Después de casi tres años, mi colchón vuelve a estar en el suelo. Es algo así como una vuelta a los orígenes. No sé por qué pero me gustan los colchones en el suelo; las habitaciones parecen más espaciosas y cuando follas sólo se escuchan el viento y las trompetas del apocalípsis. Mientras escribo estas líneas son casi las doce de un domingo interminable en el que la espalda me indica que he cometido excesos y que los pagaré. Mi nuevo compañero de piso, Chucky, introduce tornillos en láminas de madera que posteriormente ensambla para dar forma a su nuevo entorno IKEA.
Casa nueva, vida nueva.
La nevera está vacía, bebemos agua directamente del grifo porque no tenemos vasos, cuando salimos de casa quitamos los plomos para no tener que ir apagando todas las lámparas que se desperdigan por el suelo. Mis escasos muebles se encuentran despiezados y desperdigados por todas las estancias. Ni siquiera si llego a reunir todas las piezas que componían el armario estoy seguro de poder volver a montarlo. Lo que es ya desgraciadamente un hecho es que no cabrá en el dormitorio porque el techo mide algo menos de dos metros.
Es lo que tienen los edificios históricos por muy renovados que estén. La señora que nos lo alquila dice que aquí vivió antes una familia, pero a juzgar por el estado del parqué yo diría que aquí vivía una pareja de leones que, disfrazados de erizo, copulaban salvajemente por todas las habitaciones. En algunas estancias las marcas en el suelo parecen iniciadas por los mismos mecanismos naturales que convirtieron el cañón del Colorado en lo que hoy conocemos. Curiosamente, el lamentable estado del parqué fue determinante en la trayectoria que nos terminó colocando en esta casa.
La señora abrió la puerta y, mientras caminábamos por la diferentes habitaciones, Chucky me dijo:
---¿Has visto el parqué, cuñao?
---Es impresionante. Decir que está hecho mierda es pervertir la semántica española.
---Sí ---dijo aspirando profundamente como si oliera el napalm por la mañana---: me encanta.
Ambos teníamos claro que buscábamos algo de combate, un lugar cómodo y práctico en el que no hubiera que preocuparse de nada y el único objetivo fuera disfrutar de una vida de solteros en el carril rápido, una vida en la que antes se compra la videoconsola que el lavaplatos. En ese suelo, si a alguien se le caía una colilla, podíamos sentarnos en círculo a ver cómo se consumía la madera. Sin duda aquello era lo que estábamos buscando; más tarde decidiríamos qué consola comprábamos.
Después, cuando le dijimos a la señora que si nos elegía a nosotros no tendría que acuchillar el parqué, supimos que pronto estaríamos todos de acuerdo. La visita continuó.
---Chucky, aquí no hay cocina ---comenté al ver que lo único que albergaba aquella estancia era un fregadero.
---Eso es algo que no te tiene que preocupar ---respondió con tranquilidad.
Chucky parece que haya estudiado derecho nacional e internacional, económicas, historia, varias ingenierías y un par de cosas para las cuales no ofrecen cursos en instituciones legales. Conoce todos los mecanismos de la vida alemana y se mueve por terrenos escabrosos como ladilla en vello púbico. Esta misma tarde estábamos recogiendo el horno con cocina vitrocerámica que compró por eBay la semana pasada al razonable precio de 50 euros. Puede parecer mucho dinero, pero el sofá que ahora tenemos en el comedor lo adquirió hace un año por una cantidad 50 veces inferior. Por aquellos entonces yo compré un ordenador en eBay y a día de hoy mi abogado sigue persiguiendo al tío que me la metió doblada. Ésa es la diferencia, y espero que cuando salga de este nuevo curso de la vida, esa diferencia se haya reducido.
Así que aquí estamos. Las bombillas cuelgan de cables del techo, y es muy probable que de aquí un año sigan así. Cuando nos vamos a dormir hay que "darle al catorce" para que el extractor del segundo baño no pase la noche dando vueltas haciendo un ruido infernal. El catorce es el fusible que lo priva de electricidad; a él y a media casa. En fin, que todavía hay que hacer algunos ajustes, pero estamos céntricos pero tranquilos, tenemos cuatro habitaciones y un comedor, dos baños separados, una terraza para tostar chuletas cuando haga sol y un suelo sobre el que se puede caminar con botas de clavos sin que a nadie le importe una mierda. A veces la felicidad más absoluta cuesta relativamente poco.