Hay un momento en la vida de las personas que marca un antes y un después. Para unos es cuando terminan la carrera o cuando echan el primer polvo. Para la mayoría de las personas, un gran impacto lo causa el momento en el que son conscientes de que un día morirán [1]. También a mí me impresionó darme cuenta de que un día dejaría de respirar y ya no podría hacerme más pajas, pero incluso después del momento en el que tuve que asimilar la muerte hubo otro todavía peor. Fue cuando me di cuenta de que nunca sabría la verdad.
Estaba viendo un telediario tranquilamente. Debo reconocer que hubo un tiempo en que me sentía informado viendo esos programas. Me daban la sensación de saber lo que pasaba en el mundo, me hacían creerme un tipo culto y enterado. Me daban quizá la facultad de poder despreciar a los demás por su ignorancia de los asuntos del planeta.
No recuerdo exactamente cómo fue. Imagino que pondrían un reportaje sobre algún tema en el que yo no estaba completamente pez y me vi obligado a encajar la terrible realidad como quien encaja el cañón de una pistola entre los dientes: aquella gente no tenía ni puta idea de lo que hablaba o, si la tenía, decidía obviar la verdad por motivos que yo era incapaz de comprender. No es que tuvieran otra opinión, es que parecían vivir en otro mundo. Inmediatamente mi cabeza empezó a calcular las consecuencias de aquella revelación. Si lo que me estaban contando sobre aquel tema no era, ni de lejos, cierto, probablemente tampoco lo era lo que decían del petróleo, el Oriente Medio, el cambio climático o el último disco de Shakira.
En aquel momento se me cayó el mundo encima. Empecé a ver imágenes de todos los posibles lugares en los que se podía alterar la información desde su origen hasta que llegaba a mí. Mi cabeza era el momento álgido de un espectáculo de fuegos artificiales. Se me encogieron las tripas. Me entró una sensación de ahogo, de vacío. Aquello significaba que nunca podría entender el por qué de las cosas. Significaba que estaba condenado a vagar por el mundo sin ser capaz de comprender nada de lo que me rodeaba. Me veía, a partir de entonces, abocado a ser consciente de que caminaba por un mundo de ilusiones.
Me sentí como si me acabara de poner de pie después de que la marea me hubiera arrojado a la playa. Di unos pasos indecisos, miré alrededor y seguí caminando en confusión. Tener que morir algún día era sin duda una putada, pero esto desafiaba todos mis límites.
Empero, no me desanimé. Una de las razones por las que quise estudiar Ingeniería Industrial fue para saber cómo funcionaban las cosas, al menos las cosas inanimadas. Las bielas y las manivelas, los gases y los fluidos, la electricidad... Al menos ellos no mentían. Se revelaban como eran. Me di cuenta de que si quería traer un poco de luz a este mundo de tinieblas tendría que comportarme como todos aquellos objetos inanimados: no podía mentir. En aquel momento me hice el juramento personal de que siempre diría la verdad. Todavía hoy hay quien me dice con aire de absoluta incredibilidad y dibujando una sonrisa en el rostro "Entonces... ¿tú no mientes?". Quizá falte levemente a la verdad un par de veces al año, pero es para sufrir unos terribles remordimientos después. Cada vez me sale menos a cuenta. Y miro a mi alrededor y veo que la mentira está tan dentro de cada uno que la idea de vivir sin mentir se antoja absurda, casi una locura, la propuesta de un lunático. Si la gente supiera la paz que la verdad genera... Vivimos en un mundo de sombras en el que lo único seguro es que nada lo es. Habrá a quien le parezca asequible; a mí desde luego no. Hace ya mucho tiempo que no.
Pero yo no quería saber la verdad de las cosas inanimadas. Lo que de verdad me interesaba era saber cómo funcionaba el éxito, qué hacía a las personas triunfar, lograr sus obetivos y mover masas, cómo había gente que parecía deformar la realidad establecida a su alrededor. Cada vez se me hacía más obvio que lo que me contaban en las revistas y en las películas era tan falso como lo que me largaban en los telediarios. No siempre triunfaban los guapos, no siempre ligaban los tíos con pasta. Yo quería saber por qué un tío como Meat Loaf, gordo y feo, que jamás saldría en las revistas de guapos y pastosos con unos calzoncillos de Calvin Klein y el pecho palomo, era capaz de reunir a 200.000 personas en un concierto y tener a 20 músicos en el escenario saltando y pasándoselo de puta madre durante dos horas. Cosas así desafiaban toda la información con la que los medios habían estado alimentando mi inocente mente desde que tenía uso de razón. Yo quería saber cómo había gente que era capaz de pasarse el status quo por el forro de los cojones y reescribir el libro del bien y del mal. Y mi obsesión ya venía de largo.
A finales del 96, con veinte años, estuve en México con un viaje organizado. Por segundo año consecutivo mi padre había sido el mejor vendedor de su zona, y la multinacional le volvió a premiar sin saber que esta vez iba a ser yo quien viajara con gastos pagados. Estuve cuatro días en Cancún y tres en México D.F. Lo pasé pirata. Fue entonces cuando decidí que quería ver más del mundo.
El grupo, de unas veinte personas, estaba constituido por gente de unos 40 años o más. Por debajo sólo estábamos una chica de 26, yo con 20 y un chaval de 18. A este último le dio un ataque de asma en el avión de ida, así que estuvo toda la semana comiendo plátanos en un hospital de la capital. Eso hizo que yo pasara mucho tiempo con aquella chica y que, a la postre, me terminara enamorando irremediablemente.
Ella no era espectacular. Al menos no era una modelo de generosas curvas en unos tiempos en los que reinaban las carnes de la Schiffer o la Crawford. Era relativamente alta y delgada. Yo tenía amigos con más tetas que ella. Sin embargo, había una vibración especial en su ser, un algo grácil en su manera de moverse, una calidez en su manera de hablar, una profundidad en su mirada. Sólo de posar tus ojos sobre ella sentías que se te calmaba el alma. Quien sea un avezado observador de las mujeres se habrá dado cuenta de que generalmente no sucede sino todo lo contrario.
Y esta vez no era yo el único que lo percibía. Las mujeres eran capaces de llevarse bien con ella. Los hombres se mostraban calmos y mansos. Había algo en su mera presencia que lo cambiaba todo a su alrededor. Cuando entraba en una habitación la gente callaba. Allá adonde iba giraba cabezas. Sin ser en absoluto lo que las revistas y las películas venden como la mujer ideal, a mí se me antojaba como un modelo supremo de femineidad. Su voz me acariciaba los oídos, su simple admiración me serenaba el ánimo. Su espíritu emanaba una seguridad sosegada. Su mera proximidad te sentaba bien, te hacía sonreír y amar la vida. No por todo esto uno dejaba de desear poseerla sobre la pálida arena de una playa mexicana, pero la excitación no era incómoda; se encontraba aletargada en lo más profundo de uno esperando un sutil gesto para desatarse con el furor de un ejército.
Resultará obvio al lector a estas alturas que conocer a aquella chica me resultó profundamente turbador. Me pregunté una y mil veces qué cualidad era aquella, en qué parte del ser se ubicaba y cómo podría sintetizarla para hacerla mía e incorporarla a mi propia alma. ¿Qué sonido se hace al aplaudir con una mano? ¿A qué sabe la lengua? ¿Cómo se ve el propio ojo? Entonces no lo sabía, pero ahora me doy cuenta de que me enfrentaba a preguntas de ese tipo. Y también me doy cuenta de que, amando a aquella criatura con la intensidad con que lo hice, quizá algo de su ser permeó el mío.
No, no follamos. Creo que de alguna manera, en lo más profundo de mí mismo, no me sentí digno de mezclarme con aquel ángel. Eso y que ella no quiso. Lo que no pudo evitar fue que me llevara un pedazo de ella y que, noche tras noche durante mucho tiempo, me preguntara cómo lo hacía, cómo era capaz de modificar el orden de las cosas a su alrededor. Aquello era, sin duda alguna, una prueba fehaciente de la magia de la vida.
Apenas medio año después estuve en los USA [2]. Allí tuve algunas de las peores experiencias de mi vida, pero también algunas de las mejores, y allí conocí igualmente a una persona extraordinaria que me hizo, de nuevo, plantearme muchas preguntas.
Yo buscaba un currito para pasar el verano, y desde la oficina de personal me mandaron a una amplia sala en la que se estaba dando explicaciones a los nuevos empleados. Cuando entré la cosa ya estaba mediada, así que me dirigí a una silla del fondo. Desde allí pude ver a un grupo de chavales que parecían estar pasándoselo bien. El grupo de cinco o seis personas hablaba un inglés que pude identificar como irlandés de manera inmediata, pero uno de aquellos chavales tenía un acento más parecido al mío que a otra cosa. Observé que estaba negro como un tizón al que le hubieran dado una mano de engrudo y lo hubieran dejado al sol durante largas jornadas de justicia. Al acabar el meeting, me acerqué a él y me presenté. Era de Madrid. Yo únicamente conocía a los cabestros con los que vivía, y en aquel momento no tenía problemas para reconocer que el sentimiento de soledad ya me llegaba al ombligo. Le pregunté, casi como si tuviera cinco años, si podíamos ser amigos. Me dijo:
—La verdad es que he venido para hablar inglés.
Su honestidad me sorprendió. A la vez me gustó.
—Hablaremos inglés —le dije.
Me miró y sonrió. Yo sonreí y le di la mano.
—Soy Javier.
—Yo Luis.
No tardé en confirmar que Luis estaba hecho de una pasta especial. La vida parecía estar de su lado. Mientras yo pasaba el día apretando el botón de marcha del tiovivo, asegurándome de que ningún niño se caía del león y conociendo una nueva dimensión del sustantivo "aburrimiento", él vegetaba en uno de los muelles del lago junto a una chavala rubia de impresión alquilando patines de pedales a los visitantes ocasionales. Se suponía que rotábamos puestos, pero yo parecía rotar del tiovivo a la noria y Luis rotaba del muelle uno al muelle dos, y siempre con la rubia. Las nenitas le adoraban, daba igual que fueran blancas o negras, y pronto se me hizo obvio que todo el mundo quería un trocito de él. Había incluso quien me empezaba a envidiar por el tiempo que pasábamos juntos. En el motel, no consigo recordar ni una chavala que no quisiera atarlo a la cama y exprimirle hasta la última gota. Aquello era casi absurdo. Me di cuenta de que, desde la perspectiva de Luis, el mundo debía de parecer hecho de miel y pan de azúcar. Yo me tumbaba por las noches boca arriba y no hacía más que intentar explicar todo aquello y temblar ante la perspectiva de volver a España sin haber echado un polvo. Horas después me dormía.
Después de dos meses currando como hijos de puta, al sol y los 110 grados de Carolina del Sur en verano, planeamos comprar una furgoneta y largarnos dos semanas de viaje. Yo me había llevado unos apuntes de Química Orgánica y de Ecuaciones Diferenciales en Derivadas Parciales que no había abierto en todo el verano. Tuve que elegir entre un auténtico "road trip" y unos cochinos exámenes de Septiembre, y gracias a Dios elegí bien y mis padres supieron comprenderme. Pasamos las semanas previas haciendo turnos dobles de 14 horas diarias para reunir más dinero. Entrábamos a las nueve de la mañana y salíamos arrastrando el pellejo a las once de la noche. Yo me había convertido en un autómata programado para informar a los niños de que el tigre y la foca no subían y bajaban sino que estaban anclados al suelo. Después me sentaba y, con la mirada perdida, apretaba el botón de marcha. Me sabía la letra de todos los grandes éxitos de Disney. Mis mejores momentos del día eran cuando a mediodía tenía quince minutos para comer un perrito caliente y cuando el carrusel escupía la canción de "La sirenita". A veces sonaba "The bare necessities of life" de "El libro de la Selva" y yo me levantaba como un zombie y bailaba al son de la trompeta y me sentía moderadamente vivo durante cuatro minutos y quince segundos.
Como todas las cosas en la vida, aquello también pasó, y un día nos subimos a nuestra furgoneta de 300 dólares con agujeros de bala en el portón trasero y dejamos atrás muchas cosas; yo a tres tías que me habían hecho la vida imposible y a un tipo que me había dado a fumar heroína diciendo que era marihuana, y Luis a una jauría de chavalas que se lo querían follar sobre una cama de azúcar con remates de caramelo. Quizá no fuera exactamente así, pero así lo veían mis pobres ojos. El caso es que nos lanzamos a la carretera en un viaje incierto pero excitante.
En quince días hicimos más de 5.000 kilómetros. De Carolina del Sur hasta el último cayo de Florida, y de ahí arriba hasta Nueva York. Pasábamos días conduciendo. Por las noches rodábamos hasta que, a altas horas, encontrábamos un área de servicio. Después nos tirábamos en la parte de atrás y, rendidos, perdíamos el conocimiento durante unas horas. Por la mañana nos lavábamos la cara y los sobacos en los lavabos, nos afeitábamos y volvíamos a golpear la carretera.
En aquel viaje, todo lo que podía salir mal, salió bien. Todo lo que podía salir bien, salió superior. Allá adonde fuéramos parecía que nos estuvieran esperando. La gente nos trataba de puta madre en cualquier lugar, nos ponían la vida fácil, nos invitaban a cenar o nos ponían una cama para que no tuviéramos que dormir en la furgoneta. Si hacíamos rafting por el Chatanooga, la monitora se quería follar a Luis. A veces el guión se hacía cansino, y entiendo que no lo hubiera podido soportar cualquiera. La envidia que a cualquier otro le hubiera comido las entrañas, en mi caso se trocó en admiración desde el primer momento.
Aquel viaje fue Luis en estado puro. Todo iba rodado, la vida se nos abría de piernas. Nosotros sólo teníamos que apretar el acelerador. Yo, sentado en bañador en el asiento del copiloto, sin camiseta, con mi gorra y mis gafas de sol y más negro que un negro algodonero de Lousiana, le repetía cada pocos días:
—Esto es absurdo. Tienes un trébol en el culo.
Él se reía. Le hacían gracia mis tonterías. Hablamos en inglés hasta el último día. You have a clover in the ass.
Y por la noche, en el saco de dormir, miraba el techo desvencijado de la furgoneta reflexionando sobre todo aquello, ignorante de que otros habían ya antes pensado en todo esto y los menos, como Maslow, incluso habían escrito sobre ello.
El 96 y el 97 me trajeron personajes extraordinarios que cambiaron mi visión del mundo. Años después, en España, en Francia, en Alemania... muchas otras noches me quedé igualmente mirando al techo pensando en ese componente mágico de la personalidad que algunas personas parecían ser capaces de conjurar. Quizá, después de todo, no hacía falta comprender el mundo. Quizá, después de todo, sólo fuera necesario hacerlo caminar junto a uno.
¿Pero cómo?
Links:
[1] http://www.elsentidodelavida.net/miedo-a-morir
[2] http://www.elsentidodelavida.net/categorias/viviendo-en-el-paraiso