Últimamente me he dado cuenta de que hay una frase que se repite cíclicamente entre las cosas que la gente me dice:
"Ya aprenderás".
A veces, incluso, "Tienes mucho que aprender". Esta última frase viene además por norma con suspiro incluido, como sugiriendo un acto de paciencia o de condescendencia ejecutado por aquel que emite las palabras. Hoy me he dado cuenta de que, cuando escucho frases así, en lo más profundo de mi alma se escucha un "Menudo par de cojones tienes", pero se oye tan tenue y tan lejano que no había sido consciente hasta ahora. Así que lo diré bien alto y en ese mismo tono castizo: "Menudo par de cojones tienes".
Ilustraré mi reflexión con un ejemplo basado en hechos reales.
Era una mañana gris de otoño y yo estaba con cierta persona, llamémosla Flanagan en esta historia. Flanagan y yo nos habíamos citado con dos amigos para desayunar, y a esas alturas se hacía obvio que íbamos a llegar tarde. Inquieto, así se lo hice notar. A Flanagan no pareció importarle demasiado y prosiguió con parsimonia sus preparativos matutinos mientras mi incomodidad se acrecentaba. Cuando salimos a la calle, nuestro retraso se aproximaba a la media hora.
Siempre procuro ser puntual. Me molesta mucho cuando alguien se retrasa. Me han hecho esperar muchas veces y me resulta incómodo y aburrido estar en un lugar público mano sobre mano viendo los minutos pasar. Es por ello, porque me ha tocado los cojones cada vez que me lo han hecho, que procuro evitar que otros, especialmente si me importan, pasen por ese trance. Lo considero una muestra de respeto, la puntualidad es un rasgo que me gusta mostrar en mi personalidad y procuro cultivarla.
Cuando nos acercábamos al local en el que habíamos quedado, Flanagan me conminó a acelerar el paso, literalmente a trotar. Yo me negué. La diferencia entre llegar 30 ó 31 minutos tarde no justificaba que tuviera que sudar unos calzoncillos que acababa de estrenar. Flanagan razonó su petición:
—Así, si nos ven llegar, verán que llegamos corriendo, apurados. Si no nos ven llegar, entonces sabrán por nuestras respiraciones agitadas lo mal que nos sabe todo esto. —Y después vino la lápida de la mano de una mirada de condescendencia:— Ya aprenderás.
Me han repetido esas palabras tantas veces que, cuando las oigo, realmente pienso que tengo algo que aprender. Mi interlocutor sugiere con ellas que me chupo el dedo, que me acabo de caer del nido, que no tengo ni puta idea de cómo funciona el mundo y que me queda mucho por aprender para poder moverme con soltura en él. Tales afirmaciones tienden a presuponer que hay una serie de triquiñuelas y mentirijillas que es necesario aprender y practicar para poder vivir con éxito en sociedad.
La mañana en que Flanagan sugirió que trotáramos yo ya conocía esa farsa. Hubo un día antes de aquel en que yo mismo hice esa pantomima, y ya entonces me di cuenta de ello y me sentí miserable y decidí que no lo volvería a hacer. Uno no es de una determinada manera, sino que cada uno elige a cada minuto ser como es, y yo me hago a mí mismo del modo en que creo que soy mejor para mí y, sobre todo, para los demás.
Mientras tanto, Flanagan y otros siguen repicando "Ya aprenderás". Imagino que creen que un día la vida me pondrá en mi lugar, que mi "inocencia" me terminará pasando factura. Y a veces me siento tentado de darles la razón. No es nada fácil hacer cosas que casi nadie hace.
Lo más triste de todo es que, en la historia que relato y sin siquiera darse cuenta, Flanagan me está sugiriendo:
"Mira cómo tomo el pelo a mis amigos. Un día, tú serás ellos".
Nunca he sido religioso, y mi entorno siempre me ha hecho mirar la figura de Jesús con el ceño fruncido, pero cuando dijo lo de "Haz a los demás lo que quieras para ti", creo que simplemente estaba invocando el sentido común más básico.
Ya aprenderás. No me importa aprender, de hecho me encanta. Mi problema es que encuentro poca gente que me pueda enseñar algo que realmente valga la pena.