Hace un par de semanas regresé a Regensperry para asistir a la boda de un buen amigo, alguien con quien había compartido grandes aventuras en los últimos años, alguien de quien aprendí mucho: Gorrino.
Unos días antes estaba en Berlín. Sonó el móvil. Era el Chano:
—Oye, que me dice Paquito que las amigas de la novia le han preparado un discurso, y hemos pensado que nosotros podíamos hacerle también uno a Gorrino. También hemos pensado que como eres escritor y todo eso, que qué mejor que tú para preparar el rollo.
—Ah, ok. Me parece buena idea. Ya me encargo yo del asunto.
El día de la boda, durante el convite, con unas cuantas cervezas de trigo en el cuerpo, subí al encerado con un micro en la mano y una corbata de rayas y procedí a contar mi historia. Creo que les gustó a todos, al menos a la mayoría. Los padres me dieron las gracias emocionados y Gorrino me dio un abrazo. Un tipo al que no conocía de nada pero que llevaba gafas me dijo:
—Me ha gustado mucho el discurso. He oído muchos, pero siempre da gusto escuchar a alguien que siente lo que dice.
No sé si el discurso era bueno o era malo, pero desde luego sentí cada palabra y me emocioné mientras lo leía. No en vano, Gorrino ha sido un personaje muy importante para mí en estos últimos años en Alemania.
Fue bonito mientras duró. Y esto fue lo que dije:
"
Normalmente las historias son bonitas, son románticas. Tienen un final feliz y una música deliciosa. Tienen un hilo que va engarzando piezas, una detrás de otra, de una manera impecable. Una gran historia no deja nada al azar. Una gran historia, por ejemplo, tiene un gran comienzo. La mía no es una gran historia porque ni siquiera recuerdo el día en que conocí a Gorrino.
Quizá no sea un gran historia, pero es mi historia, y es una historia que sin duda gira en torno a nuestro protagonista de hoy. Quizá no sea un gran cuento, quizá nunca se ruede una película o se vendan peluches con nuestras caras, pero ahora mismo yo soy quien está aquí de pie hablando y ustedes ya no tienen escapatoria. Así pues, salgan corriendo o pidan más de beber.
Llegué a Alemania en Mayo de 2004. Era primavera. El cielo estaba gris y hacía un frío del carajo, y las pocas flores que se atrevían a brotar perecían irremediablemente en cuestión de segundos. Me pregunté cómo hacían los alemanes para vivir en aquel lugar y continué arrastrando mi maleta hasta casa de Sonrisas.
Sonrisas se había ido un mes de vacaciones a España y me había alquilado su habitación. Vivía con un chico extraño que rara vez salía de su cuarto, a menudo dejaba pelos en la ducha y jamás fregaba los cacharros. Me pregunté cómo haría para vivir en aquel lugar.
No lo recuerdo con precisión, la memoria es, a mi edad, esquiva, pero supongo que ya había conocido a Gorrino en alguna de mis breves estancias para explorar Regensburg y saber a qué me tenía que enfrentar. El Chano, amigo mío desde los 15 años, me lo habría presentado en algún momento.
Cuando uno no tiene trabajo y se encuentra en un lugar lejano y frío, los días son eternos. Mi amigo Chano siempre ha sido un gran amante del trabajo arduo y de las interminables jornadas laborales, así que mis días eran un poco más largos porque él siempre salía a las tantas del tajo. Gorrino era pues mi mejor baza. Tenía un gran corazón, tenía rizos y tenía internet, así que cada tarde, con el portátil bajo el brazo, yo me encaminaba hacia su casa dispuesto a leer mi correo y a hablar un poco de español. Gorrino no sólo me recibía con los brazos abiertos, sino que encima me daba de cenar. El proceso se repetía un día tras otro.
Lavar, enjabonar, aclarar, repetir. Jamás me hubiera convertido en el gran gorrón que soy ahora sin su inestimable ayuda.
El tiempo pasó. Salí de casa de Sonrisas para irme a vivir con El Chano. Las nubes nos dejaron, llegó lo que aquí se conoce como "el calor" y las alemanas empezaron a mostrar pechuga. Yo seguía sin tener trabajo, y en tales condiciones, lo último que quería era encontrar uno. Pasó Junio, pasó Julio, pasó Agosto. Me bebí 243 cervezas de medio litro. Miré lascivamente 2.684 escotes. Después terminó el verano.
Dicen que las casualidades no existen.
En Perry AG trabajaban más de 1.000 ingenieros repartidos en un enorme edificio de siete pisos en el que cada planta tiene el tamaño de un campo de fútbol. Terminé sentándome delante de Gorrino. Si yo debía de haber sido muy bueno en una vida pasada, el debió de haber sido muy malo. Yo era como ese chicle que se te pega en la suela y no sale ni con agua caliente, como esa pesadilla recurrente en la que se te caen los dientes. Yo era un ángel redentor, y Gorrino iba a pagar por todos sus pecados; por los que había cometido hasta entonces y por los que iba a cometer después.
A mí me había tocado la lotería. De repente me encontraba en el puesto de trabajo soñado, y ni siquiera me iban a explicar las cosas en alemán. No es que el acento maño sea la panacea, pero desde luego es más asequible que la extraña lengua en la que se comunican los seres que moran estas tierras. Woody Allen dijo "La vida es demasiado corta para aprender alemán". Yo, sentado en mi puesto de trabajo, atendiendo las pacientes explicaciones de Gorrino, daba las gracias a Dios por lo que me estaba sucediendo.
Gorrino me cautivó desde el principio. En el trabajo todo el mundo parecía admirarle. Él se desenvolvía, ora con gracia y salero, ora con seriedad alemana, dependiendo de lo que la situación requiriera. Yo de mayor quería ser como él pero sin rizos. Me convertí en su sombra y traté de convertirme en una esponja que se impreganara de toda su elegancia y saber hacer. Yo usaba sus expresiones, copiaba el estilo de sus informes. Incluso empecé a fumar. Y el tiempo pasó.
Fueron tres largos años. Tres largos años de vernos la cara todos los días. Todavía no me explico cómo nunca tuvimos sexo. Hubo momentos buenos y momentos malos, momentos en los que todo salía bien y momentos en los que todo salía mal, y había que sacar el ingenio y a veces la picardía para esquivar el toro. Una y cien veces las pasamos de todos los colores, y una y cien veces salimos victoriosos.
Recuerdo los cientos de horas que habremos pasado en los angostos cubículos para fumadores de la octava planta. Allí, de pie, el uno frente al otro, nos contábamos nuestras vidas entra calada y calada. Allí de pie, a menudo nos abríamos los corazoncitos y nos mostrábamos nuestros lados más vulnerables para terminar apagando los cigarros y diluyendo nuestros problemas con las últimas volutas de humo. Después nos alejábamos por los pasillos dándonos palmadas en la espalda y todo quedaba atrás y parecía que la vida pesaba un poco menos. Quizá mi vida no sea tan larga por haber fumado tanto, pero al menos habrá valido la pena.
En los últimos tres años he conocido mucho a Gorrino. Diría que mejor que nadie, pero estas cosas nunca se saben. He gorroneado su internet, me he comido su comida. Me he bebido su ron, me he fumado sus pitillos y me he quedado dormido borracho en su sofá mirando su techo. Y es por esto que ahora cuento esta historia, para purgar mis pecados, para intentar devolverle al menos una briza de todo lo que, en mi atrevida e ignorante intrepidez juvenil, inconscientemente arrebaté. Y sólo puedo decir que es un gran tipo, una persona con un gran corazón y un amigo en el que de verdad se puede confiar. Si todos fuéramos como él, los problemas del mundo desaparecerían. Bueno, quizá no desaparecerían, pero tendrían rizos y serían más graciosos. En cualquier caso todo sería mejor.
Es por todo esto, por el largo camino juntos, por los buenos momentos, por todo lo que de Gorrino gorroneé y aprendí, que no puedo sino desearle, en este día tan especial, que todos sus sueños se cumplan y que sea muy feliz. Porque se lo merece y porque ya va siendo hora de que este mundo empiece a ser justo con los buenos. Y, porque si no, ¿quién me dará de beber?
Un abrazo, Gorrino, y que seas muy feliz.
"