodo del camino alguien lo hizo muy mal.
Viendo algo más de tele que antes y sobre todo ahora en época navideña, uno no puede dejar de prestar atención a los anuncios. La publicidad es un campo apasionante. Yo podría haber estudiado publicidad si no hubiera sido por mi afición al dinero fácil o al menos seguro. Y seguro que lo hubiera hecho bien.
Los anuncios son pequeñas obras de arte, o al menos lo pueden ser. La música, la fotografía, el guión, los personajes... hay anuncios que son como películas en 45 segundos, hay anuncios que a mí me hubiera gustado grabar en su tiempo y conservar en una cinta para ver una y otra vez. Pero esos son los menos, claro, la mayoría son caca, y así ha de ser para que los primeros brillen.
Cierto es que no es lo mismo anunciar un coche o un reloj que un tambor de detergente o una aspiradora, pero por encima de todo está el buen gusto y el placer del trabajo bien hecho, y se anuncie lo que se anuncie, se nota la diferencia.
En esta época empezamos con los anuncios de juguetes. Los suelen poner en los intermedios de Los Simpsons o Crónicas Marcianas, cuando los niños están reunidos frente al televisor con los receptáculos a sensibilidad máxima. Los niños son presa fácil y los publicistas lo saben. Sus anuncios son la leche. Una voz en off grave y cañera canta las alabanzas de spiderman o de la figurita de turno, mientras ésta corre veloz empujada por una mano en busca del villano, que se va a enterar.
Cuentan mis padres que en las primeras épocas los clicks de famóbil estaban animados en los anuncios, como las figuritas de plastilina en diez cuadros por segundos, y se montaban orgiásticas batallas y persecuciones en una tele que acababa de estrenar el color, y en la que me padre me usaba de mando a distancia manejando con soltura mi mente maleable. Luego claro, los nanos llegaban a casa, abrían la caja y los clicks yacían yermos en el suelo, sin orgías que valiesen, y todo lo que los padres pudieran hacer o decir para convencerles de que los clicks en realidad no tenían voluntad propia era poco. Y así fue que al poco se dijo que todos los muñecos de plástico que no tuvieran vida propia (que resultaron ser unos cuantos) tendrían que aparecer movidos por una mano en televisión. Los padres también sufrieron alguna injusticia que afectó algo más que sus psiques, y así fue como también añadieron a los anuncios de juguetes el letrerito de "Más de 5.000 pesetas". Aún hoy en día se sigue añadiendo el indicativo de "Precio superior a 30 euros", pero claro, hoy en día todo vale más de 30 euros, así que digamos que la indicación contiene menos información que antaño, cuando 5.000 pesetas era el PIB de un país pequeño como Canadá o China.
Siguiendo en la línea de anuncios navideños está el del payo que vuelve a casa por navidad, este año con perro incluido. La madre lo ve aparecer todas las navidades a gorrear cena y aún se sorprende. La cosa empieza a perder credibilidad. El guión parece ya un capítulo de El Equipo A.
También en los últimos años está causando furor el anuncio del calvo que reparte la lotería. El primer año hizo gracia, y quizá el segundo, pero a estas alturas más de uno anda buscando al calvo de los cojones para hincharle la cara a hostias. Tanto repartir suerte por doquier para que al final no te toque tiene narices.
Se conoce que la gente sólo usa colonia en navidad, o al menos que compra tanta que luego le dura todo el año. Eso se desprende al ver la avalancha de anuncios de colonia que se ven por estas fechas. Supongo que porque es el típico regalo estúpido que nadie quiere recibir pero que nunca queda mal. Total, era eso o una corbata; aún hemos salido ganando. La colonia por lo menos huele bien y no es susceptible de colores chillones. Eso sí, los anuncios de colonia se dividen en dos tipos:
Pero así son los anuncios de colonia. Personalmente tengo que decir que no uso del precioso elemento. Creo que un poco de higiene diaria y un adecuado uso del desodorante son suficientes, y que el cuerpo humano huele, pero no mal. El que vaya en autobús en hora punta me dirá que sí, que el cuerpo humano huele, y que apesta además. Le remito al punto de la higiene personal. El que se pone colonia para salir de caza lo hace influenciado por los anuncios, y probablemente tendría la misma suerte en la tarea sin ella. Quizá el efecto placebo funcione psicológicamente y necesite el atuendo aromático para "triunfar", pero no creo que haya encontrado todavía a la cierva de la moto preguntando por él. Pero en fin, dejemos el tema de la colonia que daría para una columna entera. Veamos qué más hay por ahí.
Hay anuncios aberrantes, que son un insulto a la condición humana, pero que existen. Un ejemplo es el de Ferrero Rocher (Roché?) de la fulana esta. Vaya, ahora se me ha ido el nombre. El caso es que la muy golfa está en el jardín de lo que se supone es una mansión del carajo cortando unas flores, cuando todo el mundo sabe que en su puta vida ha cogido algo parecido a una herramienta de trabajo, al menos en los últimos treinta años. En eso que, estando ella afanada en su tarea de jardinería, unos amigos "se presentan sin avisar", y ella saca una bandeja de bombones dorados con una pila de bolas en la que el bombón superior se repone automáticamente cada vez que una mano lo prende. Vamos, que lo que se entiende del anuncio es que la golfa esta no tiene otra preocupación en la vida que sacar bombones a sus amigos. Y eso me jode por dos motivos: porque mucha gente en este país tiene cosas más importantes que elegir qué cojones les saca a la panda de gorrones que se presenta "sin avisar", y porque, en el mundo en general, se pasa mucha hambre. Hay otros anuncios en la misma línea y que me indignan de la misma manera, pero ahora mismo no me sé explicar mejor. El que no lo entienda, que se pase por la próxima feria de artículos para mascotas de su ciudad o proximidades, y verá las obscenidades que se venden allí para perros con rizos mientras a 1.000 kilómetros la gente se muere de hambre literalmente.
Es probable que me deje algún otro filón, pero esto se alarga y habrá que ir terminando. Sin embargo, imposible cerrar la columna de hoy sin tocar los anuncios de Pascual, que sin duda han creado un estilo propio desde que nacieron.
Me parece recordar que los anuncios de Pascual llegaron a la altura de las Mamachicho de telecinco, hace lo menos diez años. Entonces su cutrez ya desentonaba, pero con el paso del tiempo el desentono se ha hecho aberrante. Y es que se puede ver que, desde el primer anuncio, en Pascual han depositado ciegamente su publidad en una agencia que parece también privada del sentido de la vista, amén del del buen gusto.
Sus anuncios son abominables, pero cuidadosamente abominables. Hasta la misma textura del anuncio es especial, como si estuviera grabado con una cámara de vídeo doméstica. Los niños de los anuncios son repelentes, sus madres nocivas para la salud, y los textos son disparatados y ofenden hasta a las mentes más incultas y menos sensibles. Más de uno habrá visto el anuncio de la familia en la mesa con la madre poniendo leche en el vaso con tecnología "bullet-time", mientras el hombre Pascual canta las bondades del producto. ¿Qué persiguen con esos anuncios? ¿Cuál es el público objetivo? ¿Quién es el publicista que les odia? El caso es que tan mal no les puede ir, porque llevan lo menos diez años con el mismo cuento y siguen tirando para adelante. La publicidad, como todo, también tiene ese lado místico e inexplicable.
Y para terminar hablar de las pequeñas obras de arte que comentaba al principio, arte e ingenio comprimido en 45 segundos, donde música e imágenes se conjugan en una perfecta coreografía que hace que a uno le salte la lagrimilla. Anuncios capaces de conmover. Uno comprará o no, tampoco un anuncio hace milagros, pero a veces uno se sorprende viendo la tele esperando a que salga. No hablo de todos aquellos anuncios simpaticones o que hacen gracia, o que simplemente no molestan, sino de aquellos que son obras magnas. De estos yo creo que hay un par al año como mucho, y a mí me llegan al corazón, quizá porque tenga cierta propensión a la belleza plástica. Ignoro si alguien más es capaz de conmoverse con un anuncio.
Ahora mismo está en boga el de Cola-loca, probablemente uno de los mejores anuncios que hayan hecho nunca en la compañía, y mira que cuidan el tema. En ella, un actor empatillado con pinta de Jim Carrey y encubiculado como Dilbert, es llamado por el jefe para ser despedido. Al llegar al despacho se suceden una serie de escenas surrealistas surgidas de la imaginación del protagonista en la línea de la mejor escuela de Parker Lewis (por dios, si alguien tiene algún capítulo en formato digital que lo diga). El anuncio es genial, fresco, novedoso y vende la Cola-loca sin decir ni una palabra; no hay slogan. El fondo del anuncio es algo así como "Te puede importar todo una mierda mientras tengas tu Cola-loca, tío". No sé a los demás, pero a mí me encanta y no me canso de verlo, quizá como digo por ser de la escuela Parker-Lewisiana.
Otros anuncios que me conmovieron antes. Hubo uno de audi que era "¿Con qué sueñan las cosas?", en el que se veían un montón de piezas que podrían ser partes de un coche pero en sitios que no pertenecían a un automóvil, mientras una soberbia música de fondo hacía bailar las diferentes partes del anuncio en una danza armoniosa y tremenda. Seguro que os acordáis, que salían las luces de una piscina vacía en otono y hacían un flash mientras caían las hojas. Aquel anuncio era genial. De verdad uno llegaba a pensar que todas aquellas cosas querían haber sido parte del puñetero audi.
Un anuncio también muy llamativo era uno de un Focus, creo recordar, en el que un reno pacía en mitad de una carretera de montaña llena de nieve y hielo. En esos momentos aparecía un coche a toda leche tomando la curva y se enfocaban los ojos del reno que, viendo lo que el destino le tenía deparado, veía pasar su vida en fotografías a toda leche. Lo mejor es que las fotografías estaban en un álbum, y se podía ver una polaroid en la que salía el bicho y debajo ponía "Yo con 6 años". Al final el coche, como llevaba todo tipo de controles de tracción, velocidad, balanceo y borracheo, esquivaba al reno, pero el pobre se quedaba con el susto en el cuerpo. Este anuncio entra más en la categoría de anuncio "salao" que en la de los que "llegan al corazoncito", pero me ha venido de repente.
El último que recuerdo tuvo muy poca repercusión y no lo vi demasiado, pero era sencillamente genial. Era un anuncio de Swatch, de la época del "Breath", en la que un portero de unos 13-14 años, con evidente sobrepeso, pecas y una melena pelirroja a rizos, tenía que parar un penalti al típico niño prematuramente desarrollado y que, presumiblemente, se dedicaba a robarle el dinero del bocata y a trabajarle el hígado en los recreos. El chaval ponía la bola sobre el punto de penalty y daba unos pasos hacia atrás al ritmo de U-A-U-A de la canción. Cuando comenzaba a correr hacia el balón, la cámara enfocaba al portero regordete en mitad de la inmensidad de la portería, y cuando finalmente se golpeaba la bola, la cámara hacía un zoom rápido hacia sus ojos. En ese momento, y coincidiendo con el estribillo del Breath, se veía una sucesión interminable de estampitas de vírgenes que se supone que desfilaban a toda velocidad por la cabeza del pobre chaval. Era tremendo. Luego se veía la bola en el aire y el gordete saltaba con agilidad felina a su encuentro. Y allí en pleno vuelo del chamaco hacia la interceptación del esférico, terminaba el anuncio. Lo mejor era que al final no se sabía si lo paraba o no; no importaba. Era bestial, una obra maestra del tempo, la fotografía, el montaje, el casting, el guión, la música, la historia. Todas las artes plásticas se condensaban en menos de un minuto y yo pensaba "Joder, qué bueno, se me tendría que haber ocurrido a mí". Simplemente genial. Me gustaría tenerlo en una cinta para poder verlo de vez en cuando.
Y vaya, creía que podía cerrar aquí la columna pero no es así. No os acostumbréis a estas entradas tan largas porque no voy a estar pasando una gripe todas las semanas por mucho que os pueda gustar. El caso es que no me puedo ir sin hablar de los anuncios censurados, retirados ante las quejas de una asociación feminista, gay, hermafrodita, amas de casa, asociación de reparadores de lavadoras de nombre mancillado y similares. Hoy en día cualquier cosa vale y lo políticamente correcto está haciendo estragos entre los anuncios. Actualmente hay que andar con pies de plomo para que nadie se sienta ofendido, y esto es realmente difícil cuando nos estamos haciendo tan sensibles que parecemos americanos. Más de uno recordará algún anuncio que le gustó y que luego fue retirado, generalmente por alguna agrupación feminista, aunque últimamente ya digo que todo vale. Sin embargo yo voy a poner un par de ejemplos de anuncios que me gustaría ver retirados y me callo la boca, porque sólo el propio anuncio es capaz de desacreditar al que lo ha hecho y al colectivo que se identifica con él.
El primero es de ahora mismito, de estas navidades. Un grupo de unas cinco mujeres, con una pinta de golfas de cuidado, están en una fiesta y tienen sed. Se sirven un brebaje con pinta de licor de coco o alguna marranada de esas que combinan el efecto purificador del alcohol con algo todavía más nocivo para el hígado, y se llegan en donde se sirve el hielo, donde hay una figurita de un nenuco helado. Tras unas miradas golfas (de ahí el calificativo anterior), una de ellas alarga la mano y coge un martillo por primera vez en su vida. El barbas de Bricomanía se revolvería en su tumba si estuviera muerto sólo con este sencillo gesto, pero el desatino no acaba ahí. Con un certero picotazo del martillo-cincel, la mujer hace saltar el nabo helado de la figura dentro de su colacao licorado. Una de las lecturas sería que al final la tía va a acabar con el miembro del chavalín en la boca, lo que no deja de tener su gracia. De hecho me extraña que no hayan retirado el anuncio por los tintes de pederastia helada. Pero la otra lectura es que, si hubiera sido un grupo de cinco tíos el que hubiera hecho algo similar con una escultura femenina, habrían caído las 7 plagas y alguna extra sobre ellos. El anuncio hubiera sido retirado y el creativo mandado azotar en la plaza del pueblo por una legión de mujeres guardianas del buen nombre del género. ¿Os imagináis un anuncio similar cambiado de términos? En los anuncios de ahora los hombres sólo pueden sonreír como gilipollas cuando un culo impresionante les tapa el partido. No se puede abusar de más tópicos en 45 segundos.
Y ya sí para terminar, el anuncio más odiable desde que nació la televisión, una ofensa a la inteligencia y al buen gusto. Dos mujeres, cómo no, en Italia. Están sentadas en un banco y disfrutan de un Maxi-Bon. Su puta madre. Admiran el David de Miguel Ángel, una de las esculturas más bellas que ha dejado la historia, con casiquinientos años de antiguedad, de varios metros de altura y absolutamente sobrecogedora para todo aquel que tenga por lo menos la sensibilidad de un gusano de seda o un coeficiente intelectual superior a su talla de zapato. Sin embargo, a una de las dos zíngaras, influida bajo lo que se supone son los beneficiosos efectos del Maxi-Bon, sólo se le ocurre comentar que el David "no está nada mal dotado". ¿Se puede ser más gilipollas en este mundo? ¿Se puede poner en boca de alguien semejantes palabras ni siquiera en broma? El David, con sus casi tres metros, tenía que haberse desperezado, bajado del tremendo pedestal de piedra y, con una "dotada" "emancipación" haber sodomizado sobre el banco a tan atrevida e inculta GOLFA, a ver si así se le acababan las ganas de decir gilipolleces. Semejante final de anuncio hubiera tenido mucho más gancho, congregando a los espectadores frente al televisor a cada pase, jaleando a la pétrea figura mientras hacía un favor al mundo aleccionando a tan inculta y atrevida criatura. A ver dónde se ponía la muy cretina el Maxi-Bon al salir del museo. ¡Gilipollas!
Pero en fin, los anuncios son un reflejo de la sociedad y esto es lo que hay, así que a tragar. ¿Qué anuncios os han gustado o llamado la atención a vosotros? ¿Cuáles guardaríais?