Año 490 antes de Cristo. Las tropas atenienses se baten en lucha desigual contra los persas a las afueras de Atenas. Tras una ardua batalla los griegos se alzan con la victoria contra todo pronóstico (estaban 15 a 1 en BetAndWin) y Milcíades decide enviar a su soldado más veloz, el corredor Filípides, para anunciar la victoria en la ciudad. Filípides recorre a toda mecha los 42 kilómetros que separan los campos de Maratón y Atenas. Llega a la ciudad, dice "Hemos vencido" en griego y cae fulminado debido al esfuerzo. A día de hoy los historiadores todavía se preguntan si Filípides no podía haber bajado un poco el ritmo y haber cumplido los 25.
Otras versiones de la historia dicen que el artista se llamaba Fidípides y que no fue para tanto, que lo más probable es que bajara a Atenas por el camino del norte, que tan sólo cuenta con 32 kilómetros. La versión más plausible especula que en realidad nuestro amigo recorrió el camino entre Maratón y Atenas tres veces: la primera para solicitar refuerzos, la segunda hacia el campo de batalla para decir que las tropas acudirían cuando terminara el "Corazón corazón", y la tercera cuando llega a Maratón, se encuentra el pastel de que la batalla ya ha terminado y regresa a Atenas para decir "Hemos vencido, y os pueden dar por el culo a todos".
En cualquier caso, la épica hazaña sirvió de base para la actual maratón, prueba olímpica en la que se recorren algo más de 42 kilómetros lo más rápido posible. La prueba hija, la media maratón, cuenta contra todo pronóstico con una distancia de 21 kilómetros. En Mayo hice mi primera media maratón.
Que un día de Mayo en el sur de Alemania resulte soleado es casi tan poco probable como que las tropas griegas ganaran a los persas. Sin embargo sucedió. Pantalones cortos, cinturón con botellitas para refrescar el gaznate por el camino, pulsómetro. El sol brillaba con fuerza en el cielo azul y mil personas se apelotonaban a la salida. Yo rememoraba los peldaños de la escalera que me había traído hasta allí.
Mi entrenamiento había comenzado en Navidad. Durante los más de cuatro meses había ido aumentando el ritmo de entrenamiento y en los últimos compases estaba corriendo entre 40 y 50 kilómetros semanales. Mi meta inicial de acercarme al 1h30m se iba alejando a medida que mis simulacros de carrera iban haciendo evidente que estaba en buena forma pero que no era dios. Acepté mis limitaciones. Decidí que intentaría correr holgado por debajo de las dos horas.
Durante la carrera hay tres corredores que portan globos rojos hinchados con helio que se pueden otear si no vas muy lejos. Cada uno de ellos corre una marca determinada, y sirven de referencia para aquellos que quieren terminar en los tiempos de 1h30m, 1h45m y 2h. En la salida me arrimé al tipo que sujetaba el enorme globo rojo con el rótulo 1h45m.
Dieron el pistoletazo y allá fuimos todos. Mucho público. Buen ambiente. Gente aplaudiendo por las calles. Grupos de música amenizando el recorrido por la ciudad y sus alrededores. Organización alemana.
Durante mi entrenamiento había controlado mi pulso en torno a las 150 pulsaciones por minuto. Cuando a los tres minutos miré el reloj, me di cuenta de que estaba a 165. Supuse que se trataba de la emoción de la salida y traté de relajarme y de disfrutar del ambiente. Cuando algunos mintuos más tarde volví a inspeccionar mi cuentavueltas pude ver en la pantalla que estábamos a 172 pulsaciones. Supuse entonces que uno de los dos aparatos no funcionaba correctamente, el pulsómetro o el corazón, y decidí que fuera el primero.
A partir de ahí no hay mucho: la guerra personal con el tío del globo, la sensación de que estás corriendo demasiado rápido y en cualquier momento llegará el colapso, la sensación de que se te van a partir las piernas en un momento dado. Intentas evadirte y buscas algo que te llame la atención. Cambias el globo por uno de los muchos culos prietos que te adelantan. Visualizas las nalgas como si fueran el conejo que tira de los galgos en el canódromo. El conejo se transforma en un culo demasiado rápido y termina convirtiéndose en tu peor pesadilla. Vuelves a centrarte en el globo. El ciclo se repite varias veces.
Para mí hubo un momento mágico en el recorrido. Llega un punto en el que te das cuenta de que estás en una lucha contigo mismo y que todo lo demás es atrezzo. No hay más gente, no hay globo, no hay conejo, no hay cuchara, no hay culo... Eres tú y tus circunstancias. En ese momento sabes que todo depende de ti.
Como si se tratara de un sábado cualquiera, llegamos al IKEA y dimos la vuelta. Las únicas dos cosas que me preocupaban era si me aguantaría la rodilla derecha y, en caso de respuesta afirmativa, si me estallaría la vejiga antes de llegar a la meta. Miré el reloj. Las pulsaciones durante los diez primeros kilómetros no habían bajado de 172. Me di cuenta de que eran entonces tres las cosas que me preocupaban. Aquello no tenía mucho sentido desde el punto de vista médico, así que no le di demasiada importancia. Después de todo era en esa segunda parte cuando iba a tener que echar el resto. El tipo del globo me sacaba 200 metros y yo, a mitad del recorrido, estaba ya al límite de mis fuerzas. La frase hecha "tan cerca y tan lejos" nunca había tenido tanta significación para mí. Me pregunté cómo iba a aguantar los diez kilómetros que quedaban. No sabía que podía correr tan rápido.
Entramos en la ciudad y cruzamos el Danubio. El pulsómetro indicaba 180 pulsaciones, igual que en los cinco kilómetros anteriores. No sabía cuánta marcha le quedaba a la patata, pero tenía el globo a cien metros y me había propuesto llegar por delante de él aunque literalmente fuera lo último que hiciera.
En ese momento sucedió. Debían de quedar un par de kilómetros para la meta cuando una ola de energía salió de algún lugar de mi interior y me puso la patata a 185 revoluciones para conseguir adelantar al tipo del globo y poner algo de distancia, no me fuera a adelantar de nuevo en el último momento. Vi la meta al fondo de la avenida y supe que estaba ya todo hecho. Cuando superé la línea el cronómetro marcaba poco más de 1h44m. Entonces, la gloria.
Las emociones al finalizar la prueba son indescriptibles. La culminación del trabajo bien hecho junto con la sensación de haber dado hasta la última gota de todo. Un sentimiento de felicidad te arrasa el cuerpo. La gente sonríe, todo el mundo está fundido pero exultante. Parece que en vez de beber agua por el camino hayamos fumado porros. Pupilas dilatadas, amplias sonrisas estúpidas. Todo el mundo es tu amigo y te sientes uno más en una fiesta en la que no tienes más remedio que admirar el esfuerzo de los demás y disfrutar cómo los demás aprecian tu esfuerzo con la misma intensidad. Me acordé de los funcionarios.
Días después te enteras de que Jonas piernas largas, tu compañero de curro, hizo 1h32m, y que el tipo aburrido de gafas del grupo del Paquito corrió en 1h35m porque el día anterior había participado en el medio fondo de Straubing y estaba algo apagado, y que el jefe del Chano, que ya pasa de los cuarenta, bajó de la hora y media. Cuando lo asimilas y piensas en todas aquellas personas que ni siquiera pueden cubrir la distancia, tomas estos casos como lo que son, ejemplos dignos de admiración y espejos de lo que puedes llegar a conseguir con la actitud adecuada.
Ellos, y los abuelos sesenteros que me mearon vilmente durante el recorrido mientras me preguntaba si era en ese momento cuando se me iba a parar el corazón, fueron una de las lecciones más importantes del evento. Cuando corra la próxima carrera, lo haré por ellos.