La semana pasada me quedé contando qué me había parecido Alemania en mi primer contacto serio con ella. Como me dejé muchas cosas en el tintero, continuamos esta semana.
El idioma. Mucho se ha venido hablando sobre las dificultades del Alemán. Os diré que es todo cierto. Yo he estudiado Alemán una buena temporada y la impresión que tuve cuando estuve en Regensburg es que no entendía nada. La sensación de impotencia y de haber tirado el tiempo es demoledora. Para consolarme tengo lo que me cuentan: que la zona de Bayern viene a ser como la Andalucía de España, y que los bávaros tienen mucho salero pero no se les entiende un carajo. Imaginad a un guiri que lleva un año leyendo libros de texto en Español y oyendo cintas en las que dos castellano-manchegos mantienen conversaciones de diversa índole. Ubicadlo ahora en un pueblo de 150.000 habitantes a 120 km de Sevilla, en la España profunda. Si más de uno en estas condiciones desgastaría el "¿qué?" de usarlo, imaginad un guiri. Ahora imaginadme a mí. ¿Me consuelo? Supongo. Menos da un piedra.
Lo bueno es que después de una semana de leer carteles, gracias a mi inquietud para los idiomas pude mejorar mi vocabulario y aumentar mi repertorio de frases hasta llegar a 20. La última adquisición fue: "Vuelo con Alitalia", sentencia inventada sobre la marcha bajo la presión del conductor de autobús que me llevaba a la terminal del aeropuerto. En general en Regensburg la gente resultó bastante simpática, y desarrollé un sencillo método para caer en gracia y aprender Alemán por el mismo precio. La técnica consiste en entrar en las tiendas o en las conversaciones con la voz alta, arrojándote como quien corre desde la orilla del mar hacia dentro a la espera de ver en qué punto se le quiebra la carrera y termina cayendo al agua. En el punto en el que se te rompe la gramática, haces como que flaqueas y terminas con un palabro que deja claro que te encuentras en serios apuros a la vez que lanzas una sonrisa de complicidad. En ese momento, la otra persona sabe que no tienes ni puta idea de Alemán, pero que eres un cachondo y que harás lo posible por aprender. "¿Cómo se dice esto en Alemán?" puede interpelar el aprendiz tantas veces como sea necesario intentando siempre caer en gracia. Al final la otra parte terminará dándote una enriquecedora lección de idiomas por un precio ridículo y además quedaremos como unos cachondos dignos de ser invitados a la próxima fiesta. Como dijo Roldán: "Con cara dura se llega a cualquier parte".
Hablamos de pasada de las alemanas en la anterior entrega. Si las alemanas fueran coches, serían monovolúmenes. De tendencia al 90-90-90 o a la presentación monolítica, las más bajitas serían Twingos, mientras que las más grandes podrían ser Espaces o similares --tampoco ando puesto en coches--. El caso se torna en grave cuando descubrimos que la moda de la ropa ajustada también ha alcanzado este país, y los pantalones de talle bajo hacen furor. En algunos casos lo que hacen son auténticos estragos visuales, y uno se arrancaría los ojos sin dudarlo si alguien le asegurara que luego se podían volver a poner. Las alemanas monolíticas de elevado tonelaje y pantalones de talle bajo son un mal sueño, y un vistazo accidental puede provocar inapetencia sexual durante varios días. También, claro está, las hay que están buenas.
Los alemanes en general son muy cerrados y no tienden a entablar conversaciones de manera espontánea. Aquí cuando salgo a correr siempre saludo a la gente que me encuentro por el camino. No se trata de breves charlas informales o sobre el tiempo, sino de simples "Buenas tardes" u "Hoolaaaa". Después de una semana larga corriendo por Regensburg, sólo fui saludado en dos ocasiones mientras corría. Una de ellas fue una alemanita rubia de buen ver que dijo "Hallo" y saludó con la patita, así, sin venir a cuento.
Por Regensburg pasa el Donau, que no es una marca de yogur bebido sino un río, concretamente el Danubio. Al contrario de lo que dice la tonadilla, el Danubio no es azul. Dejaré la incógnita a la imaginación del lector. Como nota cómica, decir que mi amigo se enteró de que aquello era el Danubio tres semanas después de llegar, cuando lo oyó nombrar en francés. No le culpo, yo podría haber estado corriendo por las orillas del Donau indefinidamente.
Los supermercados alemanes son toda una experiencia. Me costó tres excursiones desentrañar su funcionamiento y ejectuar una operación de compra normal que no levantara sospechas. Y contaré por qué:
Cuando uno va a tomar unos copazos o a cenar con los amigos, al final de la velada existen dos modalidades de pago, las famosas "zusammen oder getrennt" (juntos o separado). En España se suele pagar todo a escote, que viene a ser el total dividido entre las cabezas de ganado que hayan asistido al evento. A veces es un sistema injusto, y las mujeres se suelen agarrar unos cabreos de cuidado porque "total yo sólo me había tomado una cerveza" y cosas así. Las mujeres el caso es estar contra el mundo. Como el judicial, el sistema no es perfecto, pero funciona. Además permite a las mujeres quejarse, lo cual les allana el camino en la pirámide de Maslow hacia la autorrealización (a ver si poniendo frases así sacamos el weblog de los circuitos porno). En Alemania, en cambio, se puede pedir al camarero o camarera que cobre separado. Aquí sería algo así completamente inviable, y más de un camarero se llevaría las manos a la cabeza ante la petición de cobrar por separado a 15 tíos. Cuando aun así se lleva a cabo semejante atrevimiento, se descubre que al pagar el último siempre faltan -por lo menos- cinco euros. En la mayoría de los casos alguien se habrá olvidado de pagar de manera inconsciente o a mala fe, y siempre toca rascar el bolsillo para juntar ese pico que falta. Allí, en cambio, he visto cuadrar al céntimo mesas de hasta doce personas. La sensación que se obtiene cuando el camarero cobra a la última persona y dice que está todo correcto es impresionante.
Este medio de cobro sería impracticable en España por motivos de seguridad. Para poder llevarlo a cabo, el camarero debe portar un monedero de grandes dimensiones con billetes de gran tonelaje y cambio por doquier. Aquí, si un fulano de estos llevaba semejante billetero, además de no pagársele la cena se le rajaba y se le hurtaba seguidamente el contenido del monedero. Los camareros iban a cobrar un plus de peligrosidad por la modalidad "getrennt".
Y esto es todo de momento. La semana que viene aparcaremos Alemania y volveremos a charlar de algún tema de más actualidad que no sea yo.
Saludines.