Habíamos quedado en encontrarnos en la estación de Sants. Nos vimos, nos dimos la mano y nos encaminamos a un café en el interior de la estación. Allí pedí algo de desayunar.
Nos sentamos. "He traído algo de literatura que te puede interesar" —dijo. A continuación fue sacando los libros de su mochila y los depositó uno a uno cuidadosamente sobre la mesa, cada uno sobre el anterior.
"La mente holotrópica" de Stalisnav Grof. "El espectro de la conciencia" de Ken Wilber. El tercer libro era un tomo de Abraham Maslow en cuyo título no reparé.
Dispuso los libros de una manera que me llamó la atención; exactamente del mismo modo que lo hubiera hecho yo mismo. Levantó la cabeza y se dio cuenta de la manera en que me había quedado mirando la pila de ejemplares. Explicó con un cierto tono de vergüenza en su voz:
—Siempre que saco libros en un lugar público los pongo boca abajo de manera que no se vean los títulos. La gente mira raro. A veces incluso los forro o termino quitando las portadas.
En el metro, de camino a la estación, apenas media hora antes, en mi mismo vagón, un tipo sujetaba abierto de par en par un periódico deportivo. En la portada había una foto de un jugador de fútbol al que no pude reconocer y unas enormes letras blancas que decían "Nos piden cinco millones más". Una persona se identificaba con una entidad deportiva a través de un periódico y sentía genuinamente que los cinco millones de euros que le pedían a la entidad iban a salir de su propio bolsillo. Un sinsentido demencial que esa persona no tenía ningún reparo en exhibir en público.
En el otro extremo del espectro, el chico que en aquellos momentos se encontraba frente a mí. Hablaba con timidez, pero con 22 años ordenaba y expresaba sus ideas como un catedrático de psicología recién jubilado que hubiera pasado las últimas décadas de su vida poniéndose al día sobre la conciencia humana. Yo escuchaba fascinado, preguntándome dónde se escondía toda esa gente capaz de suscitarme un interés intelectual como el que estaba sintiendo en aquellos momentos, una especie de consquilleo en el alma.
¿Dónde se esconderían todas esas personas? Los gays de la conciencia, metidos en armarios que probablemente habían sido después arrojados al mar. Gente con un grado de aceptación social similar a aquellos que se masturban con fotos de pies.
El mundo está enfermo, pensé.