Debí de empezar a leer a Pavlina [1] hace más de tres años largos. Yo tenía un interés por el desarrollo personal antes de saber que el desarrollo personal existía. Hacía mis ocho horas de curro todos los días y luego me sentaba a escribir y a dibujar en casa varias horas más. También sentía una inclinación a cultivar mi vida social, así que el tiempo era una de esas cosas que se me quedaban cortas con frecuencia.
Así, llegué a la página de Pavlina interesándome por el sueño polifásico, una manera de dormir que permitía maximizar el beneficio de los ciclos de sueño tras un periodo inicial de adaptación, lo que hacía posible ganarle varias horas al día. Aquello sonaba exactamente a lo que yo necesitaba.
Tuve mis experimentos [2] con el sueño y ya los relaté [3] en su momento. Sólo deseaba ganar unas cuantas horas a la semana para poder dedicarlas a lo que entonces creía que eran simplemente hobbies, pero mi vida disipada de los fines de semana fustró todos los intentos. En cualquier caso, Pavlina contaba cosas interesantes para terminar con hábitos nefastos, romper patrones de comportamiento negativos y aumentar la eficiencia personal, así que continué leyendo puntualmente todo lo que escribía.
Hace aproximadamente dos años empezaron a circular un par de películas cuestionando el carácter de lo que llamamos "realidad". La primera era "What the bleep do we know?! [4]" ("¿Y tú qué sabes?" en español). En ella los autores se preguntan qué es lo que realmente sabemos de la realidad a la luz de los últimos descubrimientos de la física en los que parece que todo está sucediendo en todas partes a la vez. La segunda película-documental se llamaba "The secret [5]" ("El secreto" en español). Con una puesta en escena muy new age bastante cutre para mi gusto, venía a decir que nuestros pensamientos crean la realidad por la que nos movemos. Me parece que "The secret" (el libro) empieza a aparecer ahora por las librerías españolas. En los USA tuvo un tremendo impacto hace un par de años.
La primera vez que oí hablar de todo esto fue en la página de Pavlina. No tardé en bajarme el documental de internet y le eché un vistazo un sábado por la mañana en el que la resaca no me dejaba levantarme de la cama. Me pareció poco menos que abominable. Los efectos especiales eran cutres, los "expertos" que desgranaban el argumento parecían salidos de una mala película de serie B, y lo que me contaban parecía sinceramente una fumada barata, una versión chunga de lo que los norteamericanos llaman "wishful thinking". Aunque me interesaba realmente el tema, yo no tenía por dónde coger aquello, así que cerré el portátil y seguí durmiendo hasta la hora de comer.
Unos meses más tarde, sin embargo, Pavlina publicaba un podcast titulado "The true nature of reality [6]" ("La verdadera naturaleza de la realidad") en el que, durante hora y cuarto, contaba que una serie de experiencias personales le habían llevado a reconsiderar su modelo del mundo y explicaba, en el podcast, cómo creía él que la realidad funcionaba.
Me hice con él y lo escuché. El tipo contaba que, a raíz de haber puesto en práctica lo que se explicaba en "The secret", su vida había empezado a cambiar de una manera sorprendente. Al principio lo atribuyó a una teoría científica llamada "Sistema de activación reticular [7]" (R.A.S. en inglés) según la cual el cerebro posa su atención sobre aquello que más relevante nos parece. Sin embargo, una serie de experiencias en las cuales sucedían cosas que estaban fuera de su rango de acción personal le condujeron a descartar esa teoría y a aceptar como cierta la idea de que, después de todo, los pensamientos jugaban un papel fundamental en la creación de la realidad, a veces de una manera casi mágica. Esto le llevó a replantearse una serie de preguntas de profundo caracter filosófico y llegar a dos conclusiones principales: uno no puede asegurar que exista nada más allá de los límites de su percepción, y uno no puede asegurar que existan otras conciencias en el mismo plano de realidad. Estas ideas no son nuevas, como el propio Pavlina admite, y se encuentran repetidas cíclicamente bajo diferentes formas a lo largo de la historia de la filosofía. Sin embargo era la primera vez que escuchaba decir algo así de boca de alguien que estuviera vivo.
Escuché con mucho interés, pero honestamente pensé que el buen hombre había perdido el norte. Aquello iba mucho más allá de lo que yo estaba dispuesto a creer. Eché el reproductor sobre la mesita de noche y seguí durmiendo hasta la hora de comer. Así pasó un año.
Quien más y quien menos ha experimentado con las drogas durante la adolescencia. Los menos han probado la cocaína y las drogas de diseño, y los más han fumado unos cuantos porros. Nunca he sido un chico rebelde, así que esas cosas me interesaban poco aunque lógicamente tuviera la oportunidad de acceder fácilmente a ellas. Mis progenitores fumaban tabaco ostensiblemente, y ya desde pequeñito desarrollé un odio visceral a cualquier hierba que viniera enrollada en papel. Eso me mantuvo alejado de los porros, así que cumplí los treinta sin haber fumado nunca canutos más que de manera tímida y puntual.
Por diversas circunstancias, hace poco más de un año tuve la oportunidad de fumar de nuevo. Con unas caladas uno se sentía curioso, y las cosas adquirían un tinte extraño e interesante. Todo tenía un aspecto diferente. Pero bueno, tampoco nada del otro mundo.
Debe de hacer ahora un año exactamente. Salíamos de casa un viernes por la noche bastante contentos en dirección a la Scala [8], una discoteca de Regensperry en la que hacían especial el primer viernes de cada mes e íbamos allí a ver pechuga, a sostener los vasos durante unas horas y a volver a casa calientes como tizones. Habíamos estado bebiendo algo antes de salir, y también fumando unos canutos, pero no me sentía ni mucho menos privado de mis facultades. Empujamos la puerta del local y subimos las escaleras para sumergirnos en el bullicio y las luces. De repente me di cuenta de algo que no me había sucedido nunca antes, algo que no creía que fuera posible ni mucho menos deseable, algo que jamás pensé que pudiera ocurrir:
Había dejado de pensar.
Todo rastro de pensamiento había desaparecido. Ese soniquete continuo que tararea incansable, esa voz en la cabeza que todo lo juzga y lo pondera sin tregua, ya no estaba. Tras un primer momento de asombro, me detuve a inspeccionar cómo me sentía. Era como si un viento fresco me hubiera entrado por una oreja y me hubiera sacado todo lo que tenía en el cráneo por la otra. Me notaba ligero, me sentía definitivamente muy bien. En ningún momento me pareció una situación preocupante ni me asusté. Me zambullí en la multitud.
Había estado allí otras muchas veces antes, pero aquella noche todo era, a pesar de ser lo mismo, diferente. Una discoteca es un sitio diseñado para atrapar a los sentidos, para crear una especie de sueño por el que dejarse llevar, un lugar que induce a un cierto punto hipnótico y que crea una experiencia en la que uno se sumerge sin remedio. No para mí aquella noche. Para mí la discoteca, en aquellos momentos, no era más que una habitación muy grande en la que había música y luces de colores. Era capaz de ser consciente de la música por un lado y de los colores por otro, y ello impedía que se fundieran en mi cabeza y formaran la danza hipnótica habitual en la que me sumergía cada vez que allí entraba.
Todo era igual pero diferente. Era como haber caído por un agujero de gusano y haber aparecido en un mundo idéntico al que conocía pero con mucho más brillo y contraste. Definitivamente, aquella era la versión en alta definición de la realidad que yo conocía. Empecé a observar a la gente. La idea aceptada de discoteca es que se trata de un lugar al que la gente va a pasárselo bien, a entregarse a la música y a dejarse llevar. Miré a mi alrededor y vi el miedo en muchas caras. Ya no existían el tío guaperas, la chica cañón o el gracioso del grupo. Todas las etiquetas que normalmente empleaba para definir a las personas en aquel ambiente habían desaparecido, se habían disuelto, y cada persona era un individuo insondable y digno de conocer. Y en muchas caras pude ver soledad, frustración y miedo. Mi mirada recorría el local y veía con una claridad desconocida, escrutando aquel mundo nuevo con una curiosidad sin límites y sin yo tener una consciencia clara de mí mismo.
Aquella experiencia me impactó profundamente. Lógicamente, mi visión del mundo dependía de mi percepción, de lo que fueran capaces de hacer mis sentidos y de cómo yo procesara y reconstruyera la información que me proporcionaban, pero una cosa es tener clara la teoría y otra experimentarla. ¿Qué era aquel estado que había fugazmente saboreado? En mi opinión se trataba de un nivel de percepción mucho más sublime y certero que el normal. En mi mente se dibujó una nueva pregunta: ¿Qué era la normalidad perceptual? ¿Podía ser que mi estado perceptual normal no fuera, con mucho, el óptimo?
Hacía ya mucho tiempo que me había dado cuenta de la máxima socrática de que todo es relativo. Me resultaba obvio que había conocido un grado de claridad mental superior, y me pregunté cómo podría reeducar mi mente y mis sentidos para ser capaz de convertir aquel estado de gracia en mi estado habitual. Nunca antes se me había ocurrido la posibilidad de trabajar sobre mi mente y mis sentidos para cambiar mi experiencia subjetiva del mundo. Si lo conseguía, sería como cambiar la realidad. Estas cuestiones me tuvieron cavilando una buena temporada. ¿Qué clase broma era aquella?
Por otra parte, me pregunté qué era aquel estado de anihilación del pensamiento. Descartes había dicho "Pienso, luego existo" y yo me lo había creído a pies juntillas. Jamás se me hubiera ocurrido que el hecho de apagar la mente fuera posible, y mucho menos que condujera a un estado de tan bendita existencia, a una dimensión de la experiencia vital completamente inexplorada por mí y que me resultaba sumamente atractiva. No hacía falta pensar para existir, y de hecho, al acallar la mente, uno entraba en lo que se me antojó un plano superior del ser. Aquello no tenía ningún sentido a la luz de todo lo que conocía anteriormente, pero desde luego era digno de investigación. La facultad humana de pensar era sin duda una cualidad extraordinaria, pero ahora se me revelaba que la facultad de no pensar era de seguro más extraordinaria todavía.
En aquel momento, la célebre frase de Paul Éluard "Hay otros mundos, pero están en este [9]" tomó para mí un significado nuevo e inquietante.
No sabía por dónde empezar, y una de las primeras cosas que me vinieron a la cabeza fue el podcast de Pavlina. ¿Estaría la explicación allí? ¿Era posible, aunque sólo fuera por un momento, que lo que contaba Pavlina fuera cierto?
Dubitativo, pulsé el Play del reproductor. La verdadera naturaleza de la realidad. Cuando hubo terminado, lo puse de nuevo.
Después, lo escuché otra vez. Y después otra. Y otra. Y otra...
Links:
[1] http://www.stevepavlina.com/blog/
[2] http://www.elsentidodelavida.net/node/299
[3] http://www.elsentidodelavida.net/recortando-horas-de-sue-o
[4] http://es.wikipedia.org/wiki/%C2%BF%C2%A1Y_t%C3%BA_qu%C3%A9_sabes!%3F
[5] http://es.wikipedia.org/wiki/El_Secreto
[6] http://www.stevepavlina.com/blog/2006/09/stevepavlinacom-podcast-016-the-true-nature-of-reality/
[7] http://en.wikipedia.org/wiki/Reticular_activating_system
[8] http://www.elsentidodelavida.net/el-club-de-la-salsa-de-la-lucha
[9] http://www.elsentidodelavida.net/hay-otros-mundos-pero-est-n-en-ste