Mi entrenamiento sigue viento en popa. Correr una hora es fácil. Las piernas me pesan un poco, pero lo peor es el aburrimiento. Cualquier cosa te llena la cabeza, y eso tampoco es bueno. Eso sí, estoy empezando a conocer los alrededores mejor que los domingueros.
Este Sábado (cuando leáis estás líneas ya habrá sucedido) tengo una boda. Un chaval que iba a mi clase el último año, y con el que terminé intimando, me ha invitado. A mí y todo el grupo de prácticas de Métodos Cuantitativos. Después de comprar el billete a Alemania por 270EUR, esto es lo segundo que necesitaba para dejar la tarjeta de crédito temblando. Para colmo, salgo hacia las germanias el Domingo a las 10, así que ya veremos en qué estado lo hago. Espero no manchar el traje de la boda porque me tiene que servir para hacer entrevistas. En el peor de los casos, tendré material para escribir sobre las bodas, que ya tenía ganas de hincarle el diente al tema.
Esta semana quería hablar del reloj, ese complemento indispensable indicador de estatus y que voy a tener que ir cuidando. Uno no puede ir a hacer entrevistas con un reloj de plástico de los que regalan con las magdalenas.
De nano no recuerdo si llevaba reloj o no. La vida era salvaje y mis ciclos vitales venian marcados por la luz del sol, como buena bestia parda que era. Las horas me las recordaban al grito de "A comer" o "La meriendaaa", y entonces sabía que tenía que ir a ver El coche fantástico o El equipo A. Poco sabía yo de las 24 horas del día a pesar de mi naturaleza inherentemente organizativa.
Creo que la primera vez que tuve constancia de llevar uno de aquellos bichos horarios fue la primera ocasión en la que me dijeron "Shavá, er reló". Ya entonces parecía ser un artículo seriamente codiciado ya que, en el atraco de cada semana (fue una temporada dura) siempre me pedían la pasta y "er reló". Reiteradas fueron las ocasiones en que persistieron los malhechores en su empresa, pero yo por entonces tenía muy claro que las cosas eran mías, así que jamás consiguieron quitarme el reloj y nunca me sacaron un duro pese a la vehemencia y periodicidad de las intervenciones. No pueden decir lo mismo otros amigos más "chulos" que yo, claro que a mí nunca me sacaron una navaja y las hostias, cuando las hubo, siempre fueron a parar a carrillos ajenos. Así supongo que es más fácil salir de rositas. De esta manera, ya en aquella época me quedó claro que el reloj era una cosa importante.
Como ya he dicho otras veces, me considero una persona práctica. La mayoría de las veces me he conformado con uno de esos relojes de plástico negro, generalmente Casio, que marcan la hora, tienen alarma, cronómetro y, en algunos de los casos, cuenta atrás. El cronómetro, en mis tiempos mozos, lo consideraba un complemento imprescindible. Cuando uno se pasa media mañana montando un circuito con tablones y ladrillos, luego quiere saber en cuánto tiempo es capaz de recorrerlo con la BH, y nunca está de más saber si el amigo es capaz de rebajar el crono. Por supuesto, uno no es niño si no desea fervorosamente saber cuánto tiempo puede pasar debajo del agua, curiosa obsesión que ha llevado a algunos críos a pasar varios minutos bajo el agua y una eternidad bajo tierra. Ser niño es una actividad peligrosa, y los que vivimos para contarlo sabemos que ha sido por casualidad.
Así pues, toda mi juventud he tenido uno de esos prácticos relojes negros que antaño hubieran costado 10 euros o menos. Ahora mismo, a mi edad, sigo con uno de esos. Casi más cutre si cabe. Sólo una vez tuve un reloj decente. Era enorme y de manecillas, uno de esos relojes de Señor. Creo recordar que era de mi abuelo paterno. Debía de contar yo unos 14 años, y si llego a atinar a alguien de un buen muñecazo lo desnuco. Además era de esos "kinéticos", que obtienen su energía del movimiento de la mano. Si lo hubiera llevado instalado en la muñeca derecha en aquellos tiempos, aún a día de hoy podrían enchufar el reloj a un generador e iluminar dos ciudades de tamaño medio. Naturalmente, como muchas de las cosas que tenía entonces, terminé perdiéndolo. Una verdadera lástima. Supongo que es una de las razones por las que busco algo práctico y de escaso o nulo valor emocional.
Y ahora tendré que comprarme un reloj. Ahora que voy a salir al extranjero a batirme el cobre y a intentar engañar a gente para que me emplee, tendré que completar el disfraz. Algo elegante pero práctico, arreglao pero informal. ¿Qué gastáis vosotros como reloj? Alguno habrá que ni lleve, porque ahora todo cristo lleva el móvil en el bolsillo y ya para qué llevar más trastos ¿Manecillas? ¿Digital? Supongo que los digitales no tienen clase ni glamour ni nada de eso. ¿Y qué tal uno de esos Trolex-monamí?
Estas obligaciones de adulto me están arrollando...