Nací de culo. Literalmente.
En serio, puede usted preguntar a mis padres.
En el momento del alumbramiento, en ese momento en que empiezan las contracciones, en ese instante en que el mundo que uno conoce se desmorona y de repente se ve una luz, yo me di la vuelta. Me puse de espaldas. O más curioso aún: me puse de culo.
Todavía desconozco el motivo.
Quizá fuera un poco torpe; después de todo era la primera vez que nacía. Quizá me hice un lío. Al fin y al cabo nadie me explicó cómo se tenía que hacer aquello ni de qué iba. Quizá, en aquel incómodo trance, en el último momento de la verdad, del cara o cruz, me acojoné y me eché atrás. Quizá me arrepentí o quizá, simple y llanamente, no quería salir. Puede que, después de todo, siempre haya sido un rebelde. En fin, seguro que usted, que gusta de tener una opinión para todo, puede encontrar fácilmente una explicación. Yo me limito a relatar los hechos.
En esta vida, como vino a decir Gödel, a todo se le puede dar la vuelta. Si sus calzoncillos están ya sucios, siempre puede darles la vuelta y estarán limpios. Si la vida le ahoga, alégrese pensando que un día estará muerto. Todo tiene una parte positiva, sólo hay que buscarla, y la parte positiva de nacer de culo es que uno sale al mundo con los cojones por delante. No sólo eso, sino que uno aparece por la puerta dejando muy claro que es un hombre. Antes había que tener un coche caro, llevar un reloj de oro y esnifar coca o beber whisky con hielo para decir lo mismo.
Nací un 28 de diciembre, día de los santos inocentes. El médico que debía asistirme estaba en la feria con sus hijos. No le culpo, supongo que yo hubiera hecho lo mismo.
Cuando uno nace en semejante día, nadie se lo cree. No importa la cara que usted ponga ni cómo lo cuente. No importa el énfasis o el temblor en su voz. No importa su probada honestidad ni el hecho de que pague puntualmente sus coutas a la comunidad de vecinos. Simplemente, Javier no puede haber nacido. Fin de la historia.
Pero no. Más bien principio de la historia.
Así pues, sepa usted querido lector que nací de culo un 28 de diciembre día de los santos inocentes, que hubo que sacar al médico de la feria y joderle el día, y que cuando mis padres por fin pudieron contarlo, nadie les creyó. En semejantes circunstancias llegué yo al mundo, aturdido, aterrado, confuso y con credibilidad cero. Pero con los cojones por delante.
Nací de culo, y llevo desde aquel primer momento tratando de enderezarme. Y no crea usted que es tarea fácil.
Para empezar tiene usted que soportar las bromas de su padre. Imagine a su padre diciendo a los amigos "Nació de culo. Siempre fue un inútil" o "Nació de culo. Nunca hizo una a derechas". Tendrá usted que trabajar mucho para lograr la sensación de que un día su padre le perdonó por haber nacido de culo.
La gente tiene poca imaginación. Nadie conoce a Gödel ni su teorema de la incompletitud. Ni siquiera hay a quien se le ocurra pensar que a todo se le puede dar la vuelta. A nadie se le ocurre decir "Nació de culo, le gustan los retos" o "Nació de culo, siempre le gustó hacer las cosas a su manera". Vivimos en un mundo en el que las palabras de ánimo se administran como los remedios acuosos, con cuentagotas. A veces parece que todo el mundo prefiera los supositorios.
Nací de culo y llevo desde aquel primer momento tratando de enderezarme. Pero aquí sigo, con los cojones por delante. Le duela a quien le duela.
Y si no, pregúntele usted a mi madre.