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Una grata coincidencia
By GonzoTBA
Creado 22/09/2008 - 10:00

Mi experiencia en la discoteca me había hecho buscar de nuevo el podcast de Pavlina, "La verdadera naturaleza de la realidad". Lo escuchaba todos los días de camino al trabajo. Podía escoger ir en moto o en bicicleta, pero si caminaba y después cogía el autobús tenía la oportunidad de ir escuchando el relato de Pavlina. Esto me permitía darle un repaso al podcast completo cada día. Con cada nueva escucha, nuevos detalles e interpretaciones me llamaban la atención, así que cuando terminaba lo volvía a poner desde el principio.

A veces tenía momentos de especial lucidez, momentos en los que vislumbraba tenues pinceladas de aquel estado que había había vivido poco antes. Si iba en el autobús, el tipo del traje dejaba de ser un ejecutivo agresivo camino a un trabajo brillante para ser un ser humano envuelto en un trapo negro y con un cierto aire de tristeza. El mismo autobús dejaba de serlo para convertirse en una enorme caja, una suerte de pecera metálica que rodaba por las calles de la ciudad. En esos repuntes de lucidez todo dejaba de ser lo que normalmente era para disolverse y volver a materializarse varios niveles de abstracción más allá. Yo paseaba mi mirada por todas aquellas caras y me preguntaba si habría alguna consciencia más en mi plano de realidad. Aquellos términos me sonaban todavía a charlatanería esotérica, pero, después de lo vivido, me parecía una irresponsabilidad seguir viendo el mundo con los mismos ojos. Y cada vez estaba más convencido de que era posible que, después de todo, el modelo de la realidad subjetiva fuera acertado.

Con el paso de los días mi obsesión por el tema fue creciendo sin mesura. Caminaba por la oficina observando a la gente con curiosidad, escrutando cuidadosamente sus comportamientos, considerando cómo se veían las cosas desde su persprectiva personal. Mis observaciones parecían arrojar como factible la posibilidad de que la realidad global no fuera más que la suma de realidades subjetivas. A veces lo veía con gran nitidez y todas las piezas encajaban de una manera soberbia. Otras veces me sumergía de nuevo en la mirada obtusa habitual y me daba cuenta de que necesitaba un descanso. En ocasiones pensaba con tanta intensidad que me resultaba agotador.

Después de una semana empecé a sentir la urgente necesidad de compartir todo aquello con alguien. Probé con unos y con otros, pero todo el mundo se preguntaba de qué carajo hablaba con aquello de la verdadera naturaleza de la realidad y me miraban como si hubiera perdido un tornillo. Nadie quería escuchar el podcast, nadie quería hablar del tema. Quien escuchó la grabación resumió su postura al respecto con las palabras "No, tío no". Fui tan gilipollas de pensar que semejante respuesta era fruto de una larga reflexión sobre el asunto, de alguien que había pasado tanto tiempo como yo ponderando el tema. Mi frustración fue en aumento ante las continuas negativas siquiera a considerar el diálogo. Me sentí solo. Hacía mucho tiempo que nada me atraía con aquella fuerza inusitada, y me hubiera encantado poder compartir aquellas ideas con alguien que quizá tuviera otras nuevas, o al menos con alguien que estuviera dispuesto a escuchar aquello que era obvio que tan fascinante me parecía.

Que pueda recordar, ha sido la única vez que he sentido rabia en mi vida.

Hacía cosa de un mes que teníamos un nuevo colega en el trabajo. Era portugués y se ocupaba de coordinar las diferentes funcionalidades de uno de los varios proyectos en los que yo andaba metido. Sólo había hablado un par de veces con él, pero era uno de esos tipos que tienen algo, un cierto aplomo, un algo en la mirada, una calidez en la voz. Gente con la que da gusto comunicarse. Siempre que me veía me llamaba "parcero". Más tarde me explicó que significaba "amigo" en algún lugar de Sudamérica. Me hizo gracia y yo también le llamaba a él Parcero.

Una mañana, unas dos semanas después de empezar mi maratón sobre la verdadera naturaleza de la realidad, coincidí con él en aquella caja metálica con ruedas en que se había convertido el autobús. Yo iba escuchando el dichoso podcast, y la frustración que mi entorno me estaba generando al respecto empezaba a comerme por dentro. Cuando le vi me quité los auriculares y apagué el reproductor para acercarme a hablar con él. Él hizo lo mismo porque también venía escuchando algo. Nos saludamos y nos pusimos a hablar.

Hay personas con las que te sientes especialmente bien y sientes que puedes hablar de cualquier cosa aunque apenas las conozcas, así que poco después le empecé a contar que tenía planes para, en breve, dejar el trabajo y dedicarme a la escritura y el dibujo, lo que yo consideraba que eran mis verdaderas vocaciones. Él asentía siguiendo mis explicaciones con atención, e hizo después varias preguntas más sobre mis planes futuros en lo que no pude sino interpretar como genuino interés. Después me dijo:

—¿Sabes? Hay una página web que creo que te gustaría.

—¿Sí? —contesté con curiosidad—. Dime, ¿cuál?

Por algún motivo se me empezaron a encoger las tripas. Sin saber cómo, tenía una idea de cuál iba a ser su respuesta.

—www.stevepavlina.com —contestó.

No podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Aquella casualidad, en aquellos precisos momentos, tenía una enorme significación para mí. Me pregunté cuál era la probabilidad de que un compañero de trabajo portugués también leyera a Pavlina. No conocía a nadie que siguiera a este hombre, y sólo una vez un lector me contactó a raíz del asunto del sueño polifásico. Era una casualidad muy significativa en un momento muy preciso.

—No lo puedo creer —le dije.

Él me observó extrañado. Mi mirada se perdía ahora en el exterior.

—Necesito que escuches un podcast de Pavlina —murmuré con voz queda mirando a través del cristal—, y necesito que me dés tu opinión al respecto.

—Claro, ¿cuál? —contestó.

Mis siguientes palabras sonaron planas, sin ninguna entonación. Como si yo estuviera en otro lugar.

—Se llama "The true nature of reality". Bájalo, lo escuchas y me dices qué te parece.

Me miró perplejo. Tomó uno de los auriculares que reposaban colgados del cuello a ambos lados de su pecho. Lo levantó y dijo con una sonrisa:

—Lo estaba escuchando ahora mismo.

Fue como si se hubiera abierto el cielo y un rayo me partiera en dos. Me tambaleé como en las películas y sentí una opresión en el pecho. En esos momentos el autobús llegó a su destino y salí a trompicones en busca de aire. Cuando me hube recuperado unos segundos más tarde, le puse la mano en el hombro y le dije:

—Te envía el cielo.


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