Cuando me levanté, aquel iba a ser un día como otro cualquiera. Pasé toda la mañana estudiando Transmisión de Calor. Me iban a fundir también en esa convocatoria, pero en aquella extraña mañana yo todavía no lo sabía. Debe de haber algún curioso y retorcido encanto en hacer cosas que no van a ninguna parte. Sólo esto ya explicaría muchas cosas.
Me hice un arroz caldoso y una tortilla y después me fui al catre para echar una frugal siestecilla antes de retomar el estudio. Me quité las pantuflas y me tumbé en la cama. Diez minutos después bramaba el teléfono.
Maldije mi estampa y me arrastré hasta el aparato, que no dejaba de sonar. Descolgué y al otro lado de la línea escuché la voz de mi padre. Sonaba excitadísimo, así que supuse que había averiguado que su concursante favorito de Pasapalabra iba a hacer el rosco completo aquella noche. Y sin embargo dijo:
—¡¿Estás viendo la tele?!
—No, estaba echando una siesta —contesté.
—Pon la tele inmediatamente. Un avión acaba de chocar contra una de las torres gemelas y no se sabe qué está pasando.
—Vale, vale; voy...
—Seguimos en contacto —dijo como si fuera una película de espías.
Me terminé de calzar las pantuflas, me senté en el sofá y encendí la tele. Recuerdo que puse Antena 3. Creo que allí estaban Matías Prats y Olga Viza, aunque esta vez no estaban con Ángel Nieto. Sus voces estaban alteradas y la conexión saltaba apresuradamente entre Madrid y Nueva York. Estaban intentando averiguar, como todos, qué había sucedido exactamente. Me recliné y dejé el mando a un lado. Realmente mi padre tenía razón: aquella historia era más interesante que la siesta, que para mí en aquellos momentos era palabras mayores.
En el telediario se barajaba la hipótesis de que hubiera sido una avioneta la que había chocado contra la torre. Yo seguía el asunto con interés. Había un gran boquete en la fachada y el humo ascendía hacia el cielo mientras los helicópteros daban vueltas. Sólo faltaba King Kong.
De repente Olga Viza gritó como si le fueran a azotar con un bolso.
—¡Ayayayayay! —dijo exactamente.
Un enorme avión comercial había entrado en el cuadro y, en apenas un segundo que duró un huevo, entró por una de las caras de la segunda torre como un cuchillo caliente en un tocho de mantequilla. El otro día una lectora escribía un comentario pretendidamente incendiario en ESDLV y lo titulaba "Sangre, fuego y destrucción". A veces los adjetivos se emplean con mucha ligereza. Aquello sí que era sangre, fuego y destrucción. Yo miraba la caja tonta con la boca abierta. El teléfono volvió a sonar.
No había visto a mi padre tan excitado desde el España-Malta.
—¡¿Estás viendo eso?! —gritó al teléfono.
—Sí. Menudo movidón.
—¡Qué pasada! Vamos a verlo y luego te llamo —dijo.
—Ok.
Puede parecer una conversación intensa, pero las he visto idénticas entre mi padre y mi tío durante una carrera de MotoGP. Es lo bueno de las palabras vagas, que encajan en cualquier situación.
En el telediario parecían estar volviéndose locos. Yo empezaba a compartir la excitación de mi padre, y aquello era más interesante que el rosco del Pasapalabra. Cambié de canal varias veces y en cada cadena la locura era generalizada. Los comentaristas se atropellaban y la acción saltaba de un lugar a otro. Parecía que el Papa acabara de anunciar que dimitía para hacerse gigoló.
La película era soberbia, y nos enfrentábamos al que parecía el conflicto definitivo de un perfecto guión dramático. Sólo faltaba saber si las torres se iban a caer o no. Aristóteles se hubiera chupado los dedos. No sé quién pensaba en Bin Laden con más intensidad, si los de la CIA o los de Hollywood.
—¿Qué crees que va a pasar? —decía ahora mi progenitor al teléfono.
Yo no tenía ni idea, pero ya me había merendado unas cuantas asignaturas de materiales y estructuras en la carrera y a mi padre le parecía que mi opinión podía tener una cierta relevancia. Fui honesto:
—No tengo ni idea. En cualquier caso, a mí no me parece que se vayan a caer. Están forradas de acero por dentro, y lo que no haya pasado ya no creo que vaya a suceder.
Ese tipo de edificios son monstruos de acero, y algunas de las aleaciones de acero son de lo más duro que se conoce. Más duros que la cara de algunos. El mundo se puede desmoronar a su alrededor pero el gesto permanece inalterable. Algo tenía que quedar en pie. Seguro.
Luego estaba la pregunta de, si finalmente las torres caían, cómo lo harían. Yo visualizaba la primera torre cayendo como un Godzilla herido de muerte, alzando los brazos y dejándose caer con estruendo sobre los edificios colindantes. Me levante, fui a la cocina y volví con un vaso de agua al sofá. Alargué la mano para rascarme un huevo y entonces sucedió.
La primera torre se vino abajo en apenas diez segundos en una coreografía perfecta. Tan pronto estaba en pie como en un momento hubo desaparecido en una enorme y densa nube de humo, escombros y mierda. No cayó ni un ladrillo fuera de la base. Supongo que espectacular es la primera palabra que me viene a la cabeza. La segunda es perfección.
Menudo peliculón. Los efectos especiales eran impecables, los planos soberbios. Los actores lo estaban dando todo. La gente corría despavorida por las calles y la confusión y el estupor se adueñaban del espectador. Spielberg tenía que estar en su casa dándose cabezazos contra la pared por no habérsele ocurrido antes. Yo estaba completamente alucinado. Y también reconfortado, porque era evidente que aquella tarde no iba a seguir estudiando.
—¡¿Has visto eso?! ¡¿Has visto eso?! ¡Esto es histórico! —bramaba mi padre al teléfono.
Es posible. En la tele dijeron lo mismo cuando el Madrid ganó la séptima. Las palabras son tan flexibles.
En aquel momento la única duda por resolver era cuánto tiempo tardaría en caer la segunda torre. Mientras tanto, las cámaras mostraban a la gente saltando por las ventanas y precipitándose a una caída de eternos segundos sin fin. Yo los veía con sentimientos entremezclados. "Ahí va otro que no tendrá que estudiar Transmisión de Calor" pensaba. Después cayó la segunda torre. Ya hacía rato que los telediarios estaban pisando la hora reservada a los programas del corazón. Esa tarde Jesulín no haría caja.
Seguí la transmisión un rato más. Los bomberos se zambullían entre los restos, la conexión saltaba de un lugar a otro, se mostraban nuevas tomas de los aviones entrando una y otra vez en los edificios, penetrando el cemento como si no se tratara más que de una densa niebla, de un pertinaz espejismo. No sé si he visto más veces Los Goonies o aquellos aviones. A estas alturas esas imágenes están grabadas en mi inconsciente como los bocadillos de patatas que me hacía mi abuela en los veranos en la playa.
En algún momento, no muy lejos de allí, un edificio de veinte plantas decidió que también se venía abajo pero nadie le prestó mucha atención. Ah, y también aquel día se estrelló un avión en el Pentágono, o al menos eso dicen. Se mostraron bastantes más imágenes cuando Maradona metió el gol con la mano. Las palabras son flexibles y los sucesos subjetivamente relevantes.
En aquellos tiempos yo llevaba aparato en los piños, y aquella tarde tenía hora en el dentista para un repriete de tuercas. Yo también tendría mi propia ración de sangre, fuego, destrucción y lágrimas. Cogí la radio, sintonicé la primera emisora que encontré y bajé a la calle.
Todo estaba tranquilo. Parecía un domingo a media tarde. Había un algo que flotaba en el ambiente. Era como si el mundo estuviera de resaca. En la radio del autobús se escuchaban las noticias, y los escasos pasajeros no hablaban de otra cosa.
Es curioso, pero en aquellos extraños momentos tuve por primera vez en mi vida la sensación de que por fin estábamos todos en la misma página. El planeta entero se había detenido y por un instante todo el mundo estaba prestando atención a lo mismo. Las abuelas no hablaban de los jóvenes de hoy, las tías marías no hablaban de la vecina o de la Choni, los abuelos ya no criticaban a los operarios municipales, a los consultores les daban igual los forlayos, a los tuneros les habían dejado de importar sus coches. Ni siquiera yo miraba a las chavalas de buen ver. La historia se estaba escribiendo en aquellos momentos y parecía que todos éramos conscientes de ello. De algún modo todos estábamos juntos en aquello. Y lo sabíamos. Supongo que sólo los niños seguían jugando. En mi interior sentía al mundo completamente unido, y esta vez no había hecho falta una guerra mundial. Supongo que en el fondo la humanidad siempre va hacia adelante, incluso cuando a veces no resulta tan evidente.
Me pregunto cuándo volveré a tener aquella agradable sensación de comunión planetaria. Supongo que cada vez queda menos, y no sé si celebrarlo o estremecerme.
Para mí todo aquello no fue prácticamente más que una película de sobremesa. Me di cuenta de que llevaba tantos años chupando tele y cine que tenía dificultades para ser consciente de que esta vez no iba a salir Rambo entre los escombros jurando contra los comunistas. Debo reconocer que me encantó ver a los aviones chocar contra las torres, y que de alguna manera disfruté viendo caer aquellas moles en un lugar en mi cabeza a caballo entre la realidad y la ficción. Para mí todo aquello no era más que una nueva colección de imágenes que me enviaban por la tele. El niño en mí se encontraba completamente fascinado por la película. Me costó darme cuenta de que esta vez no habría créditos. Al menos no al final de esa función.
Hacía ya un tiempo que me había dado cuenta de la inutilidad de preocuparme por las cosas que sucedían más allá de mi rango de acción. Dos aviones comerciales chocan contra las torres gemelas en Nueva York. Magnífico. Yo estaba en mi sofá tratando de disfrutar del evento, que ya hacía años que me había dado cuenta de que me sentía muy mal cuando me amargaba. Si en algún momento alguien podía necesitar algo ya me llamarían.
Segunda mitad de Septiembre de 2001. Durante el resto del mes pensé que el mundo iba a cambiar, que lo que había sucedido iba a remover algo en el interior de cada uno de nosotros y que quizá el ser conscientes de nuestra inconmensurable fragilidad nos empujaría por fin a cambiar de actitud. Se me ocurrió que quizá la humanidad se uniría de una vez para empezar a poner las cosas en orden.
Comprenderá usted que a día de hoy me sienta decepcionado.
9/11 [1]
Presten atención a estos números, porque es muy probable que vuelvan a verlos. Quizá incluso antes de lo que imaginan.
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