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El colegio, ciudad sin ley
By GonzoTBA
Creado 07/07/2003 - 06:43

Los niños son muy crueles. Lo sé porque viví entre ellos.

El colegio es una selva, un hervidero de pasiones de críos en la edad esa en la que uno no sabe si es sepia o calamar. Uno intenta hacerse un hueco y ni siquiera sabe qué asiento quiere. Los niños no deberían ser encerrados en un recinto durante tiempos tan difíciles como son la pubertad y la adolescencia. Hasta los presos tienen menos problemas personales que un niño creciendo.

Pero claro, los niños tienen que aprender a sumar, y luego a multiplicar, y luego las raíces cuadradas y los números complejos. Y la historia de España, y las teoría evolucionistas del descerebrado de Darwin, y saber por dónde va cada río y cuál es la capital de cada país (si supieran el tiempo que tiraron conmigo). Hasta que internet se desarrolle lo suficiente y cada niño pueda estudiar tranquilamente en su casa sin interferencias nocivas, habrá que confinarlos. ¿Qué se le va a hacer?

Hasta los 14 años más o menos el colegio va bien; bien comparado con lo que viene después. Yo tengo traumas desde el jardín de infancia.

Del jardín de infancia recuerdo varias cosas. El que unos años después sería mi mejor amigo, traía un balón de fútbol todos los días y a mí no me dejaba jugar. Así que toda la clase y algunos más se juntaban para darse patadas y de vez en cuando acertarle al balón y yo me tenía que dedicar a otros menesteres. Aunque se truncó mi trayectoria futbolística, procedí a desarrollar la capacidad de entretenerme con cualquier cosa, habilidad que ha llegado hasta estos días. Además me juntaba con otros niños con inquietudes como las mías, o a los que tampoco dejaban jugar al fútbol, y hoy en día tengo la suerte de poder hablar de temas que van más allá de la quiniela semanal.

También recuerdo con horror que no me gustaba la comida, ¿a quién coño le gustan las cerezas con seis años?, ¿por qué me obligaban a comérmelas si yo decía que no? ¿Dónde queda lo del libre albedrío? Como alma rebelde, tenían que perseguirme (literalmente) por todo el colegio para hacerme engullir las diversas delicias de la naturaleza, por lo visto destinadas a despertar mis sentidos a hostias. Tras la comida, nos metían en un pabellón a oscuras en el cual pretendían que durmiéramos la siesta. Creo que jamás pegué ojo allí, y lo poco que recuerdo de aquellas sesiones de reflexión post-cerezas haría un buen guión para una película de Tim Burton.

Luego vino ya el colegio propiamente dicho. Como comentaba alguien la semana pasada, desde los primeros cursos se definen roles y se establece la cadena trófica, en la que en seguida queda bien claro quién es el pez chico y quién el que le va a dar una somanta de hostias. El colegio es como la naturaleza, como una caja de cristal en la que se encierran bichos y se observa cómo se organizan. El próximo reality show de éxito será en un colegio. Lo de la supervivencia en una isla desierta no tiene ni la mitad de crudeza.

Hasta que los niños no empiezan a fumar, las diferencias entre unos y otros son físicas: está el niño gafotas, el niño gordo, la combinación de los dos anteriores (carne de cañón TM), el que tiene la cara hecha un mapa debido a las erupciones volcánicas de la pubertad, el que se adelanta a su tiempo y se le ven los pelos en las bolas en el vestuario, etc. Por supuesto, todos sus equivalentes en versión niña. La única diferencia entre ambas versiones es que, mientras que la niña sufre el acoso de compañeros a través de la tortura psicológica, la versión niño sufre el acoso en forma de tundas esporádicas y tratamientos de mantenimiento semanal. Tus palabras no quebrarán mis huesos, pero tus hostias... (no recuerdo muy bien el dicho).

El niño crece más o menos sano, aprendiendo geografía y batiéndose en alguna pelea ocasional para reforzar su posición en la manada. Cuando parece que uno le ha cogido el tranquillo, entonces empiezan las clases sociales: los niños empiezan a fumar y a mamar con cierta asiduidad. En mis tiempos esta edad estaba en torno a los 12 años y, aunque creo que ya nada me sorprende en este mundo, no quiero ni saber a qué edad se produce este cambio de estadio en la actualidad.

El caso es que, después de años de jerarquía establecida, se genera un nuevo orden social. Ahora el top de la crême es la clase que fuma (de momento cigarros) y que sale a privar los fines de semana. Si no fumas eres un degenerado social y el escarnio del grupo. En esta nueva clase dominante se ubican las tías buenas y los niños malotes. Por otra parte, los gordos gafotas ven en esta revolución social la oportunidad de un reconocimiento, y muchos se lanzan a darle al pitillo. Descubren que sus taras físicas serán pasadas por alto si deciden pagar el pequeño precio de encender un cigarrito. Muchos se lanzan al reconocimiento fácil y abandonan a sus amigos que, a pesar de tener granos en la cara o un sobrepeso evidente, han conseguido pasar por la infancia desarrollando un atisbo de personalidad.

Lo de las tías buenas es caso digno de estudio. Han caminado por la vida entre piropos y reconocimiento fácil, no han sufrido palos físicos ni emocionales. El resultado de este crecimiento en otra dimensión es una cabeza con menos contenido que un huevo Kinder. Se dejan llevar de aquí para allá, tienen menos criterio que una mosca de la naranja y no saben lo que es un puñetazo o una puñalada verbal. La mayoría consiguen empalmar este camino de rosas con la universidad e incluso con el mundo real, pero el batacazo cuando caen es tremendo.

Yo no sufrí sobrepeso, pero lucí miopía y granos como el que más. En el colegio cultivé la mayoría de complejos que conservo en la actualidad y jamás fumé. Tuve la suerte de rodearme de buenos amigos que conservo hasta ahora y a los que veo todas las semanas, más de 20 años después de darles la primera paliza o recibirla. El balance es más o menos bueno, pero las pasé putas. No volvería al colegio por nada del mundo.

Un último apartado es el de la ropa. Como si fueran galones, las etiquetas de tu vaqueros marcaban tu estatus social. Como buen niño, fui en chandal remendado con rodilleras hasta los 15 años, zapatillas desvencijadas completando el conjunto. Cuando pasé a los vaqueros, las chanzas eran continuas: unos días porque mis vaqueros no eran Chipie, otros porque me había hecho el dobladillo en las perneras porque me venían largos (joder, si el año pasado era lo más), cuando llegaba el verano porque me había recortado los vaqueros demasiado largos, o demasiado cortos, o... Vamos, que no daba una. Los años no me han cambiado, y me sigo poniendo lo que me parece cómodo y sigo reciclando ropa de otras temporadas bajo las coñas de mis amigos, que serán 20 años, pero siguen teniendo la misma mala leche del colegio para según qué cosas (dicen que la confianza da asco).

En fin, aquello fue el colegio. Evidentemente resumido en media hora, pero en esencia. Si alguien quiere que me extienda en algún apartado en especial, no tiene más que pedirlo; guardo traumas para dar y vender.


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