El primer verano que pasé en los USA fue electrizantemente intenso. Tenía 21 años y cruzaba el charco por primera vez. Llegué a Nueva York sin oficio ni beneficio y luego tomé un avión hacia Carolina del Sur para terminar alojándome en un motel al borde la playa con tres mujeres. Me doy cuenta de que cuando el lector lea esto quizá me imagine en blanco y negro aporreando una vieja máquina de escribir mientras trasiego un vaso de whisky y vacío un paquete de tabaco negro. Ni mucho menos.
Es cierto que, a veces, cuando uno cuenta estas cosas, la historia adquiere una textura de novela. La verdad es que en su momento no pareció gran cosa. Igual que vivir con tres mujeres no tiene por qué ser precisamente el paraíso [1], a menudo embarcarse en una aventura no tiene a priori nada de emocionante, quizá porque es sólo al recordarlo después que te das cuenta de que se trataba de una aventura. O quizá sea sea sólo cosa mía, que a base de verlas venir una detrás de otra me he terminado entumeciendo. Qué se yo.
El caso es que aquellas tres chicas terminaron, a las pocas semanas, por largarse a 3.000 kilómetros huyendo de su pasado. Las tres eran como una única persona; parecían operar como un sólo ser y tenían por tanto mucho en común: su pasado comprendía apenas un mes y además tenía pelos en los huevos. Ninguna de las tres estaba satisfecha con su trabajo ni con las relaciones personales que habían desarrollado, y las tres compartían una extraña mezcla de amor-odio hacia mi persona cuyo origen jamás pude determinar. Nunca había visto mujeres tan compenetradas. Yo creo que no sólo debían de menstruar a la vez, sino que además lo hacían sobre la misma compresa.
Aquella mañana hacía un sol de justicia, como todos los días de verano en Myrtle Beach [2]. Yo me acababa de levantar en un sábado glorioso y las despedía con la mano desde las escaleras en bañador y chanclas. El taxi salió del motel y entré en la cocina y me puse unos cereales con leche para celebrarlo. El karma estaba tratando de decirme algo.
Por cien pavos compré una guitarra acústica en la tienda de empeños y así pasaba los días: por la mañana subía niños al tiovivo y por la tarde tocaba la guitarra en la terraza del motel y me preguntaba si de verdad era posible que fuera a volver a España sin echar un polvo. De vez en cuando uno de mis compañeros de habitación se sentaba a oírme tocar y así fue como entablamos amistad.
Debía de tener cuatro o cinco años más que yo. Venía del norte de España, era alto y delgado y llevaba el coco pelado, imagino que para disimular una alopecia incipiente. El tío era lo suficientemente descerebrado como para rellenar un tubo de pasta de dientes de hachís y hacerlo pasar por dos aeropuertos gringos. Me doy cuenta de que nunca he sido muy exigente con mis amigos. Siempre he sido de los que piensan que todo el mundo es bueno, y aunque supongo que es una idea poco común y que me ha traído desgracias en esta vida, también me ha reportado grandes satisfacciones.
Este chico, al que llamaré Popeye porque con el tiempo mi cabeza ha suprimido su nombre en un ejercicio de elegancia, me propuso montar un viaje al acabar el verano. Sin nada mejor en el horizonte, le dije que me parecía bien. Las tardes pasaban y bebíamos cerveza mientras tocaba la guitarra y veíamos el sol caer por encima de los barracones frente a la habitación. Si alguna vez tuvo planes concretos para aquel viaje, nunca los compartió conmigo.
Un día, Luis [3], al final de una de mis largas jornadas subiendo chiquillos al tiovivo, me llamó a un rincón. Me explicó que tenía en mente comprar una furgoneta desvencijada por 300 dólares. Sacó un mapa y me enseñó una ruta de 8.000 kilómetros que recorría toda la costa este del país. En los mapas las distancias parecen mucho más pequeñas de lo que en realidad son, pero ni siquiera así visualizaba aquella furgoneta cruzando un estado tras otro. En cualquier caso aquello era un plan tangible, tenía fechas y lugares, y desde luego Luis no era el tipo de persona que pide a gritos una exploración rectal en cada aeropuerto. Era un tipo con la cabeza sobre los hombros e iniciativa propia. Le dije que contara conmigo. Supongo que esperaba que se me pegara algo.
Cuando volví por la noche al motel le expliqué a Popeye que un amigo había organizado un viaje y que me iba a unir a su expedición, así que los planes entre él y yo acababan en aquel mismo instante. "Ah, vale" dijo, y yo le deseé lo mejor para cuando terminara Agosto y le pedí al cielo que no le dejara pisar más aeropuertos de los estrictamente necesarios.
En aquel momento pensé que Popeye se lo había tomado deportivamente, y hoy seguiría pensando lo mismo si no hubiera sido por lo que sucedió una semana más tarde.
El verano se estaba acabando y tanto Luis como yo hacíamos horas extra para ahorrar unos chelines que nos permitieran cubrir el viaje. En concreto hacíamos 7 horas extra cada día hasta sumar interminables jornadas de 14 horas. Luis leía un libro al sol del muelle dos en compañía de una rubia mientras yo pulsaba el botón de marcha del tiovivo y me preguntaba cuántas veces más podría escuchar la canción central de La Bella y la Bestia antes de intentar asfixiarme tragándome mi propia lengua. Debió de ser entonces cuando prosperó mi ya de por sí enorme capacidad de abstracción.
Era ya de noche cuando rechacé el soborno de un padre para darle otra vuelta a su hijo, tomé la caja de tickets, la dejé en la oficina central y me largué al motel. Estaba hasta los cojones de la Disney, de los padres, de las focas, de los los niños y de los tigres, y sólo algunas madres jóvenes y turgentes podían decir que mi día había tenido una nota de color. Cuando subí las escaleras, Popeye estaba en la terraza con un italiano al que yo ya conocía de vista. Estaban fumando un porro. Les dije que había tenido un día de perros y, mientras tarareaba los primeros compases de La Sirenita, les pregunté si podía darle un tiento al canuto.
El italiano miró a Popeye.
—¿Qué hago? ¿Le doy? —dijo.
—Dale, dale... —contestó Popeye.
Le di un par de caladas al cacharro y vi que aquello tiraba bien, así que después le di otra buena y lo pasé. Seguimos charlando y un rato después se completó el círculo, así que di un par de buenas caladas más. Aquello no sabía a nada, y en su momento pensé que a Popeye se le había quedado rancio el chocolate de haberlo tenido tanto tiempo en el tubo de pasta de dientes.
Si mi experiencia con las drogas a día de hoy es exigua, entonces era ínfima, así que no fue hasta el día siguiente que supe que aquello no era hachís sino heroína.
En aquellos momentos, eufórico y ajeno a mi suerte, saqué la guitarra y me puse a tocar como los ángeles. Al cabo de un rato se largó el italiano y a mí me importó un pimiento. Nos quedamos Popeye y yo berreando como si nos fuera la vida en ello. "Uuh eeh uuh, I look just like Buddy Holly" gritábamos a pleno pulmón.
De repente me entró la risa. No era una risa de borrachera, tampoco de fumada corriente. Ni siquiera había nada de lo que reírse. Era una especie de reflejo que hacía que no pudieras parar de partirte en dos hasta el punto de empezar a encontrarlo desagradable.
Entré dando tumbos en la habitación y dejé la guitarra contra una esquina. No podía parar. Estaba congestionado, me dolían los músculos de la cara y me faltaba el aire entre carcajada e interminable carcajada. Me reía hasta que no podía respirar y me empezaba a amoratar, y entonces la idea de morir allí mismo hacía que aflojara la risa durante el tiempo justo de llenar los pulmones antes de empezar a descojonarme de nuevo.
Seguí riéndome durante medio minuto más y después caí en la cama y me quedé mirando el techo. Cuando me di cuenta de que me encontraba completamente paralizado, entonces dejé de reírme.
Estaba mirando el techo con los brazos extendidos a ambos lados del cuerpo y era incapaz de mover un músculo. Popeye se me acercó y me dijo "Cómo te has puesto, ¿eh?". Diría que luego añadió algo así como "Te jodes", pero lo cierto es que once años después no lo recuerdo claramente. Después dio un par de vueltas por la habitación. Supongo que él también iba fino, pero al menos podía caminar sobre sus pies.
Yo seguía tumbado en la cama intentando asimilar lo que me estaba sucediendo. Después de todo era la primera vez que experimentaba la parálisis, y aquello no dejaba de resultar inquietante. Entonces empecé a sentir espasmos. Algunos músculos de mis extremidades se contraían aleatoriamente, y luego partes de mi cara se unieron al baile. Podía notar cómo mis mejillas adquirían rictus momentáneos que desfiguraban mi cara. Pensé que no se podía estar más jodido, pero no tardé en darme cuenta de que estaba empezando a bajar otro escalón. O me había caído y estaba rodando escaleras abajo. O caía a plomo. Ya no sabía qué estaba sucediendo.
Paranoia.
Popeye entró en la cocina, removió algo, volvió, cogió unas zapatillas y se sentó junto a mí para atárselas. Volteando los ojos con mucho esfuerzo le podía ver a apenas un par de palmos, la espalda arqueada y la cabeza gacha. Yo estaba completamente convencido de que había cogido un tenedor del cajón de la cocina y, en el siguiente instante, se iba a dar la vuelta para clavármelo en la cara repetidamente con la peor de las sañas.
Imagínese el lector el pastel. Se encuentra usted tirado en la cama de un motel con el demonio mismo, a unos diez mil kilómetros de casa, y está paralizado desde las plantas de los pies hacia arriba. No puede ni sorberse los mocos. Lucifer en persona acaba de coger un tenedor y usted tiene la indudable certeza de que, en un instante, se va a dar la vuelta para destrozarle la cara con el mismo. No hay absolutamente nada que pueda usted hacer. Se encuentra completamente inerme, totalmente paralizado. Sólo puede abrazar el momento y, curiosamente, es lo que hace. Y de repente el tiempo se congela y ese momento siempre es el mismo, el instante en el que el demonio se gira y le clava el tenedor en la mejilla, o en el ojo, o quizá en la boca. O más bien primero en la mejilla, luego en el ojo y luego en la boca, con todas sus fuerzas; apenas el inicio de varias docenas de impactos que van a terminar con su vida. Y se crea una especie de círculo temporal en el que ese instante parece ser lo único que se va a repetir de aquí a la eternidad, momento que, por otra parte, parece estar al alcance de la mano. Hágase cargo el lector de que agonía es la primera palabra que me acude a la mente.
Si hubiera de elegir un minuto angustioso de mi vida, sin duda ese instante atemporal estaría en el top ten.
Finalemente, Popeye, después de encontrarse al borde de desfigurarme repetidamente con un tenedor durante lo que parecieron siglos, se incorporó y salió por la puerta apagando la luz. Yo seguí sin poder moverme y sin comprender demasiado bien lo que estaba pasando. En la calle, un grupo de chavales daban patadas a un balón, y fue precisamente con ellos como continuó la paranoia.
Gritando como si estuvieran locos, les podía oír claramente subir las escaleras, y ahora el instante interminable era en el que llegaban a la puerta y la aporreaban como una jauría de perros rabiosos. Era obvio que la puerta no los contendría mucho tiempo, y podía oír sus goznes cediendo y verlos a ellos saltando sobre mí descargando la furia de un ejército. Ese instante atemporal también estaría, sin duda, en el top ten.
No recuerdo cuánto tiempo estuvieron embistiendo la puerta con alaridos surgidos del peor de los avernos imaginables. Horas, días quizá. En algún momento, de manera súbita, todo aquello cesó y me encontré en la penumbra en mitad de un silencio sepulcral. Seguía sin poder mover ni un dedo, y lo sé porque lo intenté. Fue en aquellos momentos cuando se me ocurrió.
Se me ocurrió que iba a morir allí, en aquella habitación.
Hubo alguna sensación corporal que disparó aquella idea, pero no recuerdo exactamente cuál fue. No sé si se trataba de una taquicardia, de una opresión en el pecho o de la sensación de que mis miembros fueran a explotar. Quizá fuera todo aquello a la vez. El caso es que, tumbado sobre mi espalda en aquella habitación de motel, tuve la certeza de que iba a morir. No un día anónimo de un año perdido en algún lugar del futuro. No; iba a morir en el plazo de minutos.
Supongo que en una situación como aquella hubiera sido legítimo sentir odio, tener al menos un atisbo de rencor, un sentimiento amargo. Supongo que uno siempre espera morir en su casa, rodeado de sus seres queridos, después de una vida larga y plena. Desde luego expirar en la habitación de un motel chungo en el otro lado del mundo a manos de un tipo al que creías tu amigo no es la idea más estimulante que te puede acudir a la mente si te preguntasen lo que te gustaría para tus últimos minutos. Sin duda no estaría en mi top ten.
No puedo decir que me sintiera feliz, pero de alguna manera me sentí en paz. Después experimenté resignación. Me sentí como si alguien me hubiera dicho "Chaval, esto es lo que toca ahora", y yo hubiera contestado "Menudo marrón... Venga, vamos allá". Me sorprende ahora volver la vista atrás y darme cuenta de lo estoico de mi actitud en el que se suponía que era el último paso de mi vida. Me sentí como quien va a al dentista sabiendo que le espera una hora de torno pero que sabe que es lo que tiene que hacer en ese momento. Supongo que inevitabilidad es la palabra.
Un amigo me contó una vez una historia de una excursión de montaña. Un grupo de chavales bajaban un barranco saltando de poza en poza. En uno de aquellos remansos de agua, uno de los chicos se vio atrapado por un remolino traicionero. No recuerdo si nadie se atrevía a acercarse o si simplemente aquello sucedió lejos de los otros. El chico nadaba y nadaba desesperadamente, pero la corriente era demasiado poderosa como para que pudiera zafarse de la que parecía su negra suerte. Después de unos largos minutos de agónica lucha, el muchacho, agotadas sus fuerzas, no pudo sino dejarse arrastrar hacia el fondo de la poza en una muerte segura.
Yo estaba tumbado sobre la cama y me sentía extenuado, al límite de mis posibilidades. Había nadado durante horas interminables y las fuerzas habían terminado por abandonarme. Cuando finalmente cerré los ojos, tuve la certeza de que nunca los volvería a abrir.
En la historia de mi amigo, el chico fue absorbido por el remolino para ser arrastrado a través de un túnel subterráneo y emerger de nuevo en otro lugar para volver a ver la luz del sol.
En mi historia, yo me di cuenta de que me estaba meando. No sabía cuánto tiempo había transcurrido. Abrí los ojos. Si me estaba meando significaba que seguía vivo. Me pregunté si podía moverme. Si no podía moverme, entonces prefería estar muerto. Se me ocurrió que prefería morirme en aquel mismo instante antes que dejar que encontraran mi cadaver cagado y meado. Estiré un brazo y comprobé que había recuperado la movilidad. Hay pequeñas cosas que uno no echa de menos hasta que ya no están: una sonrisa, un pariente, un amigo, la movilidad corporal...
Me puse de pie sobre mis dos piernas y caminé titubeante hasta el cuarto de baño. Me miré en el espejo: mis pupilas eran más grandes que el iris. Me planté frente al váter y, durante los quince minutos que debí de estar orinando, la taza amenazó con reducir su tamaño hasta adquirir las dimensiones de un donut. No me importó. Mientras el lavabo no amenazara con saltarme encima y clavarme un tenedor en la cara, el váter podía hacer lo que quisiera con sus proporciones. Después de todo quién era yo para decirle a nadie lo que tenía que medir. Cuando hube terminado, me dejé caer en la cama y perdí el conocimiento inmediatamente.
A las siete y media de la mañana, como cada día, sonó el despertador. Todavía hoy me pregunto por qué lo hice, pero me levanté, me puse los pantalones caquis y salí por la puerta. Si hubiera de elegir una mañana angustiosa de mi vida, sin duda ésa estaría en el top ten. Después de todo, no todas las noches el tiempo se detiene para que alguien te desfigure la cara con un tenedor de manera indefinida mientras yaces inmóvil sobre la cama.
No recuerdo mucho más de ese día después. Trabajé catorce horas seguidas. Me dolía el estómago como nunca lo había hecho antes. Si comí algo, probablemente fue un perrito caliente en los quince minutos que duraba la pausa del mediodía. Fue un día como cualquier otro. Luis volvió a pasarse la jornada mirando a la rubia. A un turista se le cayeron las gafas al lago cenagoso al hacer vete a saber qué. Los irlandeses ficharon y se fueron al cine a ver una película de un perro que jugaba al baloncesto. Pulsé el botón de marcha del carrusel en 74 ocasiones. Escuché el cd de los grandes éxitos Disney 19 veces. 512 niños subieron al tiovivo; 15 de ellos lo hiceron sobre la foca o el tigre, los cuales no subían y bajaban, y de éstos 13 cogieron un berrinche tremendo al darse cuenta de lo injusto que el mundo había sido con ellos. Pulsé el botón por última vez a las 22:17 de la noche.
Si hubiera de elegir un día angustioso en mi vida, sin duda ese estaría en el top ten.
Sentado junto a Luis en nuestra "nueva" y flamante furgoneta de vuelta al motel, hice planes para la siguiente media hora. Cuando llegué a casa allí no había nadie. En menos de un minuto tenía la maleta hecha y salía por la puerta. Lo único que me dejé fue un bañador que se secaba en el baño. Tiré los bártulos en la parte de atrás de la furgoneta y nos largamos de allí. Nunca más volví a ver a Popeye, y desde entonces no como espinacas.
Desde ahí fue todo rodado. Dos días después estaba follando con una francesa, y una semana más tarde partíamos por fin en un excitante viaje que formará para siempre parte de nuestras vidas. Supongo que la lección que aprendí fue que las cosas son más fáciles cuando te rodeas de las personas que realmente valen.
Después de todo este tiempo el mundo sigue dando vueltas y sigo encontrando gente. Y quizá sea un romántico, un inocente o ambas cosas, pero sigo creyendo que todo el mundo es bueno. Sigo pensando que no hay gente mala, sino sólo gente que no lo puede hacer mejor. Quizá esté equivocado, pero sé que, el día que respire por última vez, estaré en paz.
Sé de qué hablo.
Links:
[1] http://www.elsentidodelavida.net/viviendo-en-el-paraiso
[2] http://maps.google.es/maps?q=myrtle beach&oe=utf-8&rls=org.mozilla:es-ES:official&client=firefox-a&um=1&ie=UTF-8&split=0&sa=X&oi=geocode_result&resnum=1&ct=title
[3] http://www.elsentidodelavida.net/la-estructura-de-la-magia