Suele decirse que la personalidad de un indivíduo se encuentra establecida por sus recuerdos y vivencias, frutro de una larga participación en esta terrible experiencia llamada existencia. Que los asesinos, mayoritariamente (aunque existen honrosas excepciones) se hacen y no nacen, modificado su subconsciente de manera radical hasta conducirlos a la psicopatía y la esquizofrenia. También he visto a enfermos de alzehimer transformarse en vegetales andantes, tenues reflejos de su antaño esplendorosidad humana. Pues, ¿qué somos nosotros, nuestras mentes, sino un amasijo de recuerdos apilados uno sobre otro?
Por eso, cuando el otro día mi de aquí en adelante odiado padre me encomendó socorrerle en una colosal tarea no podía ni imaginar lo que estaba a punto de venírseme encima. Probablemente nunca vuelva a ser el mismo a partir de ahora, tras la erradicación y reciclaje de mis recuerdos. Huérfano de mi pasado, incapaz de aferrarme a ninguna convicción pretérita ... Bueno, dejemos las reflexiones poéticas carentes del más mínimo gusto, y centrémonos en el asunto que motiva la presente paranoia textual.
Pues ocurriósele a mi padre hace no demasiado tiempo que ya era hora de ordenar el trastero, tras largos años de haber sido empleado como depósito improvisado para todo aquello que no queríamos ver en casa. Cualquier excusa era buena para subirlo todo al trastero: desde que ocupaba espacio inútilmente hasta que ya no nos servía para nada. Y a lo largo de mucho tiempo, ingentes cantidades de objetos desfasados, de ropa vieja y desgastada y de libros que ya nadie lee se han ido acumulando sin remedio en un reducido espacio de unos cuantos metros cuadrados. Así que un día, haciendo gala de una valentía bastante inusual en él, se armó de valor, se bebió dos whiskys y comenzó la larga odisea de la reorganización trasteril. La magna empresa ocupó dos días de su vida, pero al final el trastero volvió a ser un cuarto transitable. Y yo tuve que ayudarle a desprendernos de cientos de bolsas rebosantes de "basura", elementos que él consideraba completamente supérfluos en el trastero y en cualquier espacio de nuestra propiedad.
Cuál fue mi sorpresa que mientras andaba lanzando las bolsas de basura al contendedor, de una de ellas calló una hoja de papel garrapateada por uno de sus lados. Sin prestarle demasiada atención, deposité la bolsa en el contenedor y me dispuse a largarme de ese pestilente lugar. Pero no, me agaché con curiosidad y cogí el viejo folio. El papel en cuestión contenía un dibujo que hize largos años atrás, cuando todavía era un niño sin uso de razón. "¿De dóne habrá salido esto?" me pregunté. Lo extraño era que, misteriosamente, recordaba a la perfección haber dibujado aquella tontería hace más de once años, pero no me había percatado hasta que la contemplación del folio había refrescado mi memoria.
Cunado volví al cuarto trastero para proseguir con el saqueo, comencé a hurgar en el interior de las bolsas. Todas contenían dibujos de mi infancia, cuadernos escolares y viejos libros infantiles. Mi vida entera en hojas de papel se encontraba contenida en todas ellas. Mis recuerdos, mis vivencias, mis sueños e ilusiones habían sido descuidadamente clasificadas y sentenciadas al reciclaje más obsceno y ofensivo. Todo cuanto me había sucedido hasta la adolescencia iba a ser pasto de una máquina trituradora, sin que nada pudiera hacer por evitarlo. Mi padre se había empeñado en que todo aquello no era más que basura inservible. Incapaz por completo de entender mi punto de vista, se empeñaba en recordarme nuestra crónica carencia de espacio en el trastero y la necesidad de librarse de toda aquella "basura", en su mayoría los trazos inseguros e imprecisos que determiron mi personalidad actual.
Fue devastador. Tratad de imaginar por un instante la sensación que me abatió cuando fue consciente de que estaban incinerando mi pasado. La justificación escrita de mi existencia iba a ser devorada por maquinaria industrial, y mi propio padre era partícipe de un brutal atentado contra mi integridad personal. Como si de repente te extirpasen una parte vital de tu ser, aquella que determina una parte de tí, tu forma de pensar y de actuar, tus gustos, sentimientos y aficciones ...
Desde entonces me siento sumamente incompleto, como si algo vital que me constituyese se hubiera esfumado de manera irremediable. He perdido mi pasado. Y para siempre.