Los vecinos son personajes fundamentales en nuestras vidas. Con ellos compartimos alegrías y penas, los conozcamos o no los queramos conocer. No en vano, los Simpsons tienen al Flanders, que ya lo quisiera más de uno para él a cambio de uno que sí que existe en la vida real.
Yo vivo en las afueras, en un chalé, y a los vecinos los sufro a una cierta distancia. El contacto visual directo es más bien ocasional, y la mayor parte de las veces están luciendo pancha en la piscina al otro lado de la valla. Una delicia. Afortunadamente, casi todos los veranos las vallas están tupidas, así que el mal es menor a menos que ponga la visión de rayos X.
A lo largo de todo el tiempo que llevamos viviendo aquí, casi ya veinte años, algunos vecinos han ido desfilando, sobre todo los de la izquierda (no sé qué tendrá esa casa), y ha sido casi siempre a peor. Por otro lado, los de atrás han pasado de ser una pista de tenis a ser una banda de cretinos. El resto más o menos bien, pero vamos por partes.
Cuando los vecinos viven en pisos, las posibilidades para incordiarte son prácticamente infinitas: te mandan el ascensor al último, te estiran de la cadena a las 4 de la mañana, echan el típico casquete con sinfonía de cabezal de la cama contra la pared, baten un huevo a medianoche, etc... Sin embargo, los vecinos "campestres" no tienen al alcance ese tipo de recursos, así que recurren al arma más definitiva y contundente que se conoce: el perro patada.
El perro patada o pseudo-perro es un cruce entre rata y can. No levanta un palmo del suelo y no sabe adónde va porque el pelo le cubre los ojos, pero es capaz de emitir un lamento parecido a un ladrido durante periodos inverosímiles de tiempo. Es un arma letal de destrucción masiva, ya que es capaz de molestar a familias enteras, y puede provocar pérdidas de control incluso en personas equilibradas.
Cuando un vecino quiere destrozar la vida de una familia, compra un segundo y a veces un tercer perro patada. En escuadrón son imparables. Es el caso de mis vecinos de enfrente. Nada menos que tres de estos animales del averno tienen en el jardín. Y cuando les da el tic, son imparables. El otro día estuvieron ladrando desde las 11 de la noche hasta las 2:30 am, momento en el que perdí el conocimiento debido a la crueldad del martirio. No sé a qué coño ladran, pero su capacidad es inaudita. Ni los perdigones los hacen callar, no temen a nada (lo juro).
Los vecinos de la izquierda han ido de bien a peor. Cuando llegamos, la casa estaba prácticamente deshabitada; sólo iba el hijo de lo que parecía una pareja mayor, con la novia, cuando apretaba el calor. Desde el pasillo de mi casa se ve la piscina, y se conoce que la novia del chaval este gustaba de tostarse las domingas al sol, porque fin de semana sí fin de semana también, los fines de semana eran una gozada. El tema del voyeurismo también daría para una buena columna picante.
El caso es que vendieron la casa, y aquel par de cotufas que nos alegraba las mañanas de verano se fueron con los antiguos propietarios. El que hay ahora es el tercer vecino desde entonces, y aunque lleva poco, ya se ha grangeado (no tengo el diccionario a mano) las simpatías de mis padres. Es un chaval relativamente joven, y con el pelo tan corto que uno teme que se haya apurado parte del cerebro en el último recorte. Cuando se levanta, a eso de las 7 (no importa el día) gusta de atar al perro para que se ponga a ladrar como un hijo de puta. El perro no es del tipo patada, sino más bien king-size, y parece que uno lo tenga debajo de la cama. Más de una vez le han cantado las cuarenta mis padres desde la ventana del baño: "¡Ese perro!, ¡queremos dormir!". Oír el episodio completo desde la cama siempre es curioso, aunque a la larga cansa. Parece que por fin el tío ha educado al perro y mis padres lo han educado a él, porque se conoce que ahora los Domingos por la mañana se duermen de una puta vez en esta santa casa.
El vecino de atrás llegó hace unos pocos años. Antes había una pista de tenis que, salvo alguna bola ocasional, daba poca guerra. El nuevo vecino compró la pista de tenis y construyó una mansión de quiero y no puedo sobre la misma (vamos, que si uno construye una mansión de verdad no lo hace sobre una pista de tenis). Una mañana nos levantamos y había levantado, adosadas a nuestra valla y luciendo en ladrillo horrible y pegotes de cemento, un paellero y una caseta para la piscina. El espectáculo desde nuestra parcela era horrible.
Mi padre estuvo una semana persiguiéndole, pero el pobre hombre, un paleto de cuidado tocada por la diosa pastosa (lo que se conoce como "nuevo rico"), le había dado esquinazo por una o por otra. Al final mi padre se plantó allí y le dijo que eso no se podía quedar así.
Para el que no lo sepa, la ley de chalés impide a nadie poner un ladrillo sobre otro a menos de 2 metros de la valla del vecino, a menos que éste esté de acuerdo. Mi padre le dijo que no hacía falta que tirara 2 metros hacia atrás las casetas que había levantado, entre otras cosas porque le caían dentro de la piscina, pero que sería más que conveniente que las echara un poquito hacia atrás de manera que se pudieran lucir y desde mi casa no parecieran edificios a medio derruir.
El muy cretino, en vez de llegar a un acuerdo amistoso, dijo que "Aquello se quedaba allí por mis cojones" (tm), y mi padre le advirtió que tendría que recurrir a los tribunales ordinarios, como en La ley de Los Ángeles (mi padre supongo que veía "Ironside" en tiempos). El vecino dijo que por él, como si quería remover Roma con Santiago, que conocía al alcalde y al concejal de encerar cabezales y que poco menos que nos iban a caer las 7 plagas por hablarle con tal impertinencia.
Tras un periodo de reflexión, mi padre concluyó que habría que recurrir a la justicia para dirimir semejante disputa vecinal, y con más fe que esperanzas puso una denuncia. Un par de meses más tarde, los obreros picaban sendas construcciones y mi padre y yo vomitábamos de la risa al otro lado de la valla. No sé si los remedios para la calvicie lo hacen, pero ¡la justicia funciona, oiga!
Al margen de estas pequeñeces, el último castigo cuando llega el verano son los niños en la piscina. Los niños ahora tienen internet, y saben que eso de que tienen que esperarse a hacer la digestión es una milonga, y si no lo es no tienen por qué hacer caso de todas maneras, así que después de comer, mientras tú haces la siesta, los nanos berrean en la piscina como si los estuvieran degollando (ah síiiiiii, arf arf). Con el calor que hace y la bronca que meten, ganas dan de salir y retorcer algún pescuezo. Ya pasan pocas cosas, ya.
Y creo que eso es todo. Estoy esperando las historias para no dormir que seguro que todos tenéis en la recámara. Speccy, no te cortes, que no hay niños leyendo.