Hace un par de semanas tuve mi primer discurso en Toastmasters International. El primer discurso es un discurso de presentación. Uno debe explicar durante cinco minutos su vida y milagros de manera que la audiencia se pueda hacer una idea de quién tiene delante.
Podía, como imagino harán muchos, haberme inventado una vida, un personaje. Contar una película.
No lo hice.
Si ser honesto es una tarea descomunal que dura una vida, ser honesto sobre ti mismo durante cinco minutos delante de un grupo de desconocidos no deja de ser un acto casi heroico.
No puedo dejar de estar orgulloso de mí mismo.
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Groucho Marx comenzaba su biografía diciendo “Debo confesar que nací a una edad muy temprana”. Yo no soy Groucho, así que lo haré de otra manera:
Me llamo Javier Malonda y no sé dónde he estado los diez últimos diez años de mi vida.
Pero vayamos por partes.
Nací un 28 de Diciembre de 1975. El 28 de Diciembre es el día de los inocentes, así que cuando mis padres dijeron que por fin había nacido, nadie se lo creyó.
Aprovechando la confusión, mis padres me enviaron al jardín de infancia. Mis recuerdos de aquellos primeros años son como una bruma, como retales de un sueño. Los profesores intentaban hacer que comiera fruta de postre y yo corría desbocado por los pasillos huyendo de ellos. Así fue como llegué al colegio.
La primera parte del colegio fue fácil. Nadie parecía tener nada en contra de que yo fuera yo mismo. La vida consistía en soportar las lecciones y disfrutar de mis amigos en el recreo. Las clases eran fáciles y a menudo entretenidas, así que las cosas discurrían con cierta facilidad. Después llegó la adolescencia. Creo que ahí fue donde se empezó a torcer todo.
Si tuviera que definir la adolescencia diría que es el lugar en el tiempo en el que se cimentan todos los complejos. Dependiendo del día eres demasiado listo o demasiado tonto, demasiado alto o demasiado bajo, demasiado gordo o demasiado flaco. Todo esto se prolonga durante años y, una vez han acabado contigo, te arrojan al mundo real. Nadie te dice nunca que el mundo real es lo mismo, sólo que ahora los niños llevan corbata y las niñas tacones.
Del amplio abanico de posibilidades que me ofrecía la educación superior, elegí la ingeniería industrial porque quería saber cómo funcionaban las cosas y además así podía seguir estando con mis amigos. No fue hasta quince años después de aquel momento que supe que me había equivocado. Para entonces ya había terminado la carrera y llevaba muchos años trabajando en Alemania.
Hace ya más de medio año me desperté una mañana como si hubiera salido de un sueño, como si hubiera salido de una especie de trance muy largo. Todavía estoy intentando explicar qué me ha sucedido. Hace años vi una película, "El hombre que nunca estuvo allí", de los hermanos Cohen. Me pareció una película larga y aburrida. No fue hasta la semana pasada que la comprendí. Esa película hablaba sobre mí, yo era el hombre que nunca estuvo allí. Siempre metido en mi cabeza, recordando el pasado y creando películas sobre el futuro, pensando a cada momento si lo estaba haciendo bien. Mi cuerpo circulaba por aquí y por allá, pero yo siempre estaba en otra parte, ajeno a la vida, desconectado de mis sentidos, de mis emociones y del mundo que me rodeaba. Esperando ese momento en el que todo por fin encajaría y sería perfecto, soñando con el día en el que sería feliz.
Algún día nunca llega.
La historia de mi vida, y quizá la historia de mi generación, es la historia de alguien que en algún momento olvidó vivir, olvidó lo que significa estar vivo. Alguien que olvidó la curiosidad, la inocencia, la ilusión y la emoción de la mera existencia. Es la historia de alguien que está intentando recordar. Es la historia de alguien que olvidó que la vida es un sueño y que, como dijo Marcel Proust,
“Si soñar un poco es peligroso, la solución no es soñar menos; la solución es soñar todo el tiempo”.
Yo soy, ante todo, un soñador.