Published on El Sentido de la Vida (http://www.elsentidodelavida.net)
La semana pasada compré un pisapapeles
By GonzoTBA
Creado 04/12/2002 - 08:21

El que pasee por estas páginas buscando encontrar el sentido de la vida, lo lleva claro. ¿Por qué? se preguntará el lector, ¿no es acaso ese el pretencioso título de este lugar? Bueno, déjenme expresarme. Tras leer a diversos filósofos (los que me hicieron tragar en COU), después de ver las reposiciones de Verano Azul, tras disfrutar varias veces con "The Meaning of Life" de los Monty Python, creí estar cerca de El Sentido de la Vida. Pero ahora he comenzado a trabajar a jornada completa y, si alguna vez estuve cerca de conocer el verdadero sentido de la vida, ahora estoy a tomar por saco de cualquier conclusión razonable. Creo que la vida está hecha de pequeños momentos, de pequeñas ilusiones, de pequeños caprichos como el que me di la semana pasada. Otro día pondremos otro ejemplo, pero hoy a lo que vamos.

Ahora que soy una persona responsable y estoy a cargo de... cosas, ando bastante más ocupado, tanto no doy a basto con todas esas pequeñas obligaciones diarias. Hasta ahora disponía de un PDA (Papel De Apuntar) para tomar nota de todas mis citas y quehaceres, pero un personaje como yo, "friki" de la electrónica y consumidor compulsivo de artículos a pilas, necesitaba un PDA (Personal Desktop Computer o algo así) como dios manda. Así que, ni corto ni perezoso, busqué algo que satisficiera mis ánimos consumistas ante las críticas de algunos de mis amigos, incapaces de comprender que alguien pudiera gastar más de 120 euros en una agenda que no tuviera gusanillo ni rayas horizontales. Luego alguno se gasta un pico en una camisa de Ralph Perry y yo me callo la boca. Cada uno tiene sus manías, y dios en la de todos.

Una vez decidido que vas a gastar el dinero, la primera pregunta es la peor, ya que marca tu existencia a corto plazo, y a mí y a los corderos no nos gusta que nos marquen nada: ¿Cuál me compro? Preguntando a mi sufrido amigo Santiago Romero, pringao de turno (y creo que hasta le empieza a gustar) y PDAdero profesional, me dice que la suya, la Palm105m. Sin duda parece la mejor opción, ya que en caso de que se me rompa cualquier tripa, siempre está su teléfono a mano. Como dice el dicho: "Lo importante no es saberlo todo, sino tener el número del que lo sabe". Hacemos un buen equipo: yo tengo su número y él parece saberlo todo. "Simbiosis", dirían algunos. Así que esta vez ha sido fácil. Me explica las características y parece el PDA hecho para mí. Paso días fantaseando con que mis manos recorren sus delicadas curvas, sólo levantándolas para fantasear con que pasan por las curvas de la Crawford. Los días transcurren lentamente esperando el momento de pasar por el Carrefour, la megatienda que han abierto en la esquina o el badulaque. Si total, ese modelo lo tienen en todas partes. O lo tenían.

Ni en el Carrefour, ni en la megatienda, ni en el badulaque, ni en la tienda de ultramarinos: el modelo ha desaparecido del mercado; se lo ha tragado la puñetera tierra. La madre que los parió a todos. Lo han sustituido por una mierda blanca con el mismo precio, la mitad de prestaciones y con nombre de jugador de fútbol. ¿Cómo gastarme en esa porquería con sólo dos megas el presupuesto de la Crawford? El modelo superior, la Palm 125 (creo) vale casi el doble, y total, yo lo quiero para tres chorradas. Por el amor de dios, si ni siquiera tengo citas serias. Menuda contrariedad.

Espoleado de nuevo por mi inefable Romero, cazador de gangas sin parangón, me dirijo bajo su tutela a la web de la fnac. Allí, tras una breve búsqueda, aparece la Crawford. Mis manos vuelven a acariciar sus curvas y a meter los dedos en donde se ponen las pilas y todas esas guarradas, y corro a mi banco electrónico favorito a pagar lo que haga falta. Bendita sea la fnac. Viva Francia. Igualdad, fraternidad y PDAs.

Dos días después, a las 8 y media de la mañana, a una hora que en otros tiempos me habría pescado luchando a brazo partido con Morfeo pero que en estos tiempos de mierda que corren me pillaba poniéndome la camisa, llama el repartidor a la puerta. Garrapateo una breve firma en una hoja y corro a casa a desnudar a la Crawford, que viene enfundada en un traje blanco acartonado que no le hace justicia en absoluto. Abro la caja, arrojo los manuales a un lado, pongo las pilas en su sitio, presiono el pedazo de botón de ON y ... nada. Presiono de nuevo con el mismo resultado. Nada. Que no cunda el pánico, pueden ser mil cosas. Media hora después, sólo quedaba una cosa que pudiera ser: que estuviera irremediablemente jodida. Le había puesto las pilas de una docena de maneras diferentes, le había puesto las pilas del mando a distancia de la cocina, de la calculadora, de la lavadora... Aquello no reaccionaba ni dejándolo caer al suelo con contundencia. De repente, todo empezó a dar vueltas.

Salí a la calle y el día era gris. El viento arreciaba y los pájaros se abrigaban en las copas de los árboles. Mi mundo se había venido abajo. Hacía apenas unos minutos podía tocar el cielo con la punta de los dedos y ahora me arrastraba por el fango de la vida, sobre la mierda que cagan los perros de los perdedores. Para que veáis lo frágil que es la felicidad y lo gilipollas que somos. Y no sólo yo, que seguro que algo así os ha pasado a todos.

En fin, tras todo un día lamentándome por haber comprado el pisapapeles más caro de mi vida (creo; tendría que revisar archivos para estar seguro), acabé pasando por la fnac donde me reintegraron el importe y casi la moral. Lo que no me devolvieron fueron los 6 euros de gastos de envío, y eso me tocó los bemoles. Cierto es que la compañía de transporte había cumplido y merecía sus 6 euros, pero no era yo el que había vendido una Sara Montiel como si fuera la Crawford.

Normalmente, soy vago por naturaleza. Sería capaz de dejarme dar por el culo sólo por no tener que decir que no. No porque no sepa decir queno (NO), sino por las molestias. Sin embargo, tan cabreado estaba por el hecho de que una empresa gabacha hubiera destrozado mi vida, que les dije, con toda rotundidad, que me parecía muy mal que tuviera que pagar yo los gastos de envío de la piedra, y que eran unas muy malas personas. Eso fue hace unos días, y todavía sigo esperando a que llegue mi nueva Crawford. Si tengo que pagar los gastos de envío lo haré, claro, por no protestar. Si encima funciona, igual hasta voy a la fnac y les bailo un zapateao un bolas sobre el mostrador, de puro contento.

Moraleja de la historia: Las pequeñas cosas son las que hacen la vida: un pequeño yate, un pequeño deportivo, una pequeña fortuna... Las cosas pequeñas pequeñas, como la Palm, son las que te alegran o te hunden el día. Otro día veremos otro episodio de El Sentido de la Vida. Ya os contaré si esta vez llega de nuevo Sara Montiel. Tan gilipollas soy que seguro que la empaquetan y me la vuelven a mandar, y así hasta que haga ricos a los de la empresa de transportes. Gilipollas.


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