Published on El Sentido de la Vida (http://www.elsentidodelavida.net)
Despedir a la francesa
By admin
Creado 07/05/2007 - 19:58

Este texto es una colaboración enviada por MVM

Invierno. Espera. Una larga espera. Esperar y no perder la cabeza. Aguantar este indigno invierno, que no es invierno ni es nada. Como una fotocopia de una fotocopia... en fin, ya sabéis. Aguantar muchas cosas, por ejemplo, al subnormal ese que no sabe esperar cuando tiene que ir al lavabo. Paciencia. Me suben el sueldo y me da absolutamente igual. Esperar. Tres meses son noventa días. Cada día son veinticuatro horas. Cada hora son sesenta minutos. Ciento y picomil minutos esperando. Psé, haciendo mis cosas, no se vaya usted a pensar señora, pero esperando al fin y al cabo. Me llama amor mío y dice que me echa de menos. Por escrito. Yo también, joder, y cómo. De qué manera. Nadie lo sabe porque no lo cuento. He de hacerme el duro. Gilipollas. Como un niño bueno me aguanto aunque por las noches vea muertos, aunque sin ella mi cama sea ancha. A veces soy feliz y veo la luz al final del tunel, como los moribundos. Me concentro en mis cosas, keep focused man. Y fumo, fumo y fumo. Pero de pronto llega el buen tiempo y ella. Por fin. Yo voy en su busca: allá voy mi amor. Un viejo gordo ronca a mi lado en el ICE. Llego y llueve. Me dan la noticia: huelga. Cabrones hijos de puta, pienso, aunque sus razones tendrán en ese país de pobres muy pobres. Ahora todo está muy claro, que si va a venir, que si no va a venir... Yo espero de nuevo, a quién me llama amor mío, en esa ciudad llena de corbatas. Prometo cocinar para todos, para calmar los ánimos (vaya tela). Llega con retraso. Yo demasiado pronto y el aeropuerto está lleno de soldados americanos. Aparece por la puerta. Se ha encogido, pienso de manera estúpida. Nos abrazamos. Nos besamos. Si alguien sabe lo que es eso, sabrá cómo (de qué manera) me sentí. Volvemos a la ciudad de las corbatas y desayunamos. Es mi cumpleaños: alegría, alegría. Pero algo no encaja y yo, como siempre, me doy cuenta. Comienza la película. David Lynch la dirige. Kafka es el guionista. Un paseo, un largo paseo con explicaciones asépticas que no me dicen nada. Además, por qué nos acompaña ésta. Dos es compañía, tres es multitud. Debería estar a punto de estallar de alegría pero estoy alerta. Trata de arrancarlo, trata de arrancarlo, me grita el copiloto, que soy yo, pero todo lo que consigo hacer son errores. No me lo creo. No puede ser. Cuando me llama mi ex para felicitarme el cumpleaños, lo veo todo claro. La mando a freír espárragos, Pero gracias por llamar, le digo. Me llevan en un flamante coche al matadero. Llegamos por la noche y cenamos Abendbrot. Estoy alerta porque Casimiro dice que hay que irse a dormir y, con estas circunstancias a cuestas, no lo conseguiré. No lo consiguo, evidentemente. Me pregunta si quiero agua, la muy cobarde, y yo salto de la cama y me voy a fumar un par de horas. Vuelvo y, por imperativo legal, duermo. Por la mañana yo me levanto, como dice la canción, y deambulo por la casa entre música de acordeón y alemán con acento francés. Se despierta la bella durmiente y me cuenta un cuento chino que no tiene ni principio ni final, ni siquiera es chino. No es nada. Y yo vuelvo a llorar por nada. Me voy, le digo y ella se enfada. Adónde vas a ir piltrafilla, me dice con la mirada. Mierda. Está loca. Yo estoy loco. Dónde estoy. Sol. Eh? Qué? No, no es nada, estoy bien. Y una mierda. Son imágenes: ella bronceada, leyendo, por ejemplo. El sapo en el agua debajo del puente, al que acaricio pensando que es ella, y me muerde en el cuello. Si llaman, no estoy. Pero estoy y llaman. No sé qué decir, Ahá, Ahá, Claro, Gracias, Hasta luego. Miro lo que me rodea pero no veo nada. Tengo el cerebro como un colador. No, mejor, tengo el cerebro en un colador. Me lo están colando. Cabrones. Me duele el estómago. Me duelen los huevos. Pobres huevos. Me duele mucho, doctor, Dónde, Por todos lados, Pues habrá que cortar por lo sano. Tú estas sano, no? Extírpate. Sal, sal de ahí. Vete, fuera, largo. Se te va a caer encima como no te vayas, El qué, El mundo. Vale, me voy, sí. Cómo, de qué manera. Despertarse pronto. Me despierto pronto. Hacer la bolsa. La hago. Bajar y no encontrar a nadie. Está su padre con la nieta. Bonjour, dice. Guten Tag, digo. Y me voy como el que se va a comprar croissants.

Pasaron los días. Los más raros que recuerdo haber pasado nunca.

Llegué al punto de encuentro en cuestión, Calle Straße 19, y allí estaba aquel hombre barrigudo departiendo solemnemente con dos chicas rubias de risa floja y un tipo de dos metros al que por la indumentaria, como pasa con los del FBI, identifiqué automáticamente como informático. El hombre barrigudo me estrechó la mano sonriendo y me saludó, Soy el señor Hinz. Creo que contesté con un automático, Muy buenas, así, en versión original sin subtítulos y el señor Hinz se quedó unos segundos sin saber qué decir. Salvó la situación la llegada de la última invitada al evento, una mujer esbelta y embarazada que transpiraba simpatía por todos los poros de su gracioso (por el estado) cuerpo. Tras un nuevo y breve saludo a la recién llegada, con la seguridad de alguien experto en estas lides, el señor Hinz se dirigió a la escasa audiencia y dijo, Bien, si les parece, podemos empezar la visita.

La antigua inquilina siempre se sintió segura viviendo aquí, comentaba el señor Hinz mientras nos guiaba a través de un patio mal cuidado, y claro, también hay que pensar que la zona es muy interesante, añadió girándose sobre si mismo sin dejar de andar. Las dos chicas de risa floja hablaban entre ellas en voz baja. Finalmente preguntaron algo, Y la plaza Platz está cerca de aquí, Sí, sí, respondió el señor Hinz, está a cinco minutos andando. Y era verdad, una verdad tan obvia como que la capital de Papúa Nueva Guinea es Port Moresby. En ese instante supe que las dos chicas se iban a quedar la vivienda.

Segundo piso. Puerta de la izquierda. Pues esto es, dijo el señor Hinz al abrir la puerta, resumiendo las circunstancias lo mejor que pudo, y lo primero que vi yo fueron los fogones de la cocina. El pasillo era la cocina. Lo segundo que vi, o mejor dicho, que no vi, fue luz. Afuera teníamos el paradigma de un día primaveral y aquella vivienda parecía Helsinki en una lluviosa tarde de noviembre. La mujer embarazada creo que ni siquiera llegó a entrar. Aquel no era sitio para criar a un niño por mucho que la plaza Platz estuviera a cinco minutos. Las dos chicas iban y venían, repartiéndose ya las dos habitaciones y dejando el suelo perdido de risas flojas. El chico de dos metros deambulaba incrédulo por el apartamento y yo, por hacer algo, abrí la puerta del lavababo. Intenté imaginarme a mí mismo dándome una ducha ahí y no pude. Ni siquiera pude imaginarme a las dos rubias de risa floja dándose una ducha juntas en ese sitio y, para que dejara de intentar imaginarme cosas, apareció el señor Hinz, como por debajo de mi brazo que tenía apoyado en la puerta, y dijo, Sí, aquí hay que pintar los marcos de la ventana un poco mejor. Aquella era la señal acordada y decidí despedirme cortésmente deseándole mucha suerte en la búsqueda de un inquilino.

Salí a la calle y me puse a pasear. Me encontré con un amigo y nos fuimos a por un par de helados. Tumbados en el césped de un parque, tomando el sol y hablando del sexo de los ángeles, me dí cuenta de que estaba preparado. Dicen que buscar piso en Berlín es cosa fácil. También dicen que qué corto es el amor y qué largo es el olvido. Pero yo me alegro de seguir aprendiendo y de seguir sorprendiéndome de este mundo en el que, a veces, nos toca pasearnos como cuando vamos a una pinacoteca y en el que otras veces, para bien o para mal, somos los propios cuadros.







Historias relacionadas:

  • A propósito de Igor [1]

Source URL: http://www.elsentidodelavida.net/colaboracion-despedir-a-la-francesa

Links:
[1] http://www.elsentidodelavida.net/a-proposito-de-igor