El gorgoteo de las olas al morir en la arena me relaja. La playa como escenario, la cervecita en la terraza...
Dos jóvenes juegan a quererse de mentira en la orilla mientras el sol me besa la cara..
- Ringgg...ringgg......ringgg...-
¿Las nueve ya?
Dios!! Si es verdad eso que dicen que existe el infierno, no dudo que tendrá como música de fondo el sonido de mi despertador.
Desafiando las leyes temporales, bato un nuevo record personal y en menos de 10 minutos me veo en el espejo del ascensor ensayando sin excesivo éxito el nudo de la corbata. Afuera llueve y al pomo del portal le cuesta ceder, pareciendo querer decirme: "¿Estás seguro?".
El móvil se agita inquieto en un rincón inalcanzable de mi abrigo. Es mi jefe jurándome castigo eterno si no llego a la reunión en 20 minutos.
Definitivamente, el día no promete.
Entre coches y charcos convierto la calle en una carrera de obstáculos, pero sin aros olímpicos ni medallas.
Me resulta bastante curioso pensar que la meta es llegar a una reunión a la que para nada quiero ir.
Irónico esto de vivir.
Al final de la calle, a modo de aparición mariana, con el gris impertérrito de la tormenta como fondo, asoma puntual el tranvía.
Suspiro tranquilo.
Empapado pero tranquilo.
Un último esfuerzo y con algo de suerte, no tendré que cargar durante toda la reunión con las miradas furtivas del jefe. Conozco torturas más humanas.
Sin embargo, con tanta lluvia había pasado por alto a la muchacha que conduce un carrito de niño obstaculizando mi particular carrera unos metros más allá.
Trato de evitarla con dignidad, sin perder las formas, pero la imagen de mi jefe escupiendo fuego por la boca me lo impide, y con un leve empujón consigo hacerme hueco.
Frenético y malhumorado, con menos dignidad que aliento llego a la parada, pero para cuando pulso el botón el tranvía arranca deshaciendo mi esperanza.
En ese momento hubiera pagado por ser capaz de matar con la mirada, y la joven, ajena a mi prisa y a la lluvia, mantiene hierática la suya mientras se acerca a resguardarse bajo la marquesina.
Continúo el infantil duelo de miradas desafiante y amenazador, cuando de repente siento unos golpecitos en mi brazo que provienen del carrito.
- " ¿Tere zé mi amigo?"
Me rindo. Una sonrisa con manos tira de mi chaqueta e
insiste de nuevo
- "Zeñó, ¿tere zé mi amigo?"
Empiezo a pensar que envejecemos mal.
Ridículo y culpable, le sonrío a la criatura con cara de tonto e inmediatamente escucho una voz femenina:
- "No le haga caso, habla mucho. Por cierto, lleva el nudo de la corbata algo torcido"
Definitivamente bajo la guardia y le agradezco el apunte, a la vez que me excuso en la prisa ante mi más que discutible estilo de vestir.
Tratando torpemente de ser amable me sorprendo preguntándole:
- "¿Dónde viaja?"
- "No sé. Aquí y allá. Más o menos donde el niño quiera, porque al fin y al cabo él y yo estamos aquí de paso"
Encuentro la respuesta curiosa. Incluso original, y mi sentido de la vergüenza se acentúa.
Para cuando me he querido dar cuenta el siguiente tranvía ya asoma. Sin lograr olvidar la ansiedad que me provoca la imagen de mi jefe en la cabeza subimos al vagón sentándonos uno enfrente del otro, y continuamos hablando cuando súbitamente el niño me confiesa un secreto:
- "Me damo Ariel, y zoy tu amigo"
Es curioso, me doy cuenta de que con tanta gente gris entre tanto día gris se pierden de vista las cosas que de verdad importan, y mentalmente comienzo a pensar cuándo fue la última vez que algún amigo me llamó precisamente así.
Definitivamente: Envejecemos muy mal.
En los breves minutos que dura el trayecto a mi parada la conversación evoluciona de trivialidades típicas de ascensor, a miedos que incluyen jefes malhumorados, pasando por ideales de vida por su parte.
En un momento de lucidez miro de reojo el reloj. El tráfico y los semáforos se han puesto de mi lado, todo apunta a que llegará a mi parada justo a tiempo.
El cadalso puede esperar. Ya no tengo que sufrir por mi hipoteca.
Momentos antes de arribar a mi destino, la muchacha interrumpe la conversación con un apretón de manos:
- "Te invitaría a un café pero no quiero que tu jefe se enfade. Deseo que te vaya muy bien en esta vida, de veras"
Tras un instante de duda, la imagen de mi jefe montando en cólera ante mi ausencia en la reunión ya no me parece tan dramática, así que mientras el tranvía arranca dejando atrás mi oficina, miro al niño y contesto, más convencido que nunca:
- "El mío sin azúcar, por favor. Yo también me bajo donde diga mi amigo Ariel, porque en esta vida que tú dices, yo también estoy de paso"