No hace ni un año que viví lo que entonces señalé en el calendario como [1]el peor día de mi vida moderna. En la columna que escribí para la ocasión describía un lastimoso paseo entre las ruinas haciendo cuenta de lo poco que quedaba. Creo que nunca antes había vomitado sobre una página en blanco. De repente a mi alrededor todo era mierda y yo, cubo en mano, intentaba achicar antes de que el horizonte superara la borda y terminara por tragarlo todo. Se había terminado el mundo tal y como lo conocemos. Vuelta a empezar. Desde cero.
Cuando volví a España en vacaciones quedé con un amigo que siempre tiene a bien comer conmigo. Normalmente es él quien cuenta las historias de desgracias y yo el que asiente mientras se lleva un pincho de tortilla a la boca. En esa ocasión los papeles se habían intercambiado. Yo era el que mostraba la desgracia en la pizarra y él quien escuchaba atentamente. Cuando terminé el muy cabrón se partió el pecho como si le acabara de contar un chiste. Le pregunté qué era tan gracioso. Contestó:
—Te voy a decir lo que siempre me dices a mí:
"Ya verás cómo nos reímos en un año"
Qué jodido es haber llegado al punto en el que no te queda más remedio que aplicarte tus propios consejos.
En ese mismo instante oyes un ruido pastoso y sabes que has tocado fondo. Te imaginas rebotando suavemente en el fondo marino del mar de la mierda a diez mil metros de profundidad y te dices "Bueno, por lo menos ahora toca hacia arriba". Con las dos manos te agarras el paquete, miras hacia la superficie y te preparas para intentar disfrutar el largo y pesado viaje.
La sorpresa viene cuando el trayecto se hace en un instante y en cuanto te das cuentas estás disfrutando del aire fresco y de una muda limpia. ¿Quién iba a imaginar hace diez mil metros que en seis meses iba a estar saltando las canciones tristes de la lista de reproducción y haciendo fotos en Kodakrome? Y pensar que uno a veces parece que disfrute más con el peso sobre la cabeza que en un picnic soleado que nunca se acaba.
Seis meses desde el corazón roto. Es increíble lo que se aprende por el camino. Las cosas cambian tanto en seis meses que cuando uno emerge de la mierda parece que lo haga en un planeta nuevo, lleno de cosas por descubrir y experiencias que vivir; un lugar en el que las cosas funcionan solas y lo hacen bien. Y lo mejor es la satisfacción de saber que ese nuevo mundo de piruleta te lo has montado tú solo con lo que llevabas en los bolsillos: un grapadora, un robot de cocina y un condón usado. Te sientes de puta madre. Piensas en grabar tu propia serie, un cruce entre McGyver y Bricomanía.
Y entre todas esas cosas nuevas por descubrir y las experiencias que vivir está Claudia, lo mejor que me ha pasado en mi vida. En mi vida nueva, en mi vida moderna. La vida antigua parece eso, antigua, en colores sepia. Pasas las hojas del álbum y todas las desgracias pasadas parecen eso, pasadas, inofensivas al otro lado del papel de celofán.
De repente todo ha cambiado. Salgo por la mañana a tomar un café y ya no piso una mierda de perro sino que me encuentro un nuevo anuncio de sujetadores en la parada del autobús. La vida hace simplemente lo que uno espera que haga: trae lo que te gustaría ver.
Y así, relajado, reclinado en el sillón de casa con los pies en alto y ajeno a los problemas del viejo mundo, uno comienza a hacer planes para el año entrante, cosas que antes se antojaban locuras y que ahora aparecen al alcance de la mano. Y uno concluye que si hace falta llegar hasta el fondo del mar de la mierda un millón de veces para ver un amanecer más bello que el anterior, que así sea.
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Y ahora, por primera vez en ESDLV, unos minutos musicales fruto del preciado tiempo libre navideño, la guitarra, el ordenador y unas dotes musicales que nunca supe que tenía porque hasta ahora habían estado detrás del celofán.
Gracias, Claudia.
Hey hola Claudia [2]
Links:
[1] http://www.elsentidodelavida.net/el-peor-dia-de-mi-vida-moderna
[2] http://www.sendofile.com/dl.aspx?p=0&uid=2627119-HeyHolaClaudia.mp3