En el transcurso de ese día en Dublin y, durante los tres o cuatro días que siguieron, tuve insólitas sensaciones corporales. No me refiero a, por ejemplo, un sentido del tacto amplificado o a ser extremadamente consciente de mis emociones y reacciones internas, que también. Estoy hablando de que sentí extrañas energías que se movían dentro de mí. Es algo difícil de describir.
Aquella mañana hubo un momento en el que noté como una electricidad en mi interior, algo que me cruzaba el cuerpo. Yo ya estaba más calmado y no había ningún acontecimiento externo o interno que pudiera suscitar una reacción emotiva o una sensación dentro de mí, pero sin embargo ahí estaba. Tampoco se asemejaba a cualquier otra cosa que hubiera sentido nunca antes. Por algún motivo levanté el brazo izquierdo y lo puse frente a mis ojos. Inmediatamente pude ver que los pelos del brazo se erguían como si una fuerza invisible los hubiera peinado, y unos segundos después volvieron a la posición de reposo con la misma facilidad con la que se habían puesto de pie. Yo no sabía cómo explicar aquello. No había visto nunca nada igual. Mi cuerpo parecía haber cobrado vida propia.
Al día siguiente, ya de vuelta en Alemania, estaba en casa después del trabajo. Cruzaba tranquilamente el comedor cuando de repente noté de nuevo aquellas extrañas energías recorriéndome el cuerpo en todas direcciones. Era como estar sumergido en un campo magnético extremadamente potente que giraba alocadamente sin parar. Olas de algún tipo de fuerza que no podía reconocer, y que desde luego se me antojaban imposibles, daban vueltas dentro de mí. Yo estaba completamente desconcertado y, por qué no decirlo, empezaba a estar acojonado. Aquello duró un par de minutos, y cuando finalmente cedió yo quedé con la sensación de estar cargado de energía como una enorme pila. Me sentía como el conejito de Duracell, sólo que aquello no tenía ni puta gracia.
Me fui a mi habitación y me senté a la mesa. Aparté el teclado del ordenador y busqué algún objeto que tuviera por allí. Lo primero que encontré fue un cable USB doblado sobre sí y atado con el clásico alambre envuelto en plástico negro. Lo puse frente a mí, respiré profundamente y traté de moverlo con la mente. Puede sonar estúpido, pero después de todas aquellas disparatadas vivencias yo aceptaba ya cualquier idea como perfectamente factible. El concepto de absurdo había dejado de tener significado para mí. Sentía una enorme energía en mi cuerpo y pensé que para algo debía servir aquello. En cualquier caso no me iba a quedar con las ganas. Apenas lo intenté durante medio minuto. El cable no se movió.
Otra de las sensaciones que tuve fue como si albergara una bola de electricidad en la barriga. No era una sensación desagradable sino todo lo contrario, algo chisporroteante que me relajaba por dentro. Esa bola crecía lentamente durante minutos y terminaba expandiéndose más allá de los límites físicos de mi cuerpo. Sé que todo esto suena a absoluto disparate, pero lo cuento por si alguien sabe de qué demonios estoy hablando y me lo puede explicar. Yo todavía le sigo dando vueltas.
Aquello empezaba a ser demasiado para mí. Era como un niño en el cuerpo de un tipo de 32 años con pelos en los huevos, pero no acertaba a comportarme como la gente esperaba. Si hubiera de buscar el lado bueno, diría que por lo menos no me cagaba encima.
No tenía ni un minuto de descanso. Tan pronto estaba de nuevo en pleno éxtasis santateresiano como a la hora siguiente alguien hablaba sobre una flor que se le había muerto en el jardín y yo me veía arrasado por sentimientos empáticos infinitos y rompía a llorar en mitad de la cafetería de la empresa. La gente me miraba con estupor. Por otra parte, mis padres habían sido ya informados de mis cabriolas e incoherencias irlandesas y estaban en casa mordiéndose las uñas pensando que a su hijo, después de tantos años de sacrificios por hacer de él un hombre, le habían saltado los plomos.
Con este panorama, quizá porque así debía ser o quizá porque de alguna manera empecé a reprimir todas aquellas desbordantes sensaciones, este estado remitió paulatinamente en los días posteriores y de nuevo quedé yo en el centro; en el centro del huracán de las preguntas y las explicaciones. Entonces empezó un vía crucis en el que, cruz a la espalda, recorría las estaciones tratando de certificar que no me había vuelto loco.
Visité a un psiquiatra y a dos psicólogos. A los tres les conté la película entera, sin omitir ni un detalle. Incluso les relaté la experiencia psicodélica que contaré la semana que viene. Al primero fue al único al que acerté a preguntar qué cojones me había pasado. Me dijo que, si debía inclinarse por algo, diría que se había tratado de un brote psicótico, aunque no era capaz de identificar ningún motivo subyacente. Tanto él como el siguiente psicólogo coincidieron en afirmar que parecía contar con "recursos más que sobrados para manejar mi propia psique", palabras que entonces me resultaron extraordinariamente hermosas. Me doy cuenta de que me han dicho cosas muy raras en esta vida.
Brote psicótico o experiencia mística, me da igual. El nombre no cambia nada. Para mí fue un episodio que me cambió la vida, un deslumbrante fogonazo de consciencia. Fue como si alguien por un momento apartara una ilusión de delante de mis ojos y, tras dejarme abrumado ante lo que había detrás, me dijera "Hala, chaval, esta es la punta del iceberg del milagro de la vida. Si alguna vez estás preparado te enseñaremos más. Ahora límpiate la caca".
Pasé meses limpiándome la caca. Desde entonces todo ha cambiado. Aquel día sentí que no era digno de la oportunidad que el Universo me había concedido. Se me había otorgado la experiencia de una vida en un lugar fantástico, se me había entregado una máquina maravillosa para moverme por él, y yo caminaba dormido la mayor parte del tiempo, inconsciente, como entre las brumas de un pesado sopor, sin saber estar a la altura del formidable regalo, desagradecido. En aquel momento sentí en lo más profundo de mi ser que debía descubrir quién era y a qué había venido, y sentí que, como dijo Maslow, mi objetivo último era llegar a ser quien yo realmente era.
No me considero religioso. Toda mi vida he sentido incluso lástima por aquellos que creían en algo más allá que este mundo material que discurre ante nuestros sentidos. Jamás pensé que me adentraría en senderos místicos, paranormales, extraordinarios, pantanosos; lugares inquietantes. Alguna vez reí dentro de mí al observar a aquellos que creían en fuerzas que la ciencia no es capaz de explicar ni parece que tenga, de momento, interés en hacerlo.
Lo que está claro para mí, a día de hoy, es que lo que la psicología occidental considera un individuo sano y entero no es sino un sujeto psicótico viviendo un lamentable sueño egótico, un delirio de poder del que más le vale despertar pronto. Seguimos estando perdidos, caminando sin rumbo sobre la superficie de un pedazo de roca que orbita alrededor de una estrella menor en el brazo de una galaxia común que flota en una oscura inmensidad que nuestra mente siquiera puede concebir. Cuando nos encontramos por la calle deberíamos abrazarnos y felicitarnos por el milagro de existir, por seguir con vida un día más, y a lo más a que acertamos es a mirarnos con desprecio. Es patético.
No sé qué es el ser humano. No sé de dónde venimos ni adónde vamos. No sé de qué estamos hechos y me temo que no tengo ni idea de cuáles son las habilidades y capacidades del hombre que todavía están por descubrir o desarrollar. Creo que hay fuerzas que desconocemos y que preferimos ignorar porque no las podemos comprender. Pero siguen estando ahí.
Si alguna vez pensé que algo sabía, me arrodillo ahora humildemente y bajo la cabeza: sólo sé que no sé nada.
Pero quiero saber.