Después de la ajetreada semana anterior, traeremos hoy a la palestra un tema de los buenos, de los que tienen miga. Nada como unas risas sanas para empezar este duro Septiembre en el que debemos salir del letargo estival.
Hoy quería hablar de todos aquellos varones en plena cincuentena, de gruesos carrillos, incipientes (o avanzadas) calvas y panzas, vida estable; aquellos varones que, como dice mi padre, se encuentran en la edad de los metales: plata en las sienes, oro en los empastes y plomo en el pito.
Encontrándome como me encuentro entre la juventud más descarada y la propia edad de los metales de la que hablaba antes, me veo en situación inmejorable para juzgar un extremo y otro. ¿Y qué mejor manera de analizar un animal que por sus costumbres? Vamos allá.
El varón joven derrocha energías. Las derrocha literalmente por todos los poros. Cuando no anda haciendo una cosa anda haciendo otra, y uno de sus pasatiempos preferidos es el deporte. Cuando uno es joven, un día tiene un partido de fútbol, otro día tiene un partido de tenis, sale a correr por las tardes, va a nadar a la piscina.... La actividad es frenética y cualquier cosa vale.
El varón en la edad de los metales no ha perdido su afición por los deportes, pero como ya no los puede practicar los contempla: un Domingo se va la mañana por el aire porque hay motos, otro dándole a la Fórmula 1, ahora todo el día haciendo una prueba tras otra en los mundiales de atletismo de París, hace nada venga a subir montañas con Tour de Francia... Y ya no veas cuando se solapan las motos y la Fórmula 1, buenoooo, un sinvivir, oiga. Y también se le sigue dando al fútbol, pero sólo los sábados por la noche y con un whisky en la mano. Sí, uno se arriesga a sufrir el temible codo de tenista de darle al vaso, pero ya se sabe cómo es el deporte. No pain no gain.
El varón joven derrocha energías porque no puede estar todo el día copulando, que es para lo que la madre naturaleza lo ha puesto sobre la tierra. Para poder dormir por las noches se ve obligado a desgastarse durante el día en un interminable número de actividades que le tuesten la testosterona. El varón añejo, sin una actividad programada por sus hormonas, sin sentir la llamada de la naturaleza, puede dedicarse a seguir la llamada de la Ramona: saca la basura, riega las macetas, lleva el coche a la revisión, no bebas más que luego roncas...
Durante la juventud, el varón mide sus capacidades en diversos deportes, pero nada como el tamaño de su pene le otorga un lugar en la sociedad. Tenerla grande es sinónimo de señorío, de triunfar en la vida, de saber hacer.
Esta situación es pasajera. Luego el varón madura y abandona tan infantil y fálica obsesión. Cuando uno está en la edad de los metales, el que ha triunfado en la vida es el que tiene la casa más grande, con la piscina más grande, con la mujer con el culo más pequeño y, sobre todo, con el coche más grande. Para un varón añejo, un coche más grande que el de los demás es sinónimo de éxito, de esplendor social. Tomando el coche como la prolongación del ego que es el pirulo en la tierna juventud, el varón añejo sigue encasillado en el "yo la tengo más grande". Y es que hay cosas que nunca cambian. Quizá se arregle con parches de testosterona. O se empeore, vete a saber.
Como comentaba antes, el varón en la edad metálica ya no practica el sexo, así que necesita un sustitutivo, una actividad que pueda amar y practicar con la misma vehemencia y obsesividad como le daba al mambo horizontal o al manubrio en temporada baja. Algunos van a museos o coleccionan mariposas, pero la mayoría se arrojan a los brazos de la diosa Gastronomía. De repente, se cocinan calderetas, paellitas, potajitos.... Degustan Riojas u otros caldos de la tierra y los paladean como si no hubieran hecho otra cosa en la vida, con una pasión que parece que se remontara al principio de los tiempos cuando en realidad hace tres días que comen en serio. Lo bueno del "jaling" es que es una disciplina en la que se aumenta la destreza de manera exponencial, de tal manera que con un poco de práctica en seguida se desarrolla la muscu... las aptitudes necesarias para la práctica. Además, el cuerpo del varón metálico se encuentra en un estado de forma excepcional para la práctica del recién encontrado deporte, y de nuevo se da cuenta de que disfruta de una actividad que puede compartir con los amigos y en la que igualmente, como antaño, se puede competir: a ver quién se come un tercer plato de potaje sin que le dé un pantáis, a ver quién es el macho que se termina la botella de vino... Luego los estiramientos se sustituyen por una siesta y a volar.
Si es que será un tópico, pero es que cuando el río suena... buena sombra le cobija.
Ya sabéis lo que os espera ;)