Dicen que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Si escribir es un poder, se puede decir que la responsabilidad la aprendí desde el minuto cero. Cuando uno se inicia en la revista de la escuela y su pasatiempo favorito es poner profesores a caer de un burro, los pies de plomo vienen de serie.
Me tiré una buena temporada trasegando docentes sin que nadie pudiera echarme nada en cara. Caminaba sobre la delgada línea que separa la mofa del insulto con la soltura de un habilidoso equilibrista. Durante años hice de la ironía y la mordacidad mis mejores aliados para conservar la cordura en una institución en la que se empeñaban en convencerme con periodicidad trimestral de que era imbécil en varias dimensiones. Durante todo aquel tiempo sólo supe escribir con la espalda contra la pared, protegiéndome de todo lo que me acechaba con lo único que mi entorno me inspiraba: odio. No supe hasta mucho después que había otras maneras de escribir.
Uno de los modos de compensar las interminables horas que llevaba confeccionar la revista de la escuela era obteniendo pasta de la publicidad que incluíamos en sus páginas. La mayor parte de los ingresos provenían de las academias a las que los universitarios nos veíamos obligados a acudir para solventar la incompetencia de nuestros profesores locales. Ellas nos pagaban una cierta cantidad de dinero y promocionaban sus negocios a página impar completa. Como nuestra tirada la costeaba rectorado, al final siempre había para una buena cena y algún que otro extra.
Recuerdo la academia Perrymus. En ella se impartían clases de prácticamente todo. Se suponía que era la punta de lanza de la enseñanza extrauniversitaria: clases modernas, secretaria con sonrisa de marfil, un amplio plantel de especialistas en diversas materias... Siempre pensé que los profesores estaban altamente cualificados hasta que ficharon al Juli para impartir Transmisión de Calor, pero eso no sería hasta muchos años más tarde. Los docentes hacían más horas que las putas y cobraban mucho menos. El dueño era un Minglanillas de aquel universo paralelo a la universidad, un tipo pequeño y amargado que disfrutaba mirándose el ombligo en el pequeño mundo que regentaba. Cada vez que editábamos el anuncio para la revista nos llamaba tres veces para que le cambiáramos el tipo de fuente, y otra más para que incluyéramos el nuevo logo que había vuelto a retocar. Después siempre pagaba a regañadientes, y se quejaba de que los nombres de las asignaturas habian quedado demasiado prietos o de que el papel no era lo bastante blanco. A mí me parecía que lo que en realidad sucedía era que sufría un complejo de picha corta y que además estaba mal follado.
La academia de la competencia era un piso antiguo en el centro de la ciudad en la que un tipo cachondo con mostacho daba clases. Las mesas eran viejas, no había secretaria de sonrisa profidén y un tío mayor de mejillas rosadas y aspecto bonachón lo hacía todo. Acceder a aquel lugar era como haberse arrastrado por la madriguera del conejo para aparecer en un universo de academias paralelas.
—Armando, ¿te parece bien el anuncio así?
—Puta madre. Eso sí, acuérdate de que ahora en el segundo cuatrimestre las ecuaciones diferenciales son en derivadas parciales.
—Coño, cierto. No te preocupes que lo corrijo antes de que salga.
Creo que esa fue la conversación más acalorada que llegamos a tener por el asunto de la publicidad.
Puedo decir que conozco la diferencia entre el día y la noche porque hice Cálculo II en Perrymus y me trajiné las derivadas parciales en la academia Armando.
Durante mi trayectoria universitaria hubo varias ocasiones en las que en el camino creí encontrar muros infranqueables. Sencillamente pensé que jamás podría aprobar ciertas asignaturas. Al final siempre encontraba la manera, pero hubo momentos en los que realmente pensé que, si tenía que aprobar aquella materia para terminar la carrera, aquello simplemente no iba a suceder.
Uno de esos momentos de absoluta certidumbre vital lo experimenté con las ecuaciones diferenciales. En aquel momento de flaqueza espiritual recurrí, como ya lo había hecho anteriormente en Dibujo Diédrico, Física III, Cálculo II y Química Orgánica, a la ayuda especializada.
Me enrolé en el curso del cuatrimestre que comenzaba en la academia Armando junto con cinco chavales varios años más jóvenes que yo y con una chica que al final del curso me terminaría dando calabazas:
—¿Qué haces este fin de semana? —pregunté.
—Me voy con mis padres a la urbanización.
—¿Crees que podríamos quedar el siguiente, el otro, o algún fin de semana en el marco temporal de los próximos dos años? — Yo era tímido redomado, pero tenía otras calabazas frescas y mis ganas de marear la perdiz aquella temporada eran aproximadamente iguales a una división por infinito.
Las clases terminaron. No me comí un rosco pero aprobé las Ecuaciones Diferenciales en Derivadas Parciales y además disfruté en el proceso. Esa frase y "me pillé un huevo con el quicio de la puerta y me gustó" comparten el mismo grado de coherencia semántica. El milagro se lo debo a Armando.
Yo había llegado a su puerta como un perro apaleado. Rehuía el contacto con cualquier organismo docente y gemía de dolor cuando alguien sacaba una integral doble. Él me acogió y me dio sopa caliente hasta que me repuse de todo el odio que se me había incrustado en los huesos. Cuando salí de allí no sólo fue para aprobar ecuaciones diferenciales, sino para ver la vida de otra manera. Hay personas que tienen el poder de reconciliarme con el mundo, y Armando fue una de ellas. Tanto hizo por mí que, en cuanto tuve oportunidad, intenté expresar mi gratitud del único modo en que sabía hacerlo: escribiendo.
Hasta aquel momento sólo había sabido escribir con la espalda contra la pared, protegiéndome de todo lo que me acechaba con lo único que mi entorno me inspiraba: odio. Fue entonces cuando, por primera vez, salí en camiseta a la arena de la plaza para escribir de otra manera: desde el agradecimiento y la admiración.
El resultado, tosco para mis estándares actuales (afortunadamente), apareció en una página par cualquiera en un día que no recuerdo de Diciembre del 99:
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A veces uno tiene la noche y le entra la vena filosofal. Si además uno escribe en el BIELA, pues puede hacer que varios cientos de personas lleguen a leer sus desvaríos, lo llaman el poder mediático, creo. Son esas noches en que uno se pone a pensar en los misterios de la vida, en aquella gracia que Motos dijo algún día, en su fundida de Física II en Junio: en fin, en el sentido de la vida. Uno se para y mira atrás con la mirada de aquel que a sus veintipocos años se cree que lo sabe todo, aunque afortunadamente sabe que no tiene ni puta idea de qué pinta aquí. Menos mal que algunas cosas sí las tiene claras.
Uno viaja, aunque sea a la esquina. Va por aquí, va por allá, intenta hacer todas las cosas que su limitado presupuesto le permite, y ve lugares y cosas y conoce personas. Y al final uno se da cuenta, no hacen falta muchos más de veinte años, de que no importa el lugar y no importan las cosas, lo importante son las personas. Uno se da cuenta de que los momentos los hacen las personas, y de que no es posible una vida decente sin unos buenos amigos ni una buena noche sin una buena compañía.
Así, uno deambula por la vida encontrando de todo: gente que se arrepentirá de haber conocido y gente especial que habrá valido la pena haberse encontrado. Desgraciadamente, el número de sujetos del primer grupo es sustancialmente mayor que el número del segundo, pero la impresión que uno se lleva de los segundos es tan grata que hace que todas las metidas de pata anteriores hayan valido la pena, y eso que uno puede llegar a toparse con cretinos de gran calado.
Pues bueno, yo conocí el año pasado a Armando, o el anterior, no recuerdo, pero el caso es que fue seguro el año pasado cuando tuve el placer de acudir a sus clases de EDP en la curiosa academia que ostenta su nombre (intentaré completar el artículo sin que suene a reportaje publicitario, más que nada porque Armando no ha pagado extra por este artículo).
A mí, EDP, sinceramente, me producía náuseas, me ponía casi tan mal como con el Cálculo II: me subía la tensión y me salían granos en el culo. Sin embargo, yo llegué a disfrutar yendo a sus clases de EDP, disfrutaba con sus historias, con sus anécdotas y con sus sanas gilipolleces. Sinceramente todos deberíamos pasarnos el día haciendo el capullo, por lo menos a media jornada; es cojonudo. Y se puede hacer el tonto y aprender Ecuaciones Diferenciales a la vez, yo lo hice y no soy ninguna lumbrera. También puede ser que Armando disfruta con lo que hace, y eso se nota.
La Academia de Armando es especial, como él. No hay secretaria con sonrisa profidén, no hay mobiliario de última generación, las clases se sabe cuándo empiezan pero no se sabe cuándo acaban, ni siquiera dónde acaban, ya que a veces se termina tomando un café en el bar de abajo, o se empieza, porque no importa, hay tiempo para todo. Y cuando uno va todo el día estresado de aquí para allá, haciendo el capullo sin obtener satisfacción por ello, y cuando uno tiene la oportunidad de contagiarse de esa serenidad y esa pachorra desenfadada, de verdad que lo agradece. Porque afortunadamente no sólo lo malo se pega.
Armando es un tío guay, como diría una abuela que dicen los jóvenes de hoy en día. Se deja llevar por la vida con sencillez y humildad. Se ríe de todo: Armando está siempre de coña, por lo menos siempre que yo le he visto. Siempre hace reír, y sólo eso ya merece banda y diploma. Por eso cae bien a todo el mundo y las nenitas lo adoran (que sí, que lo he visto yo). Armando debería llevar colgado del cuello un cartel que dijera “soy de puta madre”, pero es demasiado modesto para eso. Qué se le va a hacer. De todas maneras ya se encarga la gente de recordárselo.
En fin, Armando, que ha sido un placer conocerte. Y pocas veces digo esto en serio. Sólo espero que no tenga que encontrarme muchos cretinos por el camino hasta conocer al próximo cachondo, al próximo con el que me pueda reír de las cosas que más me agobian, a la próxima persona que me pueda enseñar algo más que Ecuaciones Diferenciales, que eso, al fin y al cabo, de bien poco me va a servir en la vida. Qué curioso.
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A los pocos días de publicarse esto Minglanillas nos llamó a su despacho en la torre más alta del castillo de Capullolandia en el reino de las academias de cristal. Yo ya sabía de qué íbamos a hablar. Confiaba en que, al haberse publicado mi pequeño homenaje a Armando en una anodina página par a tres columnas, no lo habría leído nadie, pero él debió de encontrarlo mientras repasaba la revista para comprobar si le habíamos escatimado tinta a su anuncio.
–¿Qué es esto? –dijo sosteniendo la publicación por la página dieciséis.
–Algo que escribió un lector. Llegó al buzón el otro día y andábamos escasos de contenido.
Minganillas miró la revista y permaneció callado pensando unos segundos buscando el efecto deseado.
–Esto es publicidad descarada. ¿Lo habéis leído bien?
–No sé. Ya digo, se ve que lo mandó algún alumno agradecido.
–¿Cuánto os ha pagado? –preguntó.
–Aquí nadie ha pagado nada, no se confunda.
–Pues esto es un publirreportaje en toda regla. Debería daros vergüenza editar algo así. ¿No tenéis ética periodística?
Nos encogimos de hombros. No teníamos mucho margen de maniobra, como mucho una cara de tonto. Nos arriesgábamos a perder un buen anunciante, y dios sabe que éramos jóvenes y necesitábamos el dinero, así que durante cinco minutos soportamos una encendida perorata sobre la pérdida de los valores espirituales en occidente y sobre la integridad, la honestidad y otras cualidades del alma humana. Cuando nos levantábamos para irnos con el rabo entre las piernas, preguntó:
–¿Qué me costaría que me hicierais algo así?
Tonk. Es un ruido sordo y desagradable. Es el sonido de la dignidad tocando fondo. Aquella debió de ser la primera vez que lo reconocí. Ahora distingo el sonido incluso antes de que se produzca el golpe.
Aquel Minglanillas vivía en un mundo diferente al mío; un mundo en el que todo existe a un precio determinado. Las cosas no suceden, se encargan por una cantidad negociable. En su mundo, una caja de pinturas y un lienzo ya son un cuadro.
Armando, por su parte, disfrutaba con lo que hacía, y eso se notaba desde que entrabas por la puerta. Era un tío feliz que intentaba ayudar a la gente. Las ecuaciones diferenciales eran para él el cuadro que había que pintar. Cuando por fin sus alumnos se presentaban a los exámenes, él rondaba las aulas caminando por los pasillos, haciendo tiempo nerviosamente hasta que sus vástagos terminaran la prueba para poder saber cómo había ido todo. Cuando las diferentes escuelas celebraban sus correspondientes días del patrón, él era el único anunciante que era invitado por las redacciones de las revistas para tomar jamón y vino.
Aparecí por la puerta de la academia Armando para cobrar la publicidad. Armando me llevó a un rincón y me mostró el BIELA abierto por la página dieciséis.
–Oye, ¿sabes quién ha escrito esto? –preguntó.
Me sentí algo incómodo. En estos tiempos tener sensibilidad no está muy bien visto. Tampoco me costó demasiado ceder.
–Sí, lo sé: lo he escrito yo.
Una sonrisa le estiró ambos mofletes hacia los lados:
–Gracias –dijo–, muchas gracias. Mi mujer lloró mientras lo leía. Dice que es lo más bonito que alguien ha escrito jamás. No sabes cómo te lo agradezco.
No tenía que dar las gracias por nada. Era yo quien se había quitado un peso de encima escribiendo aquellas líneas.
–Oye. ¿Esto... os ha dado algún tipo de problemas? –preguntó a renglón seguido.
–Bueno, el de Perrymus se ha quejado. Ha cogido un berrinche de cuidado, en honor a la verdad. Incluso es posible que deje de ponernos publicidad.
–Ese tío es un estirado. Mira –me dijo–, si deja de poneros publicidad, yo os pago su parte.
Nos dimos la mano y nos despedimos. En el siguiente número Minglanillas volvió a poner su anuncio. Imagino que él nos necesitaba más a nosotros que nosotros a él. Yo seguí aprobando asignaturas y al final no les quedó más remedio que darme el título. De Armando no volví a saber más. Si alguien se lo encuentra, le puede decir que todavía me acuerdo de él. Más que de Euler.
Han pasado ya ocho años y no he vuelto a ver una ecuación diferencial en derivadas parciales, sin embargo he seguido utilizando mucho de lo que allí aprendí. Entre otras cosas, que una caja de pinturas y un lienzo no son un cuadro.