Antes de entrar en materia, disculparme por la columna de la semana pasada. Quería darle un tono melodramático y me salió un documental National Geographic sobre el menda. Por lo menos sirvió para pasar la semana y saber que todavía estoy por descubrirme.
En esta ocasión haré un repaso a todo el humor cinéfilo que he tragado desde mi más tierna infancia. Más de uno se habrá preguntado en alguna ocasión "¿Pero este tío cómo es que tiene esta chispa y este salero que no se pueden aguantar?". Fácil, me inspiro en los genios. ¿Qué quienes son los genios?
La mayor parte de mis influencias culturales vienen de mis padres. Llevo la mayor parte de mi vida en casa y la influencia de mis progenitores, buena o mala, se tiene que notar a la fuerza. Mis padres me desempolvaron un viejo vinilo de los Beach Boys cuando, hace años tras ver un anuncio de aceite, les llegué preguntando por la canción que molaba mucho y decía algo de "Surfin uesei".
--Pero por el amor de dios, hijo mío, --me decían alterados-- ¿cómo puede ser que no conozcas a los Beach Boys? --Pues bueno, con el tema del humor tres cuartos de lo mismo.
A mi padre siempre le ha gustado reírse, y disfruta con los clásicos una barbaridad. Ver una película con él es el descojone por partida doble: uno ríe por los gags y también por la risa tonta que se le afloja. Claro, que juega con ventaja porque siempre lo hace con un whisky en la mano. Con él descubrí el humor en blanco y negro.
Chaplin era un genio. El Gordo y el Flaco todavía estaban estampándose tartas en la cara y golpeándose con un tablón al darse la vuelta cuando Chaplin revolucionaba el humor en blanco y negro. Para mí fue el primer grande. Ya no se hace reír sin palabras porque el sonido pone las cosas mucho más a huevo, pero desde luego no es nada fácil. El puñetero Charlot era el amo. Cuando los gags del cine mudo parecía que se iban a quedar en ese que va y se agacha y el tartazo se lo lleva el otro, llega Chaplin y hace Tiempos Modernos o El Gran Dictador, obras antológicas del humor crítico de todos los tiempos. Lógicamente estas cosas se tienen que ver en perspectiva, y a pesar de que los gags soportan muy bien el paso del tiempo, hay que encuadrar las historias siempre en su momento.
Después de Charlot vinieron los Hermanos Marx. Cuando todavía se estaban descubriendo las posibilidades del sonido en el cine, Groucho se marcaba unos monólogos que todavía hoy están por igualar. Su chispa, su ingenio y su deslenguada personalidad aún dan mucho que hablar más de 70 años después de su apogeo (se dice pronto). Por otra parte estaba Harpo quien, haciéndose el mudo como un político tránsfuga, hacía las veces de Charlot reinventado y en plan chabacano. Con una gabardina en la que cabía una ferretería y unas tijeras que todo lo podaban, exprimía las bondades del cine mudo en una época en la que la gracia era aprovechar el sonido. Por otra parte, Chicco hacía de inmigrante italiano de bisagra entre los dos anteriores. Una labor poco gratificante pero que alguien tenía que hacer.
Cuentan numerosas anécdotas de la época de los Hermanos Marx. Dicen que Groucho tenía un programa de radio (o era TV) en el que entrevistaba a gente curiosa. Una de las entrevistadas fue una señora que tenía lo menos una docena de hijos. Cuando Groucho le preguntó a la buena mujer por qué tenía tantos vástagos, ésta le constestó que "porque quería mucho a su marido". La respuesta del bigotudo fue "Bueno, a mí también me gusta mucho mi puro, pero de vez en cuando me lo saco de la boca". A la semana siguiente Groucho no tenía programa. No sé si será cierta la anécdota, pero no me extrañaría. Sólo a una mente tan genial se le puede ocurrir algo así al vuelo. Sin embargo corre mucha leyenda urbana en torno a su figura: no es cierto que en el epitafio de Groucho ponga "Disculpen que no me levante". No sé quién echaría a correr el bulo. Tampoco creo que cuando Groucho muriera, el 10% de sus cenizas se esparciera sobre su representante.
Los Hermanos Marx hicieron muchas pelis, todas alrededor de los años 30. La mayoría eran gags de números teatrales que hacían en giras y que luego cogían por los pelos y juntaban en una historia. ¿Sabían, lectores, que la famosa escena de El Camarote de los Hermanos Marx no se iba a incluir en la película porque los productores consideraban que no tenía gancho? ¡Y dos huevos duros! digo yo. Aparte de esta escena existen otras muchas épicas, como la que tiene a Groucho comprando tomos que le descifren el caballo ganador en Un día en las carreras (¡Al rico helado de tutti-fruttiiiiiii!), o cuando desmontan el tren en Los Hermanos Marx en el Oeste al grito de "¡Es la guerra, más maderaaaa!". Si estas expresiones han sobrevivido generaciones y han llegado hasta nuestros días, 70 años después de ser creadas, es porque son obra de genios sin igual.
Sin embargo no creáis que grande es la dicha, porque la desidia de los padres de hoy y el nuevo sistema educativo van a acabar con esta herencia cultural (y con muchas otras que no nos ocupan hoy). Os cuento:
La pasada nochevieja nos reunimos unas 20 personas en un pueblecillo lejos de donde yo vivo (una hora de coche ya es lejos para mí). Siendo que allí no nos conocía nadie, acordamos disfrazarnos. Las chicas se compincharon e hicieron una performance en común, mientras los chicos optábamos por la fórmula del disfraz individual. Los resultados fueron previsibles: ellas improvisaron un disfraz de pirata de mierda con un pañuelo y un parche mientras que algunos de nosotros nos dejábamos hasta el dinero y la ilusión en confeccionar nuestro atuendo. A ellas les duró el atrezzo menos que a nosotros el cabreo por gilipollas, pero algunos pudimos disfrutar con nuestro disfraz toda la noche y protagonizar el espectáculo en el bar del pueblo.
Yo me disfracé de superhéroe, como cuando era niño: de Groucho. Pero fue tan brutal la puesta en escena que me agencié un secundario (o sidekick que dicen los ingleses); convencí a un amigo para que se disfrazara de Harpo. El resultado fue absolutamente tremendo [1]. No suelo poner fotos en ESDLV, pero es que nada hay como una imagen de esas que valen más que mil palabras. Mi amigo, completamente metido en el papel, iba dando bocinazos a diestro y siniestro mientras yo gritaba "¡Y dos huevos duros!" esperando causar sensación entre las nenitas.
Siempre se dice que en los pueblos la cultura está algo más limitada, pero yo no estaba preparado para lo que la realidad me iba a deparar. La mitad de los encuestados, por sobrios que fueran, no reconocían a mi personaje, y la otra mitad decían que el disfraz de Charlot estaba muy conseguido. Por supuesto, el cretino del pelo rizado con gabardina y pegando bocinazos escapaba del limitado entendimiento de los aldeanos y no tan aldeanos que de la nochevieja disfrutaban. Hubo alguno que dijo que yo iba disfrazado de Cantinflas, lo que me hundió definitivamente en la miseria. Al día siguiente no tenía resaca, tenía pena en el alma (bueno, resaca también). ¿Qué va a ser de las generaciones venideras? Por eso triunfan Cruz y Raya y Los Morancos, porque la gente no ha visto humor de verdad.
En fin, pasó mucho tiempo desde que los Hnos. Marx dejaron la gran pantalla hasta que se volvió a revolucionar el humor en la gran pantalla. Sucedió a finales de los 70 y la película era "Aterriza como puedas".
Aterriza como puedas inventó el humor visual disparatado, los gags a ráfagas, como si de ametralladoras las cámaras se trataran. Aquello era un despropósito detrás de otro y cuando parecía que la escena iba a acabar sucedía un cosa todavía más bestia que la anterior. Aterriza como puedas reinventó el humor en el cine. Alguno dirá que antes estuvo rondando la serie de La Pantera Rosa y el Inspector Clouseau (?), pero a mí nunca me llegó a hacer gracia como para partirme el pecho. Quizá me pilló en mala época.
Si Aterriza como puedas inventó un género que se explotaría hasta la saciedad en la saga "[Ponga-aquí-lo-que-quiera] como puedas", hubo una película que marcó un hito en el género. ¿Qué no sabes de cuál hablo? Sí, hombre, sí: Top Secret.
Top Secret era una película en la misma línea pero fresca y dinámica, con gags absolutamente disparatados y que hacían que te sentara mal la comida porque aún no habías terminado de reírte de una cosa y ya tenías que reírte de otra. De simple que era fue sencillamente genial. He visto esa película por lo menos media docena de veces, y ocupa la segunda posición en el ranking de películas que más veces he tragado después de "Los Goonies". No quiero hablar de los Goonies porque me cae la lagrimilla, pero Top Secret era una obra maestra absoluta sin discusión.
Leo aquí que la película, protagonizada por un soberbio Val Kilmer, fue realizada en el 84 por los mismos creadores de Aterriza como puedas. Un disparate detrás de otro. Si la he visto tantas veces es porque es necesario para poder asimilar la cantidad de gags por minuto que trae. Quién no recuerda los "artículos de coña", la escena de la vaca, el bibliotecario que se quita la lupa y tiene el ojo enorme, el teléfono en perspectiva que se descuelga y resulta ser gigantesco, las tetas de la protagonista que se encienden, el soldado que se cae desde lo alto de la muralla y se hace añicos, el Café-olé (au laît)... Absolutamente todo vale, pero con un gusto exquisito.
Poco más he visto en la gran pantalla desde entonces salvo, quizás, los Monty Python. Los aparcaré esta vez porque ya he hablado otras veces de ellos. El cine de humor en formato gigante parecía languidecer hasta que llegó el nuevo héroe: Austin Powers.
No me preguntéis qué tiene Austin Powers que hace que me resulte tan atractivo. No lo sé, quizá sea el mojo. Austin es un quiero y no puedo, pero el puto amo (tm) total. Con un picadero en el centro de Londres y un Shaguar ("to shag" es "chingar" en los UK) las nenitas se lo rifan y él se deja hacer. Lleva el pelo alborotado, gafas de pasta negra y un estrafalario traje de los 60 con camisa de churreras, pero es el jefe y uno no puede dejar de sentirse identificado.
Detrás de Austin Powers se encuentra el genio de Mike Myers, que no sólo hace de Austin, sino que hace de Dr. Maligno y de gordo cabrón, y no hace de mini-yo porque le queda pequeño el papel. Si normalmente las películas pierden en el doblaje, en este caso es menos porque Florentino Fernández se emplea a fondo. Es cierto que en cada película hay mucha morralla y de las tres que existen se podía hacer una buena, pero ¿acaso no había morralla en las películas de los Hermanos Marx? ¿No tenía uno que esperar a que Harpo terminara de tocar el arpa para poder disfrutar de la cáustica chispeante de Groucho? Pues a mí me gusta Austin Powers y no me escondo. Incluso estuve buscando un disfraz de Powers para esta nochevieja y vive dios que lo encontré, pero 100 euros son muchos para que luego las tías se me compren un parche. De nicotina se lo podían comprar y ponérselo en salva sea la parte, a ver si así les cundía.
Pues eso. Estas son sólo mis referencias en el humor cinéfilo de todos los tiempos, y supongo que cada uno tendrá las suyas. Es posible que me deje algo, que a la una de la mañana estamos ya en rebajas.
Por cierto, ¿cuál es la película que más veces habéis visto? ¿Por qué? ¿Qué nos lleva a ver las películas una y otra vez? No me refiero a esos flims que se tienen que ver un par de veces para entender y disfrutar, como "Los otros" o "El club de la lucha", sino a aquellas películas que son sencillas y no tienen vuelta de hoja, pero que sin embargo uno tiene que ver una y otra vez. Ahora mismo me acaba de venir a la cabeza otra: Regreso al futuro. Todos los años la ponen por navidad y siempre pico. Mi padre pasa, me ve en el sofá y me dice "Si la has visto un millón de veces". Sí, pero no puedo evitarlo. ¡Al Delorean!
Links:
[1] http://bilo.homeip.net/tmol/Img108.JPG