Mediaban los noventa y acabábamos de empezar la carrera. Éramos jóvenes, melenudos e ilusos. El tiempo terminó por avejentarnos, quitarnos las greñas y aplastarnos la ilusión. Pero lo pasamos bien: tuvimos una banda de Rock'n'Roll.
Una banda de música es algo mágico, algo místico, una experiencia religiosa. Todo el mundo ha querido alguna vez formar un grupo y no ha podido, ya que sólo muy pocos llegan. Esto tiene varios motivos:
Nosotros éramos cinco y lo tuvimos todo: fama, mujeres, alcohol, drogas... Bueno, todo menos la fama y las drogas. Para hacer justicia a la verdad, tampoco hubo mujeres; pero fueron tiempos trepidantes.
Un verano apareció un amigo tocando la guitarra. Era una guitarra española de dudosa procedencia, y mi colega parecía tocar algunas canciones de algo así como los Beatles con cierta destreza. Me dijo que era muy fácil, así que yo, aburrido en el periodo estival y amante acérrimo de las cosas fáciles, me hice con una guitarra todavía peor y toqué hasta que pensé que iba a perder los dedos. Luego toqué un poco más; aquello era un vicio.
En poco tiempo dominaba tres acordes, pero se me hacía increíble ver cómo mi amigo era capaz de cambiar de uno a otro con soltura y sin errores, mientras yo me veía obligado a detener la canción para proceder al cambio de acorde. Por aquellos entonces en mi casa se volvían locos, pero de ira. Recuerdo que tocaba Help con los acordes a destiempo y mis padres se tiraban de los pelos. Nunca he tenido una buena voz, pero por aquellos días ni siquiera sabía por dónde tenía que llevarla.
El tiempo pasó y mi amigo y yo nos sabíamos de memoria las más de 150 canciones de los Beatles letras incluidas, y quedábamos para tocar en estéreo días mejores. Una buena temporada estuvimos así hasta que se unió al duo un tercer amigo con ganas de tocar la batería, buenas maneras rítmicas y muy poco dinero. Su imaginación suplió la falta de medios con una pandereta encajada en una papelera de plástico y, a base de golpear aquí y allá lograba bases rítimicas bastante respetables para semejante percal. Poco después se unió al terceto un cuarto amigo que gustaba de cantar, y puso su voz de blues, que no su talento, al servicio de la incipiente banda.
Así estuvimos una temporada hasta que se hizo evidente que teníamos que dar el salto cualitativo: la electrización. Éramos jóvenes y no teníamos un duro, así que ahorrando como condenados conseguimos todos hacernos con material de segunda fila. Aún así aquello costó un riñón. Todo fuera por el arte. Y la fama y las nenas.
En aquella época mis estudios no iban muy bien, y mis padres no veían con buenos ojos que yo andara enredando con otras cosas que no fueran los libros y las matrices invertidas, así que tuve que comprar la guitarra a sus espaldas. La guardé en casa de mi amigo guitarrero, quien por aquellos entonces había decidido que lo suyo iba a ser el bajo y había adquirido una reproducción del instrumento que blandía Mc. Cartney (o como sea). Hubo entonces un gran incendio cerca de su casa y la policía los obligó a evacuar. Mientras ellos corrían por su vida y sus enseres, yo corrí a su casa para asegurarme de que mi inversión no se destruía pasto de las llamas. Desinterés, es la palabra exacta. Al final la sangre no llegó al río y tampoco el fuego llegó a la vivienda de mi amigo, así que todos felices y cantando.
Poco más tarde, mis resultados académicos volvieron a remontar el vuelo (siempre abusando de la metáfora) y pude salir del armario musical para instalarnos todos en el sótano de mi casa. Entonces, un quinto amigo desfaenado se interesó por eso de la fama y las nenas, así que se le instó a comprarse una guitarra eléctrica y se le dio un cursillo acelerado que no parecía aprovechar, quizá desilusionado por la perspectiva de que las nenas y el dinero pudieran llevar tanta faena. A él se le reservó el papel de guitarra rítmica y yo brillaba con luz propia en los solos.
Allí estábamos: un bajo bastante bueno, un cantante con una poderosa pero desbocada voz, yo con mis sólos de todo a cien, un guitarra rítmica al que se le olvidaban las canciones de una semana para otra y, afortunadamente, un batería que tocaba tan fuerte que hacía que todo lo demás se apagara entre su estruendo. Si alguna vez llegamos a tener talento, éste se vio fuertemente limitado por la porquería de equipo que ostentábamos. Pero qué más quieres; los tiempos eran duros y los bolsillos poco profundos. No había lugar para mayor desembolso. Y sí, "con buena polla bien se jode" aquí también. Quien toque la guitarra y haya cogido alguna vez una de las caras sabrá de qué hablo.
A partir de entonces tocábamos todas las semanas, y cada ocasión era un infierno. Más de uno se preguntará por qué se separan los grupos de música cuando lo tienen todo (me refiero a los de verdad). Pues yo os diré lo que nos pasaba a nosotros.
Llegamos a tocar en varios sitios. Primero en un bar al que íbamos todas las semanas. No tenía licencia para saraos de ese tipo y el concierto terminó media hora después de empezar, cuando el vecino de arriba llamó diciendo que no podía cenar porque los platos le bailaban en la mesa, y no precisamente por el ritmo. Sin embargo, fue electrizante tocar en directo para una multitud de amigotes y gente que no veía desde el colegio y que se había arrejuntado para la ocasión. Luego tocamos en algunos sitios más.
El repertorio era algo así: Please Mr. Postman (versión Beatles acelerada a Backbeat), Roll with it (Oasis), When I come around (Greenday), Money (más beatles / backbeat), Anna (Beatles), Sitting on the dock of the bay (Otis Redding), The house of the rising sun (The Animals) y alguna otra que se me escapará. En fin, viejos clásicos con alguna modernidad. Ah, sí, también tocamos una temporada "That thing you do" y la bordábamos. Creo que fue la única vez que volvimos locas a las nenas.
En las 5 ó 6 actuaciones para más o menos gente que dimos, nunca vimos un duro. Desde el principio supimos que no nos retiraríamos con esto de la música y no le dimos mayor importancia. En la mayor parte de las ocasiones los organizadores ofrecían barra libre para los músicos, y aquello parecía colmar nuestras aspiraciones, terrenales y de las otras. Una vez tocamos con más grupos y, en el afán por aprovechar la fraternidad de la organización y viendo que se alargaba nuestra espera, subí con un par de copas de más al escenario. Me costó tres canciones acertar el primer solo, pero alguien tenía que cobrar por la actuación. En ese mismo concierto al batería le entró el miedo escénico y dijo que se iba a su casa. Tuvimos que comerle el tarro durante dos horas para que saliera a la palestra. Su problema era que confundía "bien" con "rápido", y en la mayoría de las ocasiones tocábamos a 45 revoluciones. Como conocíamos el paño ya nada nos sorprendía, y las versiones quedaban de un cañero que espantaba.
Hacia el final de los tiempos del grupo, compartíamos al batería con otra banda amiga. O al menos fue amiga hasta que terminaron apropiándose del batería a tiempo completo. Se veía venir, pero poco pudimos hacer por evitarlo. Intriga entre bandas, aquello fue tremendo. Fue entonces cuando, o alguien tomaba las baquetas, o el grupo se iba al garete. Así que reuní algunos ahorros y me hice con una batería de segunda mano. Con un poco de práctica, en poco tiempo adquirí cierto nivel, y aunque fichamos un guitarrista alternativo, no llegó a cuajar y la cosa terminó por morir. Supongo que nos habíamos aguantado hasta entonces porque éramos todos muy amigos, pero al meter una pieza tonta en el conjunto se acabó desbaratanado la maquinaria.
Entre las anécdotas, cuando discutimos si incluir un teclado o una cantante en el grupo. Lo del teclado no entrañaba mayor importancia, pero el hecho de meter un elemento femenino en la banda era como una bomba de relojería. Los experimentos en casa y con gaseosa.
Y sobre quién es el que más paquete marca en la banda, sin duda el cantante. No tiene por qué saber tocar ningún instrumento y sin embargo es el que más luce. Sin duda injusto. Por contra, el batería es fundamental, y sólo se repara en él cuando mete la pata. Es el puesto más ingrato con diferencia. Mientras suenes, de puta madre, como si fueras una caja de ritmo. Nadie se fijará en ese redoble que has cambiado después del estribillo, pero como en vez de un bombo-caja-bombo hagas un caja-bombo-bombo se desatarán las 7 plagas sobre ti. Quizá por eso encontrar un batería sea lo más difícil, porque no nadie tiene muchas ganas de que le vengan a tocar los cojones. Además, para tener una batería hace falta disponer de un sótano o un lugar donde no vayas a volver locos a los vecinos o familia, lo cual no está al alcance de todos. Por otra parte, una guitarra, una armónica o una zambomba se llevan a todas partes, pero una batería se ha de disfrutar en el recogimiento del hogar. Muy ingrato el tema del bombo, la caja y los platillos.
En fin, unos años después de todas estas emociones, la carrera empezó a ponerse cuesta arriba, nos cansamos de tener que quedar todos los viernes por la tarde para mentarnos las madres y el tiempo libre se tornó en un bien preciado. Todo ello hizo que dejáramos de lado la música de manera "profesional".
Una lástima, pero que nos quiten lo "tocao".