Published on El Sentido de la Vida (http://www.elsentidodelavida.net)
El Barrendero
By ANTONIO NIVON SANTIAGO
Creado 05/11/2007 - 01:00

Me pareció una persona estúpida.

Decidí no ir a trabajar. Me bajé del camión. Mañana diré que estuve enfermo. Siempre hay enfermedades pequeñas que sirven como excusas.

Estuve sentado en la plazoleta universidad. El centro de la ciudad se encuentra pasivo, casi no hay ruido, hasta se podría decir que la ciudad descansaba. Eran las seis y treinta de la mañana, muy temprano en mi opinión. El sol se notaba opaco y el frío era tenue. No había mucha gente caminando en las aceras. Pensé que realmente no me encontraba en esta ciudad que se llena de gente, ruido y humo, como todas las demás ciudades grandes.

La fuente de la plazoleta no estaba funcionando. Cerca de mi, un barrendero comenzaba sus labores del día, barrer y barrer, no hacia otra cosa mas que eso. Despreocupado, sabe que al día siguiente la basura estará ahí nuevamente. Será nueva basura, pero para él debe significar lo mismo, basura, basura y más basura. Yo también estaba despreocupado, se que llegará el siguiente día, irremediablemente. Por qué preocuparse entonces.

Habían pasado treinta minutos y la gente comenzó a brotar, salían por todas partes, como si de hormigas estuviera hablando; alborotadas, desorganizadas. El barrendero seguía avanzando, lentamente. Se le nota los años en sus hombros. Me pareció una persona estúpida. Qué habrá hecho en toda su vida sino barrer.

Permanecí callado largo tiempo. La fuente aun sin funcionar. Imagine una persona caminando por ahí, aproximándose al interruptor que encendería los motores de la bomba para hacer brotar el agua. Una fuente es tan artificial, inocua, que necesita de alguien para funcionar. Todos necesitamos de alguien para funcionar, de otra manera, serviríamos para nada.

Tuve la sensación de que el tiempo avanza lento. El tiempo, el tiempo que no espera a nadie; constantemente nos alcanza y nos rebasa, juega con nosotros. El barrendero continuó escrupulosamente, lento, avanzando como si no quisiera. Se le nota que no le gusta ese trabajo. Me dieron ganas de preguntarle cuánto tiempo había estado haciendo eso. Deben ser años, pues la paciencia con que observa el lugar, selecciona por dónde comenzará, y la lentitud con la que recoge cada trozo delata sus años en servicio. Primero pensé que parecía un estupido, ahora siento que lo es, se le nota en el rostro triste y decaído una cara de estupido. Cuántos sueños habrá tenido en su vida, y todos tirados en la calle, como pedazos de basura que jamás logrará juntar, por más esfuerzo que haga.

Me sentí desesperado haciendo nada. Recordé cuando me baje del camión para llegar hasta el lugar donde estuve sentado. Recordé el camino para llegar a este lugar. Todo fue tan lento. Primero, estaba bañándome, luego tuve que tomar la toalla, secarme, lavarme los dientes, rasúrame, peinarme, ponerme la ropa, pieza por pieza, luego, el perfume, los zapatos, las agujetas, peinarme nuevamente, limpiarme los oídos, lavarme las manos, bajar, sacar el bote de leche del refrigerador, servirme un vaso, encender la televisión, buscar el canal de las noticias, ajustar el volumen, después, buscar un sartén, colocarlo en el quemador de la estufa, abrir el bote de aceite, vaciarlo un poco, esperar que el sartén se caliente lo necesario, mientras, lavar los tomates, el chile, los huevos, hacer el desayuno. Todo lo recordé en como si se tratara de una película que se repite diariamente, así en todo el mundo. Cocinar, desayunar, lavar los platos, lavarse los dientes, apagar la televisión, abrir la puerta, salir a la calle, cerrar la puerta, caminar hasta el paradero del camión. Mientras, el tiempo transcurre, lento, y nosotros no nos damos cuenta. Nos parece tan normal, tan cotidiano, que nos hemos olvidado del tiempo perdido. Creo que no existimos en esos momentos. Uno se va muriendo lentamente. Los otros también esperan en el paradero del camión. El barrendero debió haber hecho lo mismo, pero él se notaba más lento, cansado. Estamos condenados al tiempo. Amanece y todos haciendo lo mismo. Bañarse, desayunar, caminar, trabajar, caminar, esperar. De pronto uno se debe sentir viejo. Los años nos harán pedazos.

Eso estaba pensando, cuando repentinamente alguien encendió la bomba de la fuente, y el agua comenzó a brotar. Ahí estaba la persona encargada de la fuente. Debió haber estado esperando la hora exacta. Ahora tendrá que esperar para apagarla. Es una fuente circular, tiene un estanque muy grande, y en el centro se encuentra un motivo vertical de piedra con muchas hojas como adornos que termina en una media esfera, por ahí sale el agua. Primero comenzó a brotar lentamente, después, tomó su afluencia normal que llega como a unos dos metros de altura, no es mucho, es una fuente modesta. El estanque es muy grande y demoró en llenarse.

Casi dos horas estuve sentado en la plazoleta, observando la fuente. Entonces ya había mucha gente en las calles, mucho ruido. Caminaban de un lado a otro, yo los notaba muy lentos, y llegue a pensar que no saben hacía dónde se dirigen. Me imaginé la ciudad vista desde arriba y toda la gente caminando, un montón de bolitas negras moviéndose sin dirección.

Hay un Café apenas cruzando la calle, se llama “La biela”, Tiene un letrero grande que lo encienden por las noches y resalta el color de las letras. No he subido, pero me imagino que desde el largo balcón se puede ver, inclusive, la fuente y la mitad de la plazoleta. Creo es un buen lugar para morir; música alegre, cerveza y una vista mas o menos agradable, y en las calles, gente caminando hacia cualquier parte.

No me queda más por decir. Estoy escribiendo repetidamente la palabra estupido y quiere decir que debo terminar aquí. Me siento un poco nervioso y confundido. Ahora todo me parece estupido, hasta esta estupida carta. Me queda esperar la muerte, sólo la muerte, igual que el barrendero. El tiempo ya se me hizo largo.


Source URL: http://www.elsentidodelavida.net/el-barrendero