Spoon bending [1] es la terminología guiri para el fenómeno de doblar cucharas con el poder de la mente, utilizando menos energía física de la que sería razonablemente necesaria. Es decir, de un modo prácticamente inexplicable, milagroso, extraordinario. Parece ser que, de alguna manera, es parte de la magia de la vida.
Michael Crichton lo relata en su libro Travels [2]. Decía:
"No sé por qué ocurre el spoon bending. No tengo una explicación. No lo puedo explicar mejor de lo que lo describí en el libro. Pero no tengo ninguna duda de que sucede."
Entiendo perfectamente de qué habla. Yo he detenido trenes con las manos.
Durante muchísimo tiempo el mundo ha sido un lugar terrorífico para mí. Como confesé hace meses [3], he sufrido un temor intenso y persistente en todo tipo de situaciones sociales. En cualquier intervención temía actuar de una manera humillante o avergonzante. Hablar o comer en público, pedirle un croissant a la panadera, asistir a un acto social cualquiera, acudir a una cita amorosa, sostener la mirada a determinadas personas... Cualquier situación que para cualquiera es un mero trámite era para mí una fuente enrome de ansiedad, angustia y malestar.
Afortunadamente las cosas han cambiado mucho a raíz del profundo giro que mi visión del mundo ha experimentado en los últimos meses. Me siento mucho más dueño de mí mismo y de mi destino, y de alguna manera el hecho de empezar a respetarme ha hecho que tome conciencia de mi posición en la vida. Sin embargo, no siempre ha sido así, ni mucho menos.
Recuerdo por ejemplo los tiempos en los que estaba profunda y estúpidamente enamorado de la gemelita [4] hasta el punto de convertirme en una caricatura de mi amor propio. Nuestro idilio imaginario se extendió durante varios años, y quiso el azar que ambos coincidiéramos en una fiesta de nochevieja.
Días antes del evento yo no podía dormir. Cerraba los ojos en la cama y veía el suceso como una locomotra humeante que se dirigía hacia mí a toda máquina. Yo tenía los pies sobre una traviesa de madera. Los podía quitar de allí en cualquier momento y salir por piernas para dedicarme a cualquier otra cosa, pero si quería probarme digno de la vida tenía que mantenerme firme y esperar la hostia. Quizá, después de todo, pudiera parar viente toneladas de hierro con mis manos desnudas.
En esta vida llega siempre el momento en el que los miedos que creamos en el futuro llaman a la puerta. Aquella noche, un par de horas antes de encaminarme al evento, una lamentable tortilla de dos huevos fue lo único que pensé que mi estómago aceptaría. Mi madre me miraba mientras cenaba y debió de advertir mi blanca palidez. Me preguntó si estaba bien y contesté que tenía ganas de vomitar. Propuso que, si no me encontraba bien, quizá fuera razonable que no acudiera al sarao de aquella noche. Me metí otro trozo de tortilla en la boca y le dije que de ninguna manera. Aquella noche tenía una cita con el destino: tenía que parar un tren con las manos.
Llegué, saludé a mis amigos y pedí una copa en la barra libre. Más tarde pedí otra, y a la siguiente me invitaron. Después bebí varios copazos más. Allí estaba yo, perdido en la noche, con traje y corbata al viento en mitad de la vía del tren esperando a una muerte cierta, rodillas flexionadas y la mirada perdida intentando ver una luz o distinguir un sonido que precediera a la tormenta en la oscuridad. De reojo veía el escape a los amplios prados donde podría correr eternamente dando vueltas sin preocuparme de nada más, pero de alguna manera la cobardía no era una opción.
En algún momento alguien debió de cambiar las agujas y el tren jamás circuló por aquella vía. En algún momento, borracho como una cuba insuflado de un falso valor, terminé por caer sobre mis piernas y amanecí con la mejilla contra una traviesa. Me desperté con los primeros rayos de sol, me puse en pie, me sacudí el polvo del traje y eché a caminar de vuelta a casa con la certeza de que, de alguna manera, era un valiente. Seguramente un valiente gilipollas, pero un tío valeroso después de todo.
Después de aquella noche volví otras muchas veces a la vía del tren. Trabajé durante casi un año ahorrando dinero. Aprendí alemán de manera acelerada. Hice el petate y me largué del país. Conseguí el trabajo que quería. Lo soporté todo el tiempo que pude. Por el camino me enfrenté a otras gemelitas. Después de aquella noche detuve muchos trenes con las manos.
Cada vez me queda menos duda de que mis problemas físicos de los últimos diez años no fueron sino una manifestación de una ansiedad enorme producida por el simple hecho de existir. La vida, que de por sí no hace concesiones, es bastante más difícil cuando el mundo resulta una amenaza, cuando ciertos comentarios de otras personas son un cuchillo en tu estómago, cuando no reconoces la envidia sino que crees que sus manifiestaciones son opiniones legítimas.
No sabes quién eres, sino que dependes de los otros para saberlo. Pasas por la vida buscando la validación de los demás, preguntando a todo el mundo lo que opina antes de que dar un paso y reculando si tus planes no gustan a alguien, aunque sólo sea a una persona y ni siquiera sea digna de tu respeto. Eres un canto rodado que baja rebotando por el arroyo, sujeto a los caprichos de los torrentes, sin saber muy bien cuándo dejará de rodar, deseando simplemente llegar un día al mar y que todo acabe.
Pero se acabó: me planto. Aquí estoy. To be a rock and not to roll.
Detuve muchas locomotoras porque vi a otros hacerlo antes que yo. Sólo necesité verlo una vez para atreverme a reproducirlo. Esas personas me enseñaron que lo que yo creía imposible era factible. Me abrieron los ojos.
Ahora me toca a mí. Ahora soy yo el que va a demostrar que se puede doblar cucharas.
Links:
[1] http://en.wikipedia.org/wiki/Spoon_bending
[2] http://www.crichton-official.com/qa-travels.html
[3] http://www.elsentidodelavida.net/
[4] http://www.elsentidodelavida.net/amores-de-juventud