Sinceramente, no sé qué es. Puede que sea que soy suave y azul. Quizá se trate de mi fina y aterciopelada voz. Es posible que haya que hablar de mis acompasados y pausados movimientos. Quizá sea porque un día me rompí el frenillo. El caso es que dicen que transmito paz.
No sólo las ondas electromagnéticas cortan el espectro radioeléctrico, no sólo los fotones, los electrones y mis cojones se desplazan por el espacio. Parece que también la paz se cuantifica, se modula, se empaqueta y se transmite.
¿Cómo? se preguntará el lector.
Que me aspen si lo sé. Yo les contaré lo que hago: escucho a la gente. Considero que todo el mundo tiene algo que decir, y que las personas están contando una historia cada vez que abren la boca. Puede que haya quien lo haga de otra manera. Yo escucho.
Quizá sea porque soy suave y azul, pero a lo largo de los años me han escrito decenas de lectores contándome sus vidas, relatándome sucesos, reflexiones y sentimientos que no habían compartido con nadie antes. "Caray, esto que te estoy explicando no se lo he contado ni a mis amigos", dicen. Es una frase contundente teniendo en cuenta que sólo soy un tipo que pica teclas a cientos de kilómetros de sus casas, un personaje anónimo al que dan forma entre líneas, entre historias de tetas y culos, de miedos y frustraciones, de incomprensión ante el mundo que nos rodea. Y no sé por qué me relatan los sucesos que me relatan, y no sé por qué me cuentan las cosas que me cuentan, pero el caso es que lo hacen. Y me gusta. Siento que confían en mí.
Hace un par de meses conocí un chico de veintipocos años. Parecía un tipo tímido, retraído, quizá torturado. Me recordó mucho a mí en otros tiempos. Supongo que para eso estaba allí. Tenía pocos amigos pero buenos, un vocabulario excelente, y una manera de expresarse que sugería que pensaba las cosas antes de decirlas, inherente cualidad humana todavía por descubrir y explotar. No me sorprendió en absoluto saber después que le habían hecho todo tipo de tests y que había obtenido puntuaciones poco comunes. Llevo muchos años prestando atención a la gente y a estas alturas algunas cosas en seguida me resultan evidentes.
Contaba que su pasión, ese algo inevitable que a menudo tenía que hacer, era pintar. Hacía unos meses le había entrado un arrebato y se había encerrado en un lugar a dar rienda suelta a sus instintos, a vomitar sus entrañas sobre el lienzo blanco, a arrojar demonios contra una tabla, a dar forma a cosas que ni siquiera existen. Entre sesión y sesión salía a la calle a tomar el aire y circulaba por las aceras con la ropa y el rostro salpicados de pintura, con ese aspecto propio de los locos y de los genios. Es delgada la línea que separa el genio de la locura, pero sólo para aquellos que no conocen ninguna de las dos cosas. El resultado de sus semanas de exorcismo personal fue una serie de cuadros que ahora mismo, por esas casualidades de la vida, han terminado expuestos en un lugar sin importancia. Las casualidades no existen, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otro momento.
La noche en que nos conocimos ninguno de los dos durmió. La pasamos con gente nueva, con nuevos amigos, con personas tan fascinantes que ninguno de los dos queríamos que las horas acabaran, que los minutos se extinguieran. Y charlamos de muchas cosas, pero sobre todo de él.
Hablaba sobre galerías de arte de países exóticos, describía sueños en los que hablaba con Picasso. Desde luego, por su manera de hablar, podía haber nacido en el París renacentista de hace muchas décadas. A mí me pareció que sólo le faltaba beber absenta y amputarse una oreja. En un momento dado dijo:
—Yo he pensado en el suicidio. Muchas veces.
La muerte es un tema que no ha pasado desapercibido por aquí [1]. Sentir la muerte cerca, aunque sea por un momento, tiene el fabuloso poder de hacer que valoremos lo que es la vida con mayor intensidad. Tener la certeza de que se puede morir en cualquier momento, recordarlo cada día, es posiblemente el mayor favor que uno se pueda hacer a uno mismo. Saber que podrías morir en el próximo minuto es la mejor manera de saber lo que significa estar vivo y todas las cosas maravillosas que eso conlleva. Sentir la muerte, abrazar su certeza, es paradójicamente la única manera de sentir la vida.
A veces la gente me cuenta cosas, cosas que no cuenta a nadie más. A veces soy yo el que cuenta cosas.
Me ocurrió hace ya casi un año. Debía de ser un mediodía cualquiera del verano pasado. Hacía apenas unas semanas que había dado carpetazo a mi vida en Alemania, a la ingeniería y a una etapa extremadamente intensa de mi existencia. Era casi la hora de comer y yo estaba de vuelta a mi antigua habitación, en lo que hacía ya tiempo que había pasado a llamarse "casa de mis padres". El sol entraba por la ventana y yo estaba sentado en la misma silla en la que había pasado interminables horas de estudio. Unos minutos antes estaba ordenando algunos papeles y, en algún momento, sin saber por qué, me había dejado caer sobre la silla sin un motivo que lo pudiera justificar. Miré por la ventana, desenfoqué los ojos, y me pregunté qué sentía.
Sentía dejadez. Sentía una falta de motivación enorme. No había norte. Sentía que no había nada en el mundo que me llamara la atención, que me empujara en una dirección. No había nada en mi vida que me reclamara. No había nada por qué vivir.
De hecho, eso fue lo que me pregunté:
¿Quiero seguir viviendo?
No había rabia, no había frustración, no había decepción. Ni siquiera había miedo o vértigo esta vez. Había paz, una profunda y serena paz. Me encontraba en punto muerto, en un extenso y profundo valle de tranquilidad, en uno de esos lugares que aparecen de vez en cuando en la vida en los que sólo existe uno mismo y la brisa sopla suave y mece la hierba y las hojas de los árboles. Y entonces escuché una voz.
Sí, dijo. Quiero vivir. Todavía no ha llegado mi momento. Quiero vivir.
Hay lugares que no aparecen en los mapas. Tan sólo algunos escritores hablan de parajes perdidos, de altas montañas y profundos valles, de sitios que se encuentran dentro de todos nosotros y a los que nadie sabe cómo ni cuándo se llega. Yo soy un caminante fascinado, un cruce de explorador entre forzado y vocacional. Presto mucha atención a las sendas que piso, a cada paso que doy, a cada cielo que miro, y a menudo reconozco el lugar que me describen algunas personas. Por eso, cuando mi nuevo amigo, el chico pintor, me habló de aquel inquietante escenario, creí saber de qué estaba hablando.
—Yo he pensado en el suicidio. Muchas veces —dijo.
Le miré fijamente, como se mira a aquellos a quienes se respeta profundamente, como se admira a aquellos que tienen el coraje de pronunciar palabras así delante de otros. Quedé un momento en silencio.
—¿Y por qué no lo has hecho? —pregunté.
Yo no conocía mis razones. Yo había estado en aquel sitio pero desconocía el motivo. Yo sólo había obtenido una respuesta, y eso había sido todo lo que había necesitado para alejarme de aquel lugar. Quise saber qué le había empujado a él, qué viento le había indicado el camino, qué le había hecho entender que aquel no era el valle en el que cerraría los ojos y descansaría para siempre.
Sus razones me las guardo, no tienen mayor importancia. Las escuché, las comprendí, las doblé y me las metí en la cartera, esa cartera repleta que llevo cerca del corazón. Luego, sin saber por qué, sin motivo alguno, que por lo visto es el motivo por el que hago las cosas que más me llenan, pronuncié algo parecido a esto:
"A aquel que no tiene miedo a la muerte, a aquel que ya nada puede perder, sólo le queda ganar. Tienes un poder enorme: úsalo"
Me gustaría poder decir que comprendió mis palabras. Me gustaría poder decir que aquel todavía pequeño pero incipiente artista quedó impactado por el alcance de aquel escueto párrafo. Pero lo cierto es que no lo sé con certeza. Y no puedo culparle. Ni siquiera yo sé cuál es el verdadero alcance de esas palabras. Me esfuerzo por descubrirlo cada día, y me maravillo de su poder.
Supongo que hoy somos dos y mañana tres, y al poco cuatro y en breve una docena. Quizá cientos. Somos oscuras almas que han sido torturadas durante mucho tiempo, capullos de una bella flor que todavía está por abrirse, personajes de un retorcido drama que por fin están descubriendo la mano del escritor y se dan cuenta de que son a la vez guionistas y protagonistas de la fabulosa historia de sus vidas. Somos la escalera que asciende hasta el sótano, la mano que se dibuja a sí misma, la broma en ese lugar en el que no hay nadie más y ante la que sólo queda la risa. Somos aquellos que han mirado a la muerte a los ojos, aquellos que han hecho la pregunta y que se han quedado a escuchar la respuesta. Somos los que han ido muy lejos y ahora vuelven. Somos los que están subiendo incluso cuando bajan. Somos el día que está por llegar, las líneas que están por escribir, los pasos que quedan por dar. Somos los que caminan con el corazón en la mano.
Somos aquellos que sólo pueden ganar.
Links:
[1] http://www.elsentidodelavida.net/miedo-a-morir