El barranquismo es una actividad deportiva prima hermana de la escalada. En ella se utilizan igualmente cuerdas dinámicas y arneses, que son una especie de bragueros de cordura que te realzan el paquete y además te permiten deslizarte por una cuerda superando los desniveles que ofrece el barranco. El barranco es generalmente una garganta excavada entre dos paredes que baja y baja sin fin aparente entre dos montañas. Los que descienden los barrancos sin mayor preparación un fin de semana cualquiera se denominan domingueros.
Algunos de mis amigos han sido amantes de la montaña. De su mano las he pasado de todos los colores, bien entrando borracho en una mina en la negra noche de las montañas de Aragón o caminando durante horas sin agua bajo un sol de justicia para terminar sumergiendo el hocico en un abrevadero infecto. En cualquier caso, si alguna vez he las he pasado canutas, si ha habido una ocasión en la que de nuevo cobrara sentido la frase "Lo extraño es que todavía esté vivo", fue cuando me hice cargo de un descenso al barranco del infierno [1].
Aprovechando que venía un buen amigo mío desde Madrid, organicé una excursión de acción por el monte. Era un domingo cualquiera de esos últimos días de verano, cuando el sol todavía golpea con justicia pero la noche ya refresca. El Juli se apuntó a última hora. Mi amigo traía una amiga francesa que resultó estar como un queso. Morena de pasar el verano acariciada por Lorenzo, parecía una estilizada modelo caída por error en mi coche. Hablaba francés de vicio y tenía el mejor par de piernas que yo recordaba, y eso que soy muy observador. Me contó que la semana siguiente marchaba como azafata en un crucero por el caribe. Yo alguna vez había soñado con ser como ella para que la vida me abrirera las puertas a patadas. En fin, allá íbamos los cuatro con nuestros pantalones cortos y nuestras camisetas de propaganda, dichosos de la vida en los tiempos del Twingo morado.
Llegamos al lugar de partida. En realidad no era sencillo encontrar el lugar por el que se iniciaba la bajada. Como comandante, y aunque ya había estado antes allí, había cumplido con la responsabilidad de informarme previamente de los detalles del recorrido. El día anterior había llamado al Blas y había resumido sus diez minutos de explicaciones telefónicas en un par de frases que había apuntado en un papel. De hecho las indicaciones parecían tan sencillas que decidí dejar el papel en casa. Cuando nos dimos cuenta de que por allí no se bajaba ya llevábamos una hora caminando entre unos cardos mutantes que medían más de un metro. Cada una de las espinas que se clavaban en las piernas de la francesa se me clavaban a mí en lo más profundo del corazón. La pobre chica se iba de crucero en el plazo de unos pocos días y ya antes de empezar el barranco parecía que se la había follado una jauría de tigres. Me sentí como si estuviera destrozando la Gioconda con un tenedor.
El pequeño rodeo por los campos de cardos nos había consumido buena parte de la mañana. El sol brillaba con fuerza en todo lo alto cuando al fin empezamos a descender. Llevábamos un litro de agua cada uno y un bocata para sortear el hambre a mediodía. En condiciones normales el barranco se cubre en unas cuatro o cinco horas. Después se sale al lecho del río, que transcurre entre unas imponentes montañas, y en ese momento hay que encontrar el lugar por el que ascender de vuelta al coche. Se trata de un caminillo que parte desde detrás de unos arbustos y cuya localización no es trivial. Se mascaba la tragedia.
No lo hubiéramos encontrado ni con mis notas; mucho menos sin ellas. Hacía ya un rato que nos habíamos terminado las galletas, los bocadillos y todo el agua de la compañía. Estábamos sedientos, estábamos hambrientos y empezaba a hacer frío. Hacía ya horas que la francesa no abría la boca. Yo intuía que un profundo odio hacia mi persona se estaba gestando en sus vísceras. Cada vez parecía más lejana la perspectiva de hacerla mía bajo la sombra de un algarrobo.
Llevábamos un rato caminando sobre el lecho del río y no encontrábamos el camino que nos habría de sacar de allí. Al sol le quedaba poca cuerda. Decidí tomar las riendas de la expedición.
—Subiremos por aquí —dije.
Cuando uno habla con convencimiento, con confianza, hay un extraño mecanismo natural que hace que los demás le crean.
Eso fue su perdición.
Llegamos a lo alto de la montaña para comprobar desolados que detrás había otra, y detrás otra. El paisaje era escarpado y había maleza por todas partes. No se veía un camino practicable en kilómetros a la redonda. Nos miramos desconcertados mientras se extinguían los últimos rayos de sol. Hacía frío.
Cuando se extinguió la luz minutos después, nos dimos cuenta de que era noche de luna nueva y aquello estaba más oscuro que la panza de un gato negro en un barril de alquitrán depositado en un sótano. No podías dar un paso sin pisar un arbusto espinoso o doblarte un tobillo con un pedrusco afilado. Nos sentamos en el suelo, silenciosos, con la mirada perdida en un horizonte inexistente, pensativos. Estábamos exaustos. Hacía horas que no bebíamos, teníamos hambre y empezaba a hacer un frío que presagiaba una noche que se planteaba inhumana. Era el fin.
"Así es como acaba todo", pensé. A mi mente acudieron mis padres, mi hermana, los amigos a los que no había arrastrado a la muerte aquel día, mi colección de revistas porno... Pensé en una puesta de sol, en la sonrisa de un niño, en un bocadillo de longanizas con patatas. Pensé en abalanzarme sobre la francesa, ponerme las botas y morirme con ellas. Por fin entendía la frase hecha. Pensé en mi estupidez y después me abracé a mí mismo con candor.
En aquel momento a alguien se le ocurrió sacar un móvil y comprobar si había cobertura. Era la época en la que los móviles eran armas contundentes y sólo había cobertura a la sombra de las antenas, pero por algún milagro sideral también llegaba la radiación a aquel cerro en mitad de la negra noche.
Cuando el Blas levantó el auricular al otro lado del teléfono y escuchó mi voz en plena medianoche del Domingo supo exactamente de qué se trataba. Llamó a la Chorreta y nos citamos en el lecho del río un par de horas después. Parecía que, una vez más, íbamos a salvar el pellejo. Me pregunté si contaba con vidas infinitas.
Descender la inclinada pendiente a la luz de la más intensa negrura nos llevó aproximadamente una eterno valle de lágrimas. Mi amigo bajaba algunos tramos llevando a la francesa a cuestas, cuyas magulladas piernas se quebraban cada vez que pisaba un cardo y ahogaba un grito. Yo pensaba que en cualquier momento le brotaría un ataque de pánico de lo más profundo del alma y habría que atajarlo dándole un par de bofetadas. No sucedió.
Alcanzamos de nuevo el valle, un pedregal que discurría entre las montañas. En algún lugar encontraríamos a la partida de rescate. Las estrellas brillaban en la noche y, como llevábamos ya horas en la oscuridad más cerrada, nuestras pupilas se habían dilatado lo suficiente para poderle ver el culo a la gabacha y de paso conseguir poner un pie delante del otro.
Caminábamos destrozados pero con la esperanza abrazada al corazón. Escudriñábamos la ladera de la montaña en busca de un par de linternas que acudieran a nuestro rescate. Finalmente, una eternidad más tarde, escuchamos unos gritos en mitad de la noche. Eran ellos.
Corrimos jubilosos a su encuentro y nos abrazamos como si hubiéramos bebido cubatas durante horas. Traían linternas, ropa de abrigo, agua y donuts de chocolate. Me puse un suéter, me bebí una botella de agua de litro y medio y me comí todo lo que me pusieron en las manos. Sentí que volvía a nacer. Incluso la francesa volvió a hablar; les pidió a mis amigos con la voz quebrada que por favor la sacaran de allí. En una hora estábamos en los coches y en dos en la cama. Inexplicablemente, volví a dormir solo.
Pero no me importó. Hay un extraño regusto placentero en el simple hecho de poder respirar, y una pertinaz insistencia inconsciente en seguir haciéndolo.
Lo realmente extraño es, después de todo, permanecer vivo.
Links:
[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Barranco_del_Infierno_(Alicante)