Caminábamos el Juli y yo por las empedradas calles del centro de Regensperry. Había llovido y hacía un frío del carajo. Envueltos en las bufandas y en la oscuridad de la noche recién estrenada, hablábamos de lo de siempre: de mujeres y de sexo. La conversación llegó a uno de esos puntos en el que ambos callamos. De repente, su cara se iluminó. Sacudió la cabeza lentamente y pronunció una de esas frases suyas que me provocan largas horas de reflexión. Sus palabras estaban cargadas de profunda y honesta admiración. Había un brillo especial en sus ojos.
—El chochito —dijo lentamente—, menudo invento.
Menudo invento, repetí mentalmente para mí. Me pregunté si Sócrates y Platón también hablaban de esas cosas.
Muchos hombres hablan de mujeres y sexo, y cuando lo hacen uno puede notar en sus bocas un punto de suciedad. Mascan las palabras y uno percibe un tono de odio, un quiero y no puedo, un deje de frustración en sus voces.
Todos queremos follar más y el mundo "nos lo niega". Para muchos, las mujeres se convierten desde la adolescencia en seres a los que han sido anexionados partes de nuestro propio cuerpo. Ellas tienen tetas y chochitos, y sin embargo nosotros los sentimos como nuestros. Simplemente han sido puestos en el lugar equivocado. En el alma de muchos hombres se acomoda lentamente la frustración, la frustración se convierte en odio y al final la mujer se transforma en un despreciable bicho inapetente, en el guardián de las puertas de un cielo que en algún lugar está escrito que nos pertenece por derecho propio. Incomprensión, frustración y odio, en ese orden.
En el Juli y en mí, y en el corazón de muchos otros, esta cadena se interrumpe en la incomprensión para continuar con la admiración, la contemplación solemne y la adoración más sincera.
El Juli continuó:
—Menudo invento. Al que se le ocurriera debieron haberle dado un premio Nobel.
Y luego dicen que no se puede mezclar el tocino con la velocidad ni los coños con la metafísica. Si fuera cierto que existen la reencarnación y el karma, en mi próxima vida sería fotógrafo de Playboy.
Supongo que no me puedo quejar. He follado más que la mayoría de mis amigos, y aunque apenas me como un rosco de vez en cuando, sospecho que sigo follando más que ellos ahora que se han casado. Ojalá me equivoque. Sin embargo, en el fondo de mí resuena la desagradable sensación de que no es bastante.
Hace un tiempo estuve con el Juli en el pueblo del Chano. Después de un día de inevitable descojone, decidimos acercarnos por la noche a un pueblo adyacente en el que se celebraban las fiestas patronales. Ya se sabe: concierto de orquesta, mucho alcohol, mucho cabestro y mucha mujer emparentada con mucho cabestro. Si quitas la orquesta, el alcohol y los cabestros, quedan las mujeres. El funcionamiento de las mentes simples es muy interesante. Allá fuimos.
Nada más llegar nos acercamos a la barra. Entre otras mozas de buen ver, había una que operaba entre las botellas con soltura y con un par de enormes tetas. Se conoce que la chica era consciente de sus atributos porque éstos estaban convenientemente subrayados por un tremendo escote ante el que nadie podía apartar la vista. El Chano y yo entramos y salimos rápidamente de la zona de extracción de cubatas y nos retiramos a un rincón a ensalzar las virtudes de aquellas cotufas de catálogo. Unos minutos más tarde se reunió el Juli con nosotros y después se acercó a la barra a pedir.
De entre todas las chavalas que allí había sirviendo, fue directamente a ella. La conversación fue como sigue, y en ningún momento le tembló el pulso o se le quebró la voz.
—¿A qué hora sales de la barra?
—¿Te lo tengo que decir?
—Juas, claro.
—En diez minutos.
—Bien. No te alejes mucho que te iré a buscar.
Aquello no era Casino Royale ni le sirvieron un Martini agitado, pero en esos momentos el Juli era lo más parecido a Bond que había en nuestras vidas.
Cuando volvió a reunirse con nosotros no pudimos sino admirar su maestría y su frialdad para entrar al trapo.
Decía Shakespeare: "Ve con aquellos que alimenten tus posibilidades de ser grande, mantente lejos de quienes quieren empequeñecer tus ambiciones".
Aunque desde luego no era nuestra intención, en apenas cinco minutos empequeñecimos su valentía y alimentamos inconmensurablemente el valor de aquellas tetas, y cuando hubimos acabado con ellas, ni siquiera el Rey de Francia hubiera estado a la altura de aquella soberana moza. El resultado fue que el Juli, tras aquella breve conversación, se encontraba hecho un manojo de nervios, apenas un despojo humano comparado con el Bond que se había marcado el farol sobre la mesa de póker hacía unos momentos mientras levantaba una ceja. Entre tanto, la chica y sus tetas salían de detrás de la barra y se perdían en una multitud cada vez más borracha.
Le di un trago al cubata y se me apareció Yoda. Me dijo "Usa la Fuerza". "¿Qué fuerza?", contesté. "La del alcohol, idiota", dijo rodando los ojos. Le di las gracias y salí tras ella sin pensarlo dos veces.
No me costó iniciar una conversación con un tema tan banal que ya ni siquiera recuerdo. La chica era guapa, y tenía dos tetas de espanto, así que yo decía una frase tras otra intentando parecer simpático. Entonces me di cuenta.
Me di cuenta de que me estaban temblando las piernas. Literalmente. Como en los dibujos animados cuando el lobo dice que soplará y soplará y los cerditos se cagan en las bragas. Mis rodillas chocaban entre sí. Al menos no me casteñeteaban los dientes, pero cuando pronuncié la siguiente frase me di cuenta de que me temblaba la voz. El mundo se me cayó encima.
¿Qué diantres me estaba pasando?
Estaba intentando mantener una conversación con un trozo de carne con tetas y me sentía peor que en un examen de máquinas hidráulicas, como si estuviera inaugurando el infierno. En aquel momento supe que, como hombre digno de serlo, había algo realmente jodido en mí. Algo se había descuajeringado en algún momento y en algún lugar.
Cuando estudiaba Industriales la mayor parte de las asignaturas me repugnaban, lo que hacía que la carrera en sí me resultara vomitiva. Sin embargo, este era un sentimiento ampliamente compartido por la mayoría de las personas que pasaban el día encerradas entre aquellas paredes, así que llegó un punto en el que pensé que se trataba de una sensación con la que simplemente había que lidiar. De la misma manera, la mayor parte de los tíos no son capaces de entrar a una mujer a menos que vayan borrachos perdidos, así que en algún punto pensé que debía de tratarse de algo normal, algo con lo que también había que lidiar. Me resulta evidente lo mal que lo he hecho hasta ahora.
Me di cuenta de que mi vida sexual hasta el momento había venido regada por alcohol para alimentar la caldera del valor, regida por la idea de que la suerte era la que repartía las cartas y por la creencia de que la mujer es un ser mitológico ante cuyo altar uno debe arrodillarse entregando la dignidad en una bolsa de Mercadona. Cuando lo miré desde esa perspectiva, quedé horrorizado.
Por aquellos entonces yo estaba en una relación. Era, como todas las cosas en mi vida, perfecta si se veía desde fuera. Yo era un ingeniero joven currando en el extranjero para una empresa multinacional y ganando mucha pasta cada mes. Ella era una chica guapa e inteligente que corría a la par. Para todo el mundo éramos la pareja ideal. Sin embargo yo me sentía vacío y no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Me di cuenta de que estaba pagando muchas cuentas que no eran mías. Era una desagradable sensación que se estaba replicando en muchas áreas de mi vida y que estaba precipitando el colapso. Hubo muchas razones por las que terminé con aquella relación, pero desde luego una de ellas fue mi revelación sobre mi comportamiento con las mujeres.
Nunca había follado en una cabina de teléfonos, nunca me la habían chupado en un portal. Las mujeres me elegían a mí y no yo a ellas, y me movía por la vida deseando que todas fueran felices sin pensar en mí en absoluto. Sin regarme previamente en alcohol, era incapaz de entrar en un sitio, ver a una chica guapa y acercarme a proponerle que nos perdiéramos entre las sábanas disfrutando de nuestros cuerpos hasta la extenuación. Me di cuenta de que lo estaba haciendo todo mal, y de que no era ni de lejos el hombre que me hubiera gustado ser, el Übermensch firme y resuelto del que Nietzsche hablaba a dos carrillos.
Pude en aquel momento haber decidido enterrar mis frustraciones y continuar en aquella relación quizá para siempre, después de todo era muy cómodo, pero tuve la total certeza de que esta angustia no disminuiría sino que iría en aumento para terminar envenenado lentamente la relación que se estaba forjando, y supe sin duda que no haría un favor a nadie si me embarcaba en aquella aventura sin estar completo. No fue en absoluto fácil, pero hice lo que tenía que hacer.
El hombre mediocre del que hablaba José Ingenieros en su ensayo de 1.911, la masa de la que he formado parte hasta hace muy poco, es conformista e ignorante, y casi como consecuencia inmediata, envidiosa y exigente con su entorno. Todos sabemos cuál es la mejor alineación para la selección nacional, pero nadie quiere la responsabilidad de sentarse en el banquillo. Cada uno de las decenas de miles de espectadores que atestan las gradas saben lo que hay que jugar en cada momento. Sin embargo, sólo 22 patean el césped.
"Sinclair, el camino de la mayoría es fácil; el nuestro difícil. Caminemos".
Ese camino se extiende ahora inhóspito ante mí, y mis primeros pasos son vacilantes y penosos. Apenas veo el lugar al que quiero llegar. Pero hay que andar, no queda otro remedio. Es lo que hay que hacer.
Y ahora, cuando salgo y me sumerjo en la discoteca con mis nuevos ojos, no puedo dejar de horrorizarme ante lo que veo: hombres borrachos empapados en sudor que apenas se tienen en pie se lanzan a repetir frases que parecen sacadas de caducas películas del Oeste, mujeres guapas llenas de la mierda más deleznable que se apresuran a repartir sus frustraciones entre los desgraciados que se les acercan con piernas temblorosas. Los garitos son ahora escenarios en los que se desarrolla un pestilente drama en el que uno no sabe si zambullirse de cabeza o vomitar.
A veces pienso que prefería los otros ojos, los del idiota compungido. En cualquier caso, ya no hay marcha atrás. Hay que caminar. Hay que buscar, comparar, desechar y volver a buscar. Y así una y mil veces. Las que haga falta ¿Cómo encontrar si no a la mujer perfecta?, ¿cómo encontrar si no a aquella que te habrá de comprender y querer hasta en tus pensamientos más atroces?, ¿cómo encontrar si no a la mujer capaz de abrazarte fuertemente y sin condiciones en mitad de la tormenta más despiadada?
Caminar. Es lo que hay que hacer. Y por el camino follar mucho.