Esta semana traigo algo especial. Tratando de dar a la página un nuevo giro de tuerca, un acto imposible, un "no se vayan todavía", un "esto no lo he visto antes", un "¿de qué va este tío esta vez?", traigo en esta ocasión una columna doble escrita entre dos personas. Se trata de dos perspectivas diferentes de un mismo acontecimiento.
Mi contrapunto es femenino y se hace llamar Superindecisa. Cuenta que tiene un superpoder de indecisión que le bloquea a la hora de circular por el mundo. Ella parece creer que es algo malo. A mí me gusta.
"GonzoTBA meets Superindecisa". Que dios nos pille confesados.
Versión de GonzoTBA
Estaba terminando el 2008, un año movidito. Yo debía de estar saliendo de la consulta de algún psiquiatra. Abrí el buzón de correo y encontré un email de una chica de Barcelona. Decía que colaboraba con una revista digital y una de las papel de toda la vida, y que preparaba una sección de entrevistas. Afirmaba que, aunque eran "revistas de tendencias", pretendía trazar un perfil de una persona que fuera de interés socio-cultural. Supongo que no había encontrado a nadie más y había tenido que recurrir a mí. En cualquier caso me gustaba la idea.
Le contesté que estaría encantado de ser entrevistado. Después de todo ya era hora de que, tras tantos años de duro trabajo a la sombra de un candil, el mundo reconociera mi genio y mi innegable arte en todo su esplendor. Vi fama, dinero, mujeres y todo aquello que hasta ahora tan tenazmente me había sido negado. Eran mis primeros pasos en el noble arte del pensamiento positivo.
Algo más de un mes más tarde cogía un tren hacia Barcelona. Un viento del carajo hacía que cayeran las hojas de los árboles. Sus troncos caían sobre la vía del tren, lo que hizo que el viaje durara el doble de lo que debía.
En la estación me recogió un amable lector que me alojaría durante el fin de semana. Tras un par de transbordos llegamos a su casa y dejé los trastos. Luego me dirigí al bar del hotel donde había quedado con la entrevistadora. La camisa no me llegaba al cuerpo, y si me hubiera llegado se hubiera empapado en sudor.
Empujé la puerta y me di cuenta de que aquello me molaba mucho. La chica tenía estilo, al menos para escoger los lugares. Todo estaba tranquilo y lujoso. No me costaría acostumbrarme a aquella vida.
Miré nerviosamente en todas direcciones intentando encontrar a la chica. Había procurado no hacerme ilusiones. Iba a ser mi catapulta hacia el éxito, así que no importaba qué forma o color tomara. En el caso de que estuviera buena, intentaría acostarme con ella. Siempre había querido hacerlo con una catapulta. Si hubiera vivido en la Edad Media me hubieran quemado en la hoguera.
La vi sentada en uno de aquellos lujosos sillones. Frente a ella, una copa de vino, una grabadora y un par de folios con notas. Estaba buena. Llevaba unos vaqueros ajustados y por su escote se adivinaban un par de bonitos senos. Los hay que leen rostros, huellas de animales en el bosque o posos en el café. Yo leo escotes. A veces también leo libros.
Di gracias a dios por aquello. Estaba muy buena y me quería entrevistar. Además estaba interesada en mis artículos e incluso pensaba que tenía un perfil socio-cultural. Con un poco de suerte también querría follar conmigo. Parecía que, después de un 2008 de perros, dios y yo empezábamos a entendernos. Podía ser el principio de una bonita amistad.
Mi inconsciente pidió un café para que me entraran cagaleras y pudiera sabotear la tarde. Ella se adelantó y puso en marcha la grabadora, lo que hizo que las cagaleras no tuvieran que esperar al negro elemento para manifestarse. En los últimos meses he ejercido a veces de periodista improvisado y he podido comprobar que la gente se hace encima cuando le enfocas una cámara al careto. Las cámaras, las grabadoras de voz y las ciruelas parecen tener el mismo efecto laxante. Así empezó la entrevista.
Si cuando me acerco a una chavala que está buena me pongo como un flan, cuando además me graban me siento como una gelatina. La mano me temblaba cada vez que me llevaba la taza a los labios. Lo he venido observando y he llegado a la conclusión de que estos temblores no suceden por lo que está sucediendo en ese momento, sino por las expectativas ante las que uno aborda la situación. Uno se crea una película que proyecta sobre el momento presente y ante la que reacciona. Ella preguntaba sobre los lectores de El Sentido de la Vida y yo me veía quitándole las bragas, algo que me provocaba una enorme turbación y que amenazaba con derramarme el café sobre la bragueta. Son este tipo de metáforas las que buscan retratar los directores de cine. Yo, por algún extraño talento, soy capaz de provocarlas de manera natural.
Preguntó cuál era el sentido de la vida, qué era el amor y qué era la muerte. Le pregunté si no tenía preguntas más difíciles. Ella prestaba atención a mis respuestas, como si lo que estuviera diciendo tuviera algún sentido. A mitad de entrevista ya me sentía como el oráculo de Delfos. Luego salimos a la terraza del hotel a fumar un cigarro.
Allí le estuve desgranando mi historia del 2008, mis revelaciones personales, mi crisis existencial, mis carreras en calzoncillos, mi resurgir cuál ave fénix, mi etapa new age. Yo llevaba casi tres horas largando locuras y ella seguía sin salir corriendo. Cuando fui al baño de caballeros y encontré una señora meando que casi sufre un infarto al verme, supe que todo iba como la seda. Terminamos la entrevista y me dijo de ir a cenar.
Fuimos a un italiano. Me dijo que no comía queso ni leche y yo le dije que no comía cosas verdes o rojas. Parecíamos tener mucho en común. Hablamos un rato más sobre comida y dijo que la frase que más le había gustado de toda la entrevista era "La verdura es un bloqueo mental". Supe entonces que le había entrado todo por un oído y salido por el otro. Tres horas hablando sobre la vida, el amor y la muerte y el titular de la entrevista iba a ser "La verdura es un bloqueo mental". Si hubiera entrevistado a Sócrates hubiéramos leído en la parte superior de la página en Arial 36 negrita: "Sólo sé que no me gusta el marisco". Pero me gustaba su escote, y hacia allí dirigí mis miradas y la conversación.
Le dije que me gustaba mucho lo que adivinaba de sus senos y cómo me gustaría examinarlos más de cerca. En realidad hice una descripción que involucraba varios sentidos. A pesar de llevar media botella de vino no podía creer que estuviera siendo tan explícito. Y parecía gustarle. Después hablamos de las relaciones entre los hombres y las mujeres, de lo que sucede en las citas.
Ella insistía en que yo parecía frío y calculador, calmo y parsimonioso. Impasible. Parecía tener la situación bajo control. Yo insistía en que estaba acojonado. Por lo visto puedo estar cagado sin que lo parezca, lo cual hace que algunas personas se sientan inquietas. Ante tanta insistencia de mi dominio de la situación, me lo terminé por creer y le dije que me llevara a su casa.
—Noooo —dijo—, muy mal. Te diré cómo se hace.
Abrí los ojos y presté mucha atención. Me estaban dando clases sobre cómo ligar. Algunos tipos dirán que ya lo saben todo. Yo andaba buscando un máster y no sabía dónde lo daban, así que aproveché aquella clase de la universidad de la vida y abrí las orejas.
—Lo que tienes que hacer es decir "Ahora te acompaño a un taxi y me voy a casa". Así yo pienso "Qué cabrón, no es posible, me va a dejar tirada". Y luego pienso "No, no va a ser capaz, me está tomando el pelo", y así estoy un rato sufriendo.
Yo no daba crédito a lo que escuchaba. De algún retorcido modo aquel argumento parecía tener cierta lógica, pero yo prefería que pudiéramos acabar echando un polvo sin que nadie tuviera que sufrir. Quizá después de todo India y Pakistan estuvieran deseando follar pero lo que pasaba es que les iba la marcha. Me pregunté si era cosa de las mujeres o si era algo que hacíamos todos de algún modo u otro. No; a mí me gustaban las líneas rectas y la lógica aristotélica. Y sus tetas.
Terminamos de cenar y propuso ir a tomar unas copas. De acuerdo a su lógica absurda, todo iba según lo programado: ella quería acostarse conmigo pero quería saber que en cualquier momento se podía torcer la cosa. Yo, por mi parte, me preguntaba cuándo sería el minuto más apropiado para darle un beso. Bebimos un par de cócteles y esperé, como suelo hacer, a que se me empezara a trabar la lengua. Por aquellos entonces a ella ya le costaba tenerse de pie, y cuando se quedó apoyada en la barra mirando el techo a través de mi cara, supe que era el momento perfecto para que aquellas dos extrañas criaturas borrachas se fundieran en un beso.
Soy de naturaleza desconfiada, y si hay algo en lo que no confíe es en mis propias posibilidades. El taxi discurría por las calles de Barcelona y en mi cabeza se agolpaban todas las posibles maneras en que aquello podía torcerse, incluyendo un ataque terrorista o una abducción extraterrestre.
Abrió la puerta de su apartamento y dijo "Esto está un poco desastre". Yo ya tenía una hermana, y lo que se ocultara tras las puertas no me iba a asustar, y mucho menos me iba a impedir follar con ella. Podría haberlo hecho incluso con una rata mordiéndome los huevos. Saltamos sobre el sofá y nos fuimos quitando la ropa muy despacio. Estuve mirando por la ventana temiendo la aparición de un ovni hasta que le quité las bragas. Una vez llegado el momento, ni siquiera E.T. golpeando el cristal con su dedo luminoso me habría impedido saltarle encima. Tumbada ella sobre su espalda, abrí sus piernas y junté mis manos mirando al techo.
—Gracias —dije.
El resto ya estaba escrito [1].
Versión de Superindecisa
Hay que follarse a los feos para follarse luego bien a los guapos. Este es el mantra que me repetía mi mejor amigo, Luis, para que dejase de una vez por todas el listón y los prejuicios en casa, y saliese a disfrutar del cuerpo que Dios me ha dado en vez de buscar el tío perfecto. Era octubre de 2008, y estaba profundamente deprimida. No podía dormir por las noches pensando en el novio ideal que había tirado de casa 1 año atrás y que ahora tenía novia. Cómo somos, cuando lo tienes a tus pies, no lo quieres, cuando se marchan, entonces estaba claro que era el hombre de tu vida. Mientras, estaba harta de suplir mis necesidades sexuales a la desesperada, en un rápido encuentro nocturno con cualquiera y a base de anestesiarme con gintonics para no sentir nada serio. Así que decidí parar y pasar 6 meses sin. Sin sexo, obviamente. Para pensar en qué estaba haciendo mal y porqué no conocía a nadie que quisiera ver al día siguiente.
Un día cualquiera, a las 3 de la mañana, decidí que por fin había dado con el nombre perfecto para empezar un blog. El sentido de la vida escribí en google. Vaya, ya está cogido. Abrí por curiosidad el enlace y empecé a leer una historia sobre alguien que estaba harto de seguir una vida que no le satisfacía y que la estaba cambiando. Justo lo que yo había hecho un año atrás. Dejé mi estresada vida de productora cinematográfica para dedicarme a la relajada y maravillosa vida de periodista cultural. Por aquellos entonces, colaboraba en una revista en la cual el trato era que cobraba en especies y yo entrevistaba a quién me daba la gana una vez a la semana. En su mayoría escritores. Porque me gusta la literatura y por el placer de pasar 2 horas con alguien a quién leo, solos.
Esa noche y las siguientes de esa semana, me las pasé leyendo el sentido de la vida. Me reí mucho. Las penurias de ese chico que se había ido a vivir a Alemania y que parecía no comerse un rosco me acompañaron varias noches en vela. Claro, pensé, voy a entrevistar también a alguien que tenga un blog-diario que siga mucha gente y se sienta solo. Seguro que tendrá tirón. Mañana ya pensaré como lo cuelo en la revista. Pasé un mes investigando los blogs más seguidos del panorma español. Por las mañanas, me dormía de pie en el trabajo.
Estuve sopesando entrevistar a un argentino que vive en Barcelona y que no recuerdo su blog pero tiene varios libros, entre ellos uno dedicado a una madre de familia, a fuckowsky, que a mi parecer escribe cómo los ángeles, y al chico del sentido de la vida, que aunque en un principio me pareció más amateur, mi instinto me decía que en este último encontraría algo diferente. Además, vivía en Valencia, y así tenía la excusa perfecta para salir de la ciudad y visitar a unos amigos.
Tras varios mails resultó que el que venía era él a Barcelona. Pensé que seguro que se imaginaba que lo iba a entrevistar una periodista tremenda y que le pasarían grandes aventuras. La verdad es que no iba desencaminado.
Por esos entonces ya era enero, llevaba 4 meses sin y yo también imaginaba saltándome todo el protocolo profesional en pos de una noche loca con un freak sensible de internet.
Hay una seducción implícita en tratar que alguien te cuente algo personal con una grabadora o cámara mediante. Tú das mucho de tu parte y tratas de empatizar al máximo con tu invitado para que se relaje, entenderlo y sacar una buena historia. En 15 minutos pueden saltar chispas. En 2 horas te tirarías encima. Es como un efecto groupie. Sólo que dura menos, porque al siguiente entrevistado, se te pasa la adoración por el anterior.
El día de antes, viernes 23 de enero, fue de esos días en los que sales a poner gasolina y la vida te lleva hasta los brazos de un guapo y carismático guionista-cantante que hace que te preguntes porqué has estado 4 meses sin. Seis horas más tarde, yo y mi resaca esperábamos al autor del blog en el hall de un hotel del centro. Un sitio tranquilo y elegante donde poder conversar con alguien.
Me gusta tanto lo que hago que siempre estoy como nerviosa, como que alguien se va a dar cuenta de que me he colado en un sitio solo para unos pocos elegidos. También pensaba claro, en cómo sería mi entrevistado.
Resultó ser un chico normal. Vestido como si volviese de una excursión en la montaña. Yo esperaba un gracioso y cual fue mi sorpresa cuando durante dos horas estuve escuchando teorías existenciales, reflexivas y teóricas sobre la vida. ¿¿Y los chistes?? Me preguntaba.
En la tercera hora ya me había quedado claro que no tenía novia, que le gustaba, y yo, pues bueno, me pareció que todo y que no se ajustaba a mis baremos de expectativas irreales sobre hombres, era el día para experimentar cosas nuevas. Fuimos a cenar. Yo todavía esperaba algún chiste, pero nada, sólo hablaba de doctrinas extrañas new age y de mis tetas. Describió claramente que le gustaría tocarme y no sé qué más. Así pim, pam. Con sólo media botella de vino mediante. Acostumbrada a los catalanes gafa-pasta-modernos, que no se ponen calientes ni que te bajes las bragas delante suyo, que sólo parecen reaccionar si mencionas una rareza musical northern soul de los 50’, su declaración de intenciones me pareció de baboso tirando a halagador y hasta gracioso. No daba crédito que alguien pudiese pensar que así ligaría. Debían ser cosas de provincias.
Decidí ir a tomar algo a mi cockteleria de referencia, el Negroni, por tres motivos: para acabar de pensar si me llevaba a un tipo tan fácil a casa, porque soy medio alcohólica y por si me encontraba alguno de mis secuaces y giraba el rumbo de la noche.
Dos Tom Collins más tarde estábamos en mi piso. Y ahí la vida me dio el regalo del 2009. Ese chico que un principio me pareció normal y algo torpe me hizo el amor como no me lo han hecho en mi vida, o por lo menos, como no recordaba: despacio, sentido, profundo. Durante horas.
Ahí lo entendí todo.
Que mal entendido tenía el sexo hasta entonces. Que poco importa de dónde vengas y qué lleves puesto. Qué mal miramos. Cuantos filtros de mierda nos hemos puesto en los ojos.
Miré de nuevo por la mañana. Milagro. Seguía en mi cama y no tenía ganas de que se marchara. Ahora sí quería verlo bien. ¿Quién eres tú? ¿De dónde has salido? ¿qué te preocupa? me preguntaba… Joder, qué lección. Yendo por la vida como si estuviese de vuelta de todo y de repente te encuentras a alguien que hace que conectes con lo más profundo de ti. Con tu intimidad. Con la comunciación entre un hombre y una mujer. Así, por la cara. Que pardilla soy, me repetí. Con 31 años y resulta que eras virgen.
Desde entonces me he prometido no tener prisa. Y escucharme. Y tomarme todo el tiempo del mundo para dar. Y sobretodo, mandar el listón a la mierda.
Links:
[1] http://www.elsentidodelavida.net/luchar-contra-uno-mismo