Junto a Arnulfsplatz hay un patio interior limitado por cuatro edificios: un teatro, un supermercado, una cervecería centenaria y nuestra casa. El lugar se encuentra tranquilo durante la noche, pero cuando comienza el día, mucho antes de que yo me levante, bulle en actividad. El Netto es el centro de todo.
Netto es una cadena de supermercados de gama baja --tirando a rastrera-- de cierta fama en Alemania. Aldi o Lidl son templos del lujo y del buen gusto en comparación con cualquier sucursal de la cadena Netto. Los pasillos están sucios y a veces no les queda ni leche. Los empleados parecen sacados de algún programa de rehabilitación en el que lo hayan pasado muy mal. A cambio, supongo que los precios son contenidos.
Junto al Netto, entre el portal de casa y el supermercado, hay una panadería en la que las dependientas están como el pan. Suelen ser estudiantes contratadas en base al sueldo de 400 euros al mes y que van y vienen. Ahora mismo tengo fichada a una alta y morena que está como un queso. Turna los martes y los miércoles por la tarde.
El supermercado y la panadería configuran el universo Netto, un lugar sucio y de medio pelo lleno de personajes estrafalarios, como el grupo de vagabundos que pasan los días poniéndose ciegos a cerveza junto a la pared del hipermercado.
Conocí a la banda del Netto cuando cambié la moto de sitio, algo antes de que surgieran las flores más atrevidas de la primavera. La moto venía pernoctando en un aparcamiento público que cada vez parecía albergar más vehículos. Había mañanas en las que pensaba que no iba a ser capaz de sacar la burra de allí. Apremiado por la necesidad, decidí que quizá podía aparcar en el patio interior, junto al supermercado.
Una de las primeras tardes, al llegar con la moto, encontré a tres vagabundos fumando y trasegando botellas de cerveza. Lo que hasta entonces me había parecido un lugar de aparcamiento seguro y de calidad, de repente cambió de tono. Pensé que si iba a dejar la moto allí, lo mejor sería intentar hacerme amigo de aquellos quizá peligrosos nativos.
No recuerdo lo que les dije, pero lo cierto es que cuando me di cuenta ya estábamos enfrascados en una conversación o algo parecido. Lo primero que noté, aparte del intenso olor, fue que hablaban un extraño dialecto del alemán; un cruce entre el bávaro y el bárbaro. Les dije que venía de España y se les iluminaron los ojos. "Oh, España", gritaron los tres al unísono. Luego dos o tres tonterías más y al final estreché manos y me fui. Así empezó nuestra relación.
La banda del Netto empieza su jornada a eso de las ocho de la mañana, cuando los primeros clientes del supermercado ya hacen cola ante las puertas. Según lo que he podido venir observando, a las ocho menos cinco ya está el rechoncho de la coleta, el más aplicado o el que más cerca pernocta.
---¿Dónde está el resto? ---le pregunto de camino hacia la moto.
---Estarán al caer ---responde mirando el reloj.
Luego van llegando los demás. Hay un núcleo de cuatro o cinco que nunca faltan, y luego dos o tres más que hay días en que hacen pellas. Todas las mañanas, cuando salgo de casa a eso de las nueve y paso por delante para llegar a la moto, les saludo con la mano y les digo "Servus!", que en bávaro viene a ser algo así como "¿Qué pasa artista?, qué marcha me llevas". A veces sólo saludo y a veces me paran para una conversación de unos minutos en la que hablamos del tiempo, de las motos o de cualquier acontecimiento anodino que podría pasar desapercibido para cualquiera pero que en el universo Netto resulta de capital importancia.
Hace un par de semanas salía de casa enfundado en los trastos de moto. Era lunes de puente y había quedado con Ratuza para dar una vuelta, apurando los últimos días de no lluvia y frío del año. La banda del Netto calentaba las escaleras del supermercado.
---Hoy llegas tarde ---me hizo notar el de la coleta señalando el reloj.
---No hombre, hoy tengo fiesta.
---¡Aaaaah, que haces puente!
Supongo que tiene que ser complicado comprender a seres sujetos a los caprichos del calendario cuando para uno todos los días son iguales.
---Claro, te vas con la moto. Hay que aprovechar, que queda poco.
---Así es ---le dije.
El otro de coleta entró en la conversación levantando una botella de cerveza:
---¡Lo que tienes que hacer es darte un lingotazo! ---y para ilustrar sus inquietudes se llevó la botella a los morros y dio un largo trago.
---Pero no seas animal ---le contestó el primero---, ¡que se va con la moto!
Casi atragantándose con la cerveza, terminó apuradamente y dejó la botella en el suelo.
---¡Déjame habplaaar! ---gritó indignado haciendo aspavientos al más puro estilo Arrabal---. ¡Que no me dejas que me explique!
Tardó unos segundos en recomponerse. Luego prosiguió con un tono más calmado:
---Lo que quiero decir es que se vaya con la moto y que luego, cuando vuelva, se ponga cómodo y se pegue un lingotazo.
El otro asintió con la cabeza como si acabara de oír una de esas verdades que sencillamente no se pueden rebatir. Yo le dije que estaba de acuerdo, que eso haría.
Esta semana, el jueves por la mañana, parecían revolucionados. Noté algo en el ambiente cuando me acercaba. Había un aire de excitación. Saludé y uno de ellos me dijo:
---Heuteistbocktag!
El de la coleta sacudió la cabeza y, haciendo gesto de "Perdónalo señor porque no sabe hablar", me repitió la frase inteligiblemente:
---Heute ist Bock Tag.
Concluí que se trataba de un día especial, pero me faltaban datos para poder compartir su excitación. Así se lo hice saber. Me aclararon que la Bock Bier es la cerveza típica del Kneitinger --la cervecería centenaria que limita el Universo Netto por el sur-- y que todos los años, el primer jueves de octubre, estrenan la nueva cosecha.
Y yo pensando que habían encontrado una cura para el cáncer.
---Viene el alcade a romper el primer barril.
---¿No jodas, el alcalde de Regensperry? ---dije yo incrédulo---. ¿Y a qué hora es eso?
---A las diez en punto.
---Sí sí ---dijo una señora que venía caminando desde el supermercado---. Lo tienen ya todo preparado.
Bock quiere decir "macho cabrío" o "cabrón", y la etiqueta de esta cerveza se encuentra convenientemente ilustrada con el animalito. Me pregunté qué era exactamente lo que ya tenían preparado. Cuando salí por el callejón tuve que esquivar a cuatro pastorcillos bávaros y seis cabritas que debían de llevar unos quince minutos dejando caer bolitas de caca sobre el adoquinado.
Me pregunté por qué yo tenía que ir a trabajar aquella mañana.
Debo admitir que he terminado encontrando entrañable a la banda de Netto. Me gustaría comprender el extraño lenguaje que emplean para comunicarse y así poder participar en sus debates. A juzgar por el tono de voz y la pasión con la que defienden sus posturas, deben de tratar temas de actualidad candente y de la más absoluta importancia. Yo no puedo sino pensar que me estoy perdiendo algo grande.
Y así pasan los días, uno detrás de otro. Llegan pronto, se sientan al sol, escuchan la radio, beben cerveza y se dan gritos los unos a los otros mientras sacuden los brazos. Cuando tienen la vejiga llena, dan unos pasos y se alivian frente a una tapia junto a mi moto. Luego siguen bebiendo. Cuando se pone el sol, se despiden hasta el día siguiente a las ocho. Creo que los domingos libran.
Me gustaría saber más de la banda del Netto, pero me temo que, al igual que mi moto tendrá que pasar el invierno en un garaje, ellos se verán obligados a buscarse un sitio cubierto dentro de poco. Espero volver a verlos el año que viene.