Me encontraba confundido. Era la primera vez que me sentaba en primera clase. Esperaba una de esas butacas en las que te pones en horizontal y los pies no te tocan el asiento de delante, esperaba una pantalla para mí solo con los últimos estrenos de cine. Pero allí no había nada de aquello. Sólo tenía una rusa sentada junto a mí y a un crío llorando en el asiento de delante. Aquello podía haber sido un avión de carga saliendo de Stalingrado. Me sentía hambriento y confuso. Me pregunté cómo hacían para vender aquellos billetes tan caros. La azafata trajo un zumo de naranja y una bolsita de cacahuetes para cada uno.
Llevaba unas ocho horas sin llevarme nada a la boca y tenía más hambre que el perro de un ciego. Sin dejar de darle palique a la rusa, me bebí el zumo, pedí otro y me comí todos los cacahuetes. Si algo he aprendido en los aviones es que si te sacan una mierda en una bandeja la tienes que coger. Le pregunté a la rusa si no se iba a comer sus frutos secos. Me dijo que no, así que tomé su bolsita y la metí en un bolsillo del pantalón. En los aviones nunca se se sabe cuándo te va a volver a entrar hambre. Mientras tanto ella me contaba que la semana pasada su empresa había fusionado un banco rumano con uno alemán. Yo asentía y me preguntaba cómo era posible trabajar sesenta horas a la semana y estar tan buena. Sin dejar de hablarme, levantó los brazos por detrás de la cabeza y se hizo una coleta. Recé para que colisionáramos con otro avión en ese mismo instante y yo pudiera morir con aquella imagen en mis retinas.
El Chano pataleaba en su asiento.
---¡Me abuuuuuurro!
Yo sé lo que es perder a los amigos así, y es duro. Un día son todos tuyos y de repente, cuando menos te lo esperas, conocen a una chica y dejan de pertenecerte para pasar a pertenecer a otra persona. Es entonces cuando debes recordarte que no has perdido un amigo sino que has ganado una amiga. El problema es que las amigas no juegan al fútbol ni a la playstation.
Trajeron una especie de menú. Yo le tiraba de la lengua a la rusa y ella fusionaba bancos y participaba en meetings en los que informaba a la dirección. Miré el menú y me giré hacia el Chano.
---No jodas que nos van a dar de cenar. Tengo doscientos cacahuetes saltándome en el estómago ---le dije.
---Yo qué sé...
Diez minutos después nos trajeron una enorme bandeja con un filete recubierto de camembert y flanqueado por patatas, pimientos y algunas otras verduras que no supe reconocer. También había postre. Pedimos otra copita de vino.
Ella se interesó por unas luces ahí abajo, en la oscuridad. Me preguntó si sería alguna ciudad francesa. Miré el reloj y le dije que más bien debíamos estar sobrevolando tierras de Curro Jiménez. No se dejó convencer y llamó a la azafata. Las chicas corporativas son así, siempre necesitan más datos.
Si tengo que ser sincero, pensé que la azafata la mandaría a la mierda; pero para mi sorpresa dijo que iba a preguntar al capitán. Cuando volvió aproveché para pedir otra copa de vino.
---Esas luces de ahí abajo eran Barcelona ---dijo.
Ahá, yo tenía razón. No sabía dónde estaba Kiev, pero era capaz de multiplicar la velocidad por el tiempo y sacar conclusiones. Justo ahora que yo era un tipo listo ella había vuelto a ponerse el libro en el regazo y hacía mención de echar a leer.
A esas alturas yo ya estaba irremediablemente enamorado. Ella era guapa e inteligente. Yo era un tío con gracia. Nos mudaríamos juntos a una casa grande con jardín. Ella pasaría el día fusionando bancos y yo escribiría tonterías como esta. Luego, cuando llegara a casa a las diez de la noche, nos daríamos un baño caliente y follaríamos como leones. Después, mirando el techo, hablaríamos del último capítulo de Futurama y discutiríamos sobre el solipsismo.
El Chano me sacó de mis ensoñaciones para empezar a maltratarme psicológicamente.
---Pídele el email aunque sea.
---No me presiones ---respondía yo apurado.
No quería llegar a ese punto ya. Acababa de conocerla, teníamos todo un futuro por delante, y el Chano ya me estaba pidiendo que reventara la burbuja. Era guapa y sensual. Tenía una conversación inteligente y también era modesta. En realidad no hubiera fusionado un solo banco en todo el trayecto si yo no le hubiera preguntado varias veces. De hecho parecía cualquier cosa menos una chica corporativa. Me costaba imaginármela vestida con un traje y unos tacones. En realidad me costaba imaginármela vestida; mi cerebro no está acostumbrado a trabajar en esa dirección. Ella era una chica con una chaqueta larga y falda corta, y lo nuestro empezaría cuando ella me pidiera el boli prestado para calcular unos porcentajes. Y sin embargo, íbamos a aterrizar y aquello tenía que comenzar a terminar.
El avión aterrizó suavemente. Mientras nos dirigíamos a la terminal le dije que sabía que jamás volveríamos a vernos, pero que me podía apuntar su email para... quién sabe. Quizá algún día pudiéramos fusionar juntos. Dijo que me apuntaría su dirección personal. Yo pensé que me daba igual la personal que la corporativa. De hecho me hubiera conformado con un dibujo del perfil de Groucho Marx. Cogí un segundo papel y le escribí mi dirección de correo electrónico y mi número de teléfono. Le expliqué que al día siguiente tenía una boda, pero que me llamara si se aburría y yo me escaparía de la boda y saldríamos a tomar algo. En aquellos momentos pensé que mi amigo lo hubiera entendido. Se iba a casar; después de todo tenía que saber lo que era el amor.
La boda pasó, la resaca quedó atrás. Nuestro amigo se casó y el Chano y yo volvimos a Alemania en asientos de chusma, sin rusa, sin vino, sin filete ni camembert. El lunes nos vomitó directamente al trabajo. Y aquí estoy ahora, sentado en un domingo lluvioso, intentando recordar cómo se llamaba mi gran amor. Estos nombres rusos son todos iguales. Y miro el trozo de papel con una dirección de hotmail y pienso que en Moscú las jugadas del Scrabble deben de tener puntuaciones de cuatro cifras. Me pregunto si habrá alguna palabra en ruso que empiece con seis consonantes.
Probablemente exista una: Gilipollas