Ahora les entiendo a todos: a la Chorreta, al Juli, al Chano, al Blas... a todos los amigos que pasaron por esto antes que yo. Ahora sé lo que se siente cuando te deja la mujer de tus sueños. Ahora sé de qué habla la música pop [1].
Igual que los historiadores distinguen entre historia e historia moderna, yo distingo entre mi vida y mi vida moderna. Mi vida moderna es todo aquello que pertenece a un pasado relativamente fresco y que puedo recordar con soltura, y abarcaría casi cualquier jornada de los últimos quince años en la que haya permanecido sobrio.
El martes pasado fue el peor día de mi vida moderna. El miércoles fue el segundo peor.
A media tarde me dijo la mujer de mis sueños que agua pasada no mueve molino, que no por mucho madrugar amanece más temprano y que buscara otro buen árbol al que arrimarme. Pasé la noche mirando el techo, sólo abandonando esta estresante actividad para, de tanto en tanto, hacerme un ovillo en las sábanas y sollozar un rato. Debí de dormir una media hora en el tren que volvía de Munich. Luego llegué a Regensperry y trabajé hasta que se hizo de noche y todo el mundo se había ido hacía horas.
Supongo que uno se puede sentir peor, pero me resulta difícil imaginarme cómo.
Ahora lo comprendo todo: la opresión en el pecho que te impide respirar, esa sensación de que el mundo en el que vivías hasta hace apenas 24 horas ha dejado de existir y de repente te encuentras en un lugar completamente ajeno, la opresión en el pecho que te impide respirar, el estruendo de tu vida al hacerse añicos, las ganas de nada, la opresión en el pecho que te impide respirar...
El dolor es terrible. No te duelen las manos, ni los brazos, tampoco las piernas... Te duele todo lo demás.
Ahora comprendo la mirada de odio en los ojos del Juli cuando, una semana después de haberle dejado la novia, yo le decía "¿Y esa mala cara? No me jodas que todavía estás con eso...".
Al Juli se le hinchaba la vena de la frente:
—¡¿Pero tú qué te crees, que esto es como un cagallón, que te sientas en la taza y plof, ya está?! —gritaba sacudiendo las manos.
Lo recuerdo como si fuera ayer. El Juli puede resultar gracioso incluso cuando nada en los más insondables pozos de mierda. Ese es su don, pero esa es otra historia.
No, ahora ya lo sé; lo he tenido que descubrir a los 31 años. Ahora ya sé que no es un cagallón. Ha tenido que pasar más de un lustro para que la parábola del Juli, ese filósofo, cobrara sentido para mí. A todo puerco le llega su San Martín.
Jamás pensé que fuera a escribir algo tan personal para ser leído por los ojos de tanta gente, pero poner mis penas por escrito y colgarlas en ESDLV siempre me ayudado. La única alternativa que se me ocurre es encerrarme en un coche y tragar anhídrido carbónico hasta perder el conocimiento, pero ni siquiera tengo coche.
Lo que más me preocupa, aparte de lo evidente, es que no siento ningún tipo de odio. Debería odiarla con todas mis fuerzas, debería querer quemar sus fotos y estrellar sus regalos contra la pared, pero no puedo. Intento hacer una bola con todo mi dolor y lanzarla en su dirección y es en vano: apenas los reproches salen de mí, se deshacen como la nieve bajo el chorro de aire caliente de una de esas máquinas de secarse las manos de los bares. No puedo odiarla, no puedo echarle nada en cara. Y me preocupa. En las películas el protagonista siempre se coge un cabreo de tres pares de cojones y termina tirando la tele por la ventana; esa es la única referencia de comportamiento que tengo para estos casos. Y yo no me siento así, y me encuentro descolocado como una modelo rechoncha en una página impar del Cosmopolitan.
El siguiente paso lógico ante la imposibilidad de cargar contra el origen de mi despecho sería odiarme a mí mismo, pero tampoco lo consigo. Debo de haber evolucionado mucho en los últimos años, porque soy incapaz de maldecirme por nada de lo que hice en el transcurso de estos diez años y que ahora pueda haber terminado con esta historia. Supongo que es debido a que fui yo quien en su momento tomó ciertas decisiones y quien asumió los posibles riesgos derivados de las mismas. Jugué con fuego y siempre fui consciente de que me podía quemar. Ahora sólo puedo cerrar la boca y lamerme las heridas. Me siento como una madre que ha prevenido a su hijo y aún así lo acoge incondicionalmente tras las consecuencias acertadamente predichas. Por lo visto me tengo aprecio después de todo, y eso sólo pueden ser buenas noticias.
Todavía no sé lo que he perdido; ando entre los escombros incendiados mirando los restos y viendo lo que ha quedado en pie.
Para mí ella era como las lentes que te van poniendo cuando vas a graduarte la vista. Te introducen un nuevo cristal en la montura atómica. Click.
—¿Y ahora? ¿Mejor o peor? —te preguntan.
Con ella todo era mejor. Ella era la lente que, cuando se interponía entre mí y la realidad, me permitía ver la belleza del mundo que mis obtusos ojos eran incapaces de discernir. Objetos anodinos, acontecimientos rutinarios... todo se redefinía cuando ella los señalaba con el dedo. Si camino del aeropuerto atravesábamos un pueblo nevado a las cuatro de la mañana con el coche del Chuky y yo creía que me estaba jugando la vida y que aquello era un infierno blanco, ella decía que aquello era precioso a las luces del coche y yo me lo creía. No importa lo que se me cruzara en la vida; ella lo miraba, me decía que era digno de admiración y yo me lo creía.
Un pobre idiota, quizá, pero feliz.
Ella decía que había descubierto su vocación y que iba a ilustrar libros y a pintar cuadros, y lo decía de tal manera que yo me lo creía. Entonces yo le decía que iba a vivir de escribir y dibujar y ella sonreía, y en ese momento todo parecía posible, y yo era tan feliz que no lo podía soportar.
Y ahora se ha ido y toda la belleza del mundo se ha ido con ella, y las cosas han dejado de ser evidentes, y ya no basta con imaginarlas para que se conviertan en realidad. Ahora estoy solo, y de repente me encuentro conteniendo las lágrimas e intentando hacer entrar el aire en los pulmones. De un día para otro hasta lo más cotidiano se ha convertido en una carga difícil de soportar.
Ayer me encontraba de camino a todas partes y hoy estoy en mitad de la nada.
Sin embargo estoy casi seguro de que no lo he perdido todo, de que soy capaz de apreciar al menos una parte de la belleza que me rodea. De su mano he subido escalones y he visto cosas que han cambiado mi vida. Ni estoy en el mismo lugar en el que comencé ni puedo volver a ver solamente las miserias del mundo. Junto a ella he estado en lugares fantásticos y he visto cosas que los demás sólo podían soñar, y no puedo ahora conformarme con el gris asfalto de lo cotidiano. Ella me sacó del equilibrio anodino de la mediocridad y ahora me deslizo alegremente por la vida, aunque sólo sea por la inercia de ese primer impulso que ella me dio. Un necio sería si, cegado por el odio o la ira, no fuera capaz de aprovechar el movimiento.
Tengo que seguir creyendo. Antes parecía tan fácil...
Atrás quedan fotos que debería querer quemar y no quiero, pequeños detalles suyos aquí y allá, su aroma entre las sábanas, el eco de sus risas en la habitación, y un cuadro de Regensperry que terminó de pintar apenas hace un par de semanas:
[2]Debería deshacerme de él, pero no puedo. No puedo destruir lo bello por mis simples caprichos. Ya no.
Creo que me sentaré a mirarlo, a reflexionar sobre cómo podré seguir encontrando las flores entre el estiércol ahora que estoy solo, y cómo haré para seguir creyendo. Intentaré recordar todo lo que aprendí mientras contemplo la puesta de sol sobre un Regensperry acuarelado. Es un trabajo ingente, pero me lo debo.
Luego lloraré un poco más.
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Links:
[1] http://www.elsentidodelavida.net/node/290/
[2] http://www.flickr.com/photos/86789443@N00/449623807/
[3] http://www.elsentidodelavida.net/node/264
[4] http://www.elsentidodelavida.net/node/290
[5] http://www.elsentidodelavida.net/node/336
[6] http://www.elsentidodelavida.net/node/402