Hoy, cuando parecía que me quedaba sin tema sobre el que escribir esta semana, he ido a cortarme el pelo. Y es que cortarse el pelo siempre es una gran aventura. Yo no sé a los demás, pero a mí el peluquero no me hace ni puto caso; no sé para qué pregunta cómo lo quiero si acaba haciendo lo que le sale de los cojones. Sin ir más lejos, hoy.
Entro en la peluquería de un centro comercial de medio pelo. Varias chicas vestidas de negro (perdone, ¿me he equivocado? ¿Es un velatorio?) pululan de un lado a otro, algunas de buen ver, y un peluquero con un anillo en una de las orejas hace cuentas en unos papeles. El pobre luce una incipiente calva. Debe de ser triste ser peluquero y calvo; algo así como ser carnicero con todavía cinco dedos en cada mano.
Mi descomunal melena y yo entramos por la puerta y pedimos la vez para un corte. Afortunadamente parece que la mañana transcurre tranquila en la peluquería y nos van a atender en seguida. De hecho, en un minuto estamos sentados y una amable chica nos pone un babero de los de comedor de preescolar pero a lo bestia. Me acomodo en la butaca con la esperanza de que, de las 5 peluqueras que pululan por el garito, venga a cortarme el pelo una de las dos que están buenas. Minutos después, el peluquero, con pinta de perder más aceite que la furgoneta de Locomía, se aproxima y me toma la cabellera al manido grito de "¿Cómo lo quiere el caballero?". La hemos jodido.
¿Cómo lo voy a querer, cabronazo? Como tú quieras. En fin, vamos a intentarlo por si acaso. Llevo unas melenas cojonudas, y el flequillo, largamente trabajado, casi me llega a la comisura de la boca. Estoy en esa edad en que uno debe controlar la longitud de su pelo si es que quiere obtener un puesto de trabajo (bien) remunerado, así que esta puede ser mi última oportunidad de dejarme el pelo todavía más largo. Probablemente la próxima vez que me pueda permitir dejarme el pelo largo, ya no tendré pelo.
Así que le digo al tío "Sólo un repasito por los laterales y atrás". Lo justo para dejármelo más largo de arriba sin parecer un cantante negro de los 70. Unos pocos minutos después compruebo que este peluquero es como todos, y que se cree que tiene que cortar cantidades ingentes de pelo para justificar el jornal. Ni a la punta de la nariz me llega el flequillo ahora. Supongo que ya jamás sabré cómo me queda el pelo largo a menos que me decida a trabajar en un bar de alterne.
Y es que la última vez me lo habían cortado cojonudo. Entré en el mismo sitio y una chica no muy agraciada pero con muy buenas artes me hizo exactamente el corte que quería. Pero soy tan cándido; una sola vez de mil y ya pienso que los peluqueros del mundo se han redimido. Nada más lejos de la realidad: se estaban reorganizando.
Aquella vez me hizo gracia. Nada más sentarme me trae la chica como una especie de carta de restaurante. "No no, si acabo de comer" -le digo. Me explica que no, que es un catálogo de cortes de pelo. Ah caramba, así que existen. Veamos. Lo abro y no hacen más que salir tíos de esos que salen en los anuncios de colonia, y todos con unos cortes cojonudos, de esos que uno se tiene que tirar 45 minutos tras la ducha dándole al peine y al secador. Y le digo a la moza: "Claro, es que estos tíos están todos buenísimos, y aunque les metas dos trasquilones les va a quedar de puta madre". La chica se ríe y me dice: "Pero si esos son todos tontos" intentando animarme. Sí, como que los ibas a querer tú para resolver ecuaciones diferenciales, no te jode. Al final le dije que hiciera lo que quisiera pero que me lo dejara largo de arriba, y la chica cumplió. Alucinado salí de allí.
Y es que lo de cortar el pelo no es tan difícil, cualquiera puede hacer un corte sencillo. A mí siempre me ha gustado el "grunge" ese, con ese pelo enmarañado que le da a uno la pinta de malote que no merece. El problema es que hay que ducharse una sola vez a la semana y yo no puedo pasar sin mi ducha diaria. En un intento por lograr un look "grunge" por métodos drásticos, opté por cortarme el pelo yo mismo, con estas manitas. ¿Quién, siendo pequeño, no se ha cortado el pelo con unas de esas tijeras sin punta? Todo el mundo lo ha hecho. Pues bien, yo soy de los pocos que lo han hecho en la edad adulta y responsable. Mi madre todavía se está recuperando.
Llevaba el pelo largo. Era un día soleado de verano. Me empapé la melena y empecé a meter tijeretazos aquí y allá sin ningún tipo de criterio. Sorprendentemente, los laterales y la parte frontal lucían "grunge" que te cagas. Animado por el éxito, procedí con la parte posterior. Como no veía lo que hacía, continué con la estrategia del tijeretazo vil que tan buenos resultados me había dado hasta entonces. Sin embargo, en la parte trasera uno no ve en qué ángulo mete las tijeras ni cuánto pelo está recortando, y los movimientos que uno realiza frente al espejo son tan extraños que es fácil acabar rebanándose una oreja. El resultado fue una serie de fenomenales trasquilones que hacían que se me viera hasta el blanco del cuero cabelludo, y el resultado último, pelada de cocorota con maquinilla en plan cadete raso.
Varias veces se ha repetido el episodio del pelo "grunge" (anda que no es difícil sacarme a mí algo de la cabeza) y siempre con el mismo resultado: pasada de cortacésped y look "bola de billar" en vez de "grunge". Sin embargo, como la práctica y la experiencia desembocan en la maestría, llegó un día en el que fui capaz de cortarme el pelo sin conseguir una catástrofe. Sin embargo, pude comprobar que aunque salvajes eran los tijeretazos, una vez seco el pelo, estaba yo como para tomar la comunión vestido de marinerito. Con esto concluí que si uno quiere pelo "grunge" necesita dosis de mierda o de fijador, lo que viene a ser lo mismo.
Pero el "mejor" corte que me han hecho jamás fue en la universidad. En el Poli tienen una peluquería cuyos peluqueros no sé muy bien en qué clase de régimen están. Yo diría que son aprendices o algo así, pero tampoco estoy seguro. Aquella tarde caía un agua como yo no recordaba en mucho tiempo. Sin nada mejor que hacer, decidí que ya que pasaba por allí me cortaría el pelo. Entré en el curioso local y vi que al fondo había una puerta. Había un montón de gente vestida de peluquero (llevan algo especial, aunque no sé qué) amontonados y gritando, digo yo que viendo algo por la tele. El cielo estaba negro y la noche se había adelantado un par de horas. Pedí por favor si no supondría un inconveniente que me cortaran el pelo, y me preguntaron si tenía hora. "Las seis y media", dije. "No, que si has pedido cita". Ah, no, dije yo. Me explicó una simpática señorita que ninguno de la docena de peluqueros que había allí viendo la tele podía cortarme el pelo si no tenía hora, pero que bueno, que siendo yo, que me esperara un poco a ver si el que tenía cita en ese momento no acudía por el temporal y me podían trabajar a mí.
Como quiera que a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido salir de casa siendo el fin del mundo, los minutos pasaron y al final un alma caritativa decidió, de bastante mala gana, que habría que cortarme el pelo. Dejó su lugar televisivo y me sentó, y cuando iba a empezar a trasquilar como dios le había dado a entender, paró en seco como recordando algo importante. "Maariiiiiiii, pero si te toca a ti", gritó al grupejo que disfrutaba de la telenovela o lo que fuera. Al cabo de unos segundos, con cara de haberse comido uno de esos cacahuetes amargos que te dejan jodido, salió la Mari, se situó a mi vera y empezó a trasquilar con la maquinilla de pelar sin siquiera preguntar qué quería. Yo, en vista de que la Mari rondaba la centena de kilos en calzón verde, me callé la boca y le dejé hacer. En menos de cinco minutos la buena mujer había acabado y yo lucía un look semi-bola de billar que ya me podía haber hecho yo mismo en la intimidad del hogar. Afortunadamente, creo que he madurado con el tiempo, y me coge ahora la Mari y acabamos a hostias.
En fin, que está claro que si uno quiere llevar un buen peinado, o no se ducha, o se adereza el pelo con potingues varios. Lo demás son zarandajas. Yo creo que ya no vuelvo más a una peluquería.