Después de 15 días sin poder poner el culo en esta silla, consumo por fin tan sencillo pero gratificante acto. Tengo pendiente mi visita a Alemania y por tanto mi primer contacto serio con el mundo germano, así que empezaremos ahora mismo si nadie tiene ningún inconveniente. ¿No? De acuerdo, vamos allá.
Cuando estaba en la universidad, siempre era el último en enterarme de todo: si salían unas fotocopias, yo acudía a reprografía cuando ya se habían acabado; siempre llegaba a secretaría cuando se habían acabado los plazos y, en general, cuando todo el mundo se había enterado de algo, entonces alguien venía y me lo contaba a mí. Una vez llegué a pensar que se trataba de una conjura planetaria en mi contra, pero el tiempo se encargó de demostrarme que todo se debía a un serio problema de dejadez. En la agencia de viajes me preguntaron adónde iba: "A Munich" decía yo. "¿Pero a Munich Munich?" me inquirían seguidamente. "No, a una ciudad cercana, no sé muy bien cómo se llama ni dónde está" redondeaba yo la conversación dejando claro mi amplio conocimiento sobre el tema. Los días pasaron y no fue hasta que mi amigo me recogió en el aeropuerto que supe que íbamos a una ciudad llamada Regensburg, a unos 120 kilómetros NE de Munich.
Regensburg está bien. Tiene unos 150.000 habitantes y un tamaño similar al de Castellón, para que os hagáis una idea. El ambientillo está bastante animado, y entre semana se puede ver a gente por la calle o cenando en los garitos. Lo que es el centro, donde se cuece el tema o se parte la pana, es bastante pequeño, con lo que termina siendo una suerte de pueblo pero algo más moderno y a la alemana.
Mi amigo vive en un piso muy apañado en el puto centro, en la Arnulfsplatz (habrá que ir haciéndose a estos nombrecitos). El alquiler se lo paga la empresa (aquí las empresas cuidan sus activos) y decidió al llegar que le convendría vivir en comunidad para aprender alemán. Un par de meses después, ha descubierto que no ha aprendido ni una palabra de alemán y que vive con dos mujeres teutonas, con todo lo que ello pueda conllevar.
El lector más joven e inexperto puede pensar que compartir espacio vital con dos o más mujeres debe de ser parecido al paraíso, ya que en algunas religiones se debe morir en una guerra santa para conseguir tales honores. La experiencia me ha demostrado que vivir con mujeres puede ser simplemente llevadero o un auténtico infierno, no existe término medio. En el caso de mi amigo, la una es una alemana estereotipada: habla poco, tiene el culo gordo, va de aquí para allá como un fantasma y procura no hacer ruido. En el lado positivo, es tirando a guapa y tiene un cierto encanto, pero le convendría romper algún plato de vez en cuando o por lo menos parecerlo. La otra es de carnes desbordantes y raya en la esquizofrenia controlada. Sus cambios de humor son constantes y además canta en un grupo de jazz, con lo que hay que aguantarla "ensayar" en casa y a veces no se sabe si grita porque está de mala leche o porque está berreando un "make me sway". En cualquier caso, las chicas son limpias y aseadas (lo que significa que ocupan el baño una hora cada una de buena mañana) y hablan inglés, lo que permite a mi amigo tener una cierta interacción con el medio que le rodea y escapar de la locura.
Los baños alemanes son curiosos. Para empezar, las bañeras tienen la mala costumbre de no tener cortina. Parece ser que en muchos lugares de la vieja Europa desconocen las posibilidades de tan poco reconocido elemento ducheril, lo que te obliga a ducharte sentado, que viene a ser algo tan antinatural e incómodo como cagar de pie. Conseguir que el agua no lo rocíe todo al ejecutar una maniobra de aclarado precisa varios días de intenso e ingrato entrenamiento.
En Alemania se recicla la basura. El que diga que aquí también, desconoce sin duda la profundidad del mecanismo. Allí se venden bolsas de plástico de colores para ir codificando la basura y, las primeras veces, saber si el envoltorio del Snickers va a la bolsa verde o a la basura genérica puede ser un auténtico drama. En el caso de mi amigo, todo se baja a un sótano que existe en la finca, a excepción de las botellas de vidrio que se tienen que pasear varias manzanas. Como buen gorrón (entendido gorrón como aquel sin el cual no puede existir el anfitrión) me ofrecí a llevar las botellas a su destino como pago de parte de mi alquiler temporal. Descubrí pues que existe un complejo mundo de colores dentro del universo del reciclaje de botellas, y que las hay de muchos colores. En Alemania hacen concretamente tres distinciones: blancas, marrones y verdes. En España sólo hay cristal.
Mi amigo me explicó que en Alemania los Domingos no se puede hacer ruido. Por ruido se entiende, y viene claramente detallado en la ley que modera la actividad, poner la música demasiado alta, tirar botellas en el contenedor de reciclado, dar martillazos (sí, la palabra martillo viene detallada) y cualquier otra acción que provoque vibraciones de carácter violento susceptibles de ser transmitidas en el aire. Lo de tirar las botellas al contenedor de reciclado tiene especiales bemoles, porque allí las botellas no caen al fondo y revientan en mil pedazos, sino que el receptáculo cuenta con un sistema de gomas y acolchados varios que permiten que el cristalino envase se deposite suavemente sobre el montón sin siquiera romperse. Y es que los alemanes le quitan la gracia hasta a eso.
La mayor parte de la población de Regensburg se mueve en bici. Parece ser además una norma en toda ciudad teutona, como pude comprobar en mis posteriores visitas a Munich. Todo el mundo va o andando o a dos ruedas a la mayoría de los lugares, lo que bajo mi punto de vista resulta un paso adelante en la evolución humana. Como contrapunto, los aparcamientos de bicis se encuentran siempre atestados, y a veces uno tiene que dar un par de vueltas para aparcar (es coña). Lo que sí que es cierto es que a veces no se puede ubicar el vehículo justo en la puerta, y en muchas de las paredes de las tiendas pone "Por favor no apoye su bicicleta en esta pared", evidentemente escrito en un ininteligible lenguaje.
Una pregunta recursiva que me han hecho es si realmente te pueden multar si cruzas la calle por donde no debes. La verdad es que no sé si te pueden multar o no, pero el caso es que no lo hacen. Y si no lo hacen, es probablemente porque no pueden, conociendo a estos alemanes. Porque los tíos son rígidos; si es A es A, y si es B es B. Los pasos de peatones son respetados escrupulosamente, y uno puede cruzarlos sin mirar. Un alemán duraría una media de 37 minutos caminando por las calles de una ciudad española antes de ser ingresado en urgencias con traumatismos varios.
Una de las cosas más sorprendentes fue el respeto de los semáforos. El hecho de que los coches los respeten no deja de ser ya una novedad para alguien que venga de España, pero que los peatones se esperen a que el monigote verde haga acto de presencia es algo digno de ver. Y esto es especialmente serio por las noches, cuando apenas hay coches. Alguna vez he llegado a una calle en la que había un rojo para peatones y un grupo de gente esperando para cruzar. He mirado a izquierda y derecha para constatar que no venía nadie ni tenía pinta de hacerlo en los siguientes 30 segundos, pero los estrictos alemanes han esperado a que el muñeco cambiara de color para hacer lo que hacía la gallina en el chiste. Al ver cosas así, uno tiene la impresión de estar en Matrix pero con el $LANG desconfigurado.
Quedan muchas cosas que contar, pero iré poco a poco. Decir que, por supuesto, no hice ninguna entrevista y apenas hice mención de ello. Fue algo así como cuando uno se va de viaje en verano y se lleva los libros para estudiar. Que me pase esto a mí a estas alturas es serio, pero cuando uno se juega el futuro hay que tomar decisiones estúpidas. Sí que quiero comentar que estoy contemplando tres posibilidades después de estar en Alemania y ver que me gusta:
Me voy a dar más o menos un mes para llegar a una conclusión dependiendo de cómo se desarrollen los acontecimientos, pero desde luego lo que está claro es que tengo que mover el culo.
Por último, para aquellos incrédulos que votaron que no seguiría mi entrenamiento, que sepan que he cerrado la tercera semana corriendo 6 días a la semana contra viento y marea, tanto en Alemania como la Hispalinux. Se me han acostumbrado las piernas y ya no supone ningún esfuerzo, así que con un poco de suerte incluso termino cumpliendo los 3 meses de puesta en forma.
La semana que viene sigo con la Introducción a la vida alemana, que tiene tela. Un saludo.