No hubo en Noruega un día de verano más gris, frío y lluvioso que el nueve de agosto. Nosotros lo pasamos en una furgoneta viendo fiordos y atravesando túneles.
En vista de que el tiempo no daba esperanzas, decidimos apuntar hacia Oslo y dormir en el lugar más al sur que pudiéramos encontrar. Después de llamar a varios sitios nos hicimos con un par de habitaciones en un Youth Hostel en mitad de las montañas, en un sitio perdido de la mano de dios al que una carretera de mala muerte llegaba a morir.
Al día siguiente, por la mañana, algunos de nosotros esperábamos junto a la furgoneta mientras otros terminaban de pagar la habitación o vaciar la vejiga. El maletero estaba abierto esperando las últimas maletas. Era diez de agosto, pero todos llevábamos manga larga y el Juli una cazadora ligera. Hablábamos sobre lo jodidos que tenían que ser los inviernos en Noruega. Bueno, de eso y de tetas y culos.
Entonces apareció Ron.
Era un tipo de unos cincuenta y tantos que ya habíamos visto por la noche leyendo un libro en una de las vacías salas de esparcimiento del lugar. El hombre tenía el aspecto de un motero de Harley Davidson que se hubiera quedado en una década de esas que habían sido mejores. Tenía el pelo gris, largo y rizado y recogido en una coleta. Una poblada perilla canosa decoraba su cara.
Se acercó a la parte posterior de la furgoneta y nos preguntó si le llevaríamos a Oslo. Se hizo un silencio sepulcral y todos intercambiamos miradas furtivas.
El día prometía una panzada de furgoneta, otra vez. Habíamos calculado unas seis o siete horas hasta el lugar de destino. Estábamos fundidos y hasta los cojones de pasar el tiempo en una lata verde con ruedas. Cazadoras, botellas de agua y bolsas de plástico con víveres de asimilación rápida se desperdigaban por los asientos. Un par de rollos de papel higiénico rodaban por el suelo dispuestos a saltar a la palestra en caso de emergencia.
El silencio y los balbuceos duraron casi un minuto. Creo a ninguno nos apetecía pasar seis o siete horas con un extraño en la furgoneta, pero teníamos nueve asientos y sólo éramos seis, y aunque llevábamos muchas maletas, la falta de espacio no parecía ser una excusa lo bastante consistente. Si tengo que ser sincero, lo que más me preocupaba era la posibilidad de que aquel hombre no se hubiera duchado en la última semana.
Al final, ante la indecisión general, se le dijo que podía sumarse a la tripulación. Le contamos el trayecto y le explicamos que podíamos dejarle en Oslo a eso de media tarde. Vino a decir que le importaba poco menos que un huevo. La puerta deslizante se cerró con su sonido característico y emprendimos la marcha.
Ron debía de haber dormido bien, porque después de presentarse empezó a contar su vida en inglés.
Había nacido en algún lugar del sureste estadounidense que ahora no puedo evocar. Era la primera vez que estaba en Europa. Había llegado aquí formando parte de la tripulación que había contratado un noruego con mucha pasta para traer un yate desde el otro lado del Atlántico. Junto con el tipo de la pasta y cuatro personas más, había pasado 29 días surcando las aguas entre días benévolos y tormentas ocasionales. Como parte del pacto, tenía pagado un billete de vuelta desde Oslo unos días más tarde, y contó que llevaba ya una semana recorriendo el país haciendo autoestop.
Los primeros compases nos dejaron a todos ciertamente desconcertados. No habíamos recorrido ni diez kilómetros y parecía claro que aquel hombre no iba a dejar de hablar ni debajo del agua. A mí, debo reconocer que el tipo me hacía gracia. Venía de un lugar lejano y parecía tener muchas cosas que contar. El Juli, intentando conciliar el sueño sobre una chaqueta doblada, me lanzaba miradas de reprobación cada vez que yo le hacía una pregunta a Ron y le daba cuerda para media hora más. Ratuza miraba despreocupado y con cierta curiosidad. Yo creo que le hacía gracia haber encontrado a un tipo con nombre de bebida alcohólica. Para mí Ron era una especie de abuelito que fumaba pipa y vivía en el tronco de un árbol seco en el bosque de la piruleta, a orillas del río de caramelo junto a las minas de azúcar.
Ron había tenido mujer e hijos. De su mujer creo que no dijo nada, pero de los hijos explicó que ya eran lo bastante mayores para buscarse la vida por ahí, así que él no tenía ya más responsabilidades en el mundo que las que quisiera colgarse. Teniendo en cuenta que hacía dos noches, como nadie le había recogido, había tenido que dormir al raso en un saco de dormir, parecía que no era mucho lo que le pedía al mundo. A sus cincuenta y nueve años parecía tener con la vida la misma relación curiosa que un adolescente.
Me pareció entender que vivía en un barco, aunque no pondría la mano en el fuego. La última vez que había hecho dinero de verdad había sido cuando el huracán Katrina. Había estado montando casas ayudando en la reconstrucción.
---No creas que mis motivaciones eran desinteresadas ---me confesaba.
Yo apreciaba su sinceridad.
Por lo visto la administración Bush pagaba un dineral por cada nueva casa levantada en la zona de la catástrofe. Gente de todo el país llegaba cada día a hacer dinero. Él había contratado a un chaval y ponían una casa completa cada día y medio. No recuerdo las cifras, pero me pareció que hacían diez o quince mil pavos a la semana. En cualquier caso se trataba de una enorme cantidad de dinero. Me estaban contando las interioridades del Katrina y no lo hacía la CNN. Pensé que la vida debería ser siempre así, siempre con información de verdad, no de personas salidas de un tubo catódico.
Estuvo allí unas cinco o seis semanas. Luego, cuando no hubo más que hacer, se largó. Mucha gente se quedó, con la esperanza de que un nuevo huracán se lo llevara todo de nuevo y les volvieran a pagar por volver a reconstruirlo otra vez. Creo que no había vuelto a dar un palo al agua hasta el asunto del barco que le había traído a nuestra furgoneta.
Mientras rodábamos a ochenta por hora por las interminables carreteras noruegas, Ron daba un repaso a su vida como joven emprendedor.
Había empezado montando una empresa en Louisiana que fabricaba los cubitos azules que se utilizan para dar tiza a los tacos de billar. Nos costó diez minutos comprender de qué estaba hablando; no porque no lo explicara bien, sino porque parecía imposible que alguien tuviera que fabricar esos cubitos. Había pasado unos siete y ocho años en el negocio, convirtiendo a la empresa en una de las cinco más grandes del sector en los Estados Unidos, sector que luego explicaría que constaba de cinco compañías.
---Puedes tener al mejor jugador del mundo jugando sobre el tapete más refinado ---me contaba apoyado sobre el respaldo---, puedes tener las mejores bolas de billar que se puedan conseguir y el taco más preciso que alguien pueda fabricar. Pues bien, todo eso no sirve de nada si la tiza es mala. Todo se reduce al instante en el que la cabeza del taco hace contacto con la bola. Todo en ese mismo instante mágico. Si no eres capaz de transmitir el efecto, el resto no importa.
Pensé que el mundo y los tacos de billar tenían mucho en común.
Por algún motivo u otro que no comprendí, que Ron no explicó o que he olvidado en algún momento entre nuestro encuentro y el momento de escribir estas líneas, la empresa de cubitos azules terminó cerrando. Nuestro amigo abrió entonces una especie de garito-bar. Para entonces el Juli dormía profundamente con la cabeza rebotando contra el cristal.
El garito de Ron servía comida y bebida durante el día, pero al caer la noche se transformaba en un lugar al que la gente iba a tocar y a hacer música. "Era el sitio más cool de toda la contornada", decía con los ojos echando chispas. Los chavales se llevaban las guitarras y se enchufaban a los amplificadores, y así pasaban las noches hasta que amanecía de nuevo y el garito de los sultanes del swing se reconvertía en un bar-restaurante convencional. Quizá se lo estuviera inventando todo, pero daba igual; no teníamos nada mejor que hacer que escuchar.
Después de aquello Ron inició el que sería el negocio que le duraría más tiempo. Se dedicaba a tunear coches. Ponía cosas a vehículos para diferentes vendedores que querían personalizar su oferta. No hacía electrónica ni radios ni altavoces. Decía que no era lo suyo y que además los márgenes eran muy pequeños. Él hacía suspensiones, ruedas... todo tipo de componentes mecánicos. Contaba que la estrella de todos los accesorios era el alerón o spoiler, al menos para su cartera. Cobraba trescientos pavos por montarlos y le llevaba menos de una hora. Negocio redondo. Me dijo que si alguna vez quería un alerón me lo pondría gratis.
Le pregunté si sabía abrir coches, a lo que contestó que no. Se había mantenido siempre en el lado del bien, pero desde luego había conocido gente. Diez minutos más tarde estaba desgranando todas las posibles maneras de sacar un bloque motor, junto con la transmisión, de un coche que no era el tuyo. Conocía a unos tipos que lo hacían en menos de tres minutos. Lo que no aclaró era si habían trabajado con él.
Los diez años que había pasado Ron montando alerones de colores en coches de adolescente se vieron interrumpidos por la pausa para la comida. Paramos en un supermercado y nos hicimos con víveres de segunda clase. Mientras descongelábamos los perritos calientes sobre la tapa del distribuidor, el Juli se perdía entre los matojos con un rollo de papel en la mano.
Tras una comida a base de pan de sandwich frío y salchichas crudas, volvimos a emprender la marcha. El sol calentaba a través de las ventanillas y, salvo el conductor y unos pocos, el restos se quedaron dormidos. Ron había enlazado a los tipos que limpiaban coches con referencias delictivas de su propia adolescencia.
Contó la historia de la primera vez que entró con un carné de identidad falso en un bar. Tenía dieciséis años. No recuerdo los detalles, pero en la historia nuestro amigo entraba en el local y al final de un largo pasadizo encontraba una banda. Tras el micrófono estaba Bob Dylan. Me preguntó si había oído hablar de él y le dije que me sonaba.
Luego recordó el verano del amor y Woodstock. Aquello había sido una locura. Le pregunté si había ido a la reedición y me dijo que no, que era una farsa, que no se podía revivir el espíritu de la época.
En Nueva York había ido a ver a los Mamas and the Papas. Los teloneros eran unos chavales que estaban empezando pero que lo hacían bien. Se llamaban Simon y Garfunkel. Cuando nos pudimos dar cuenta nuestro Ron se había convertido en una especie de Forrest Gump musical. Le faltó decir que la vida era una caja de bombones y que algunos llevan pasas y saben a rancio.
Todavía quedaba un rato para la puesta de sol, pero se quitó las gafas oscuras. Salvo el conductor, Ron y un servidor, el resto de los ocupantes habían caído dormidos, los cuellos en posturas imposibles y las muecas acentuando caras de tonto.
---¿Sabes? ---me dijo mirando por la ventana---. Lo llevo haciendo desde hace algunos años. Siempre que voy conduciendo y amanece o se pone el sol, paro el coche en el primer lugar que encuentro y me siento a contemplar el espectáculo. Me siento y respiro. Me quedo pensando en el universo, en lo sencilla que es la vida, en la belleza de todo.
Yo decidí que desde ese momento en adelante haría lo mismo.
---¿A qué te dedicas en Alemania? ---me preguntó de repente.
Le conté los detalles, lo de que hacíamos coches y que era un trabajo muy interesante para un ingeniero, que estaba muy bien pagado y que en España no hubiera tenido la oportunidad de hacer algo parecido. Lo conté como lo veía, como el buen negocio que me parecía.
---¿Te gusta? ---preguntó.
Le dije que no estaba tan mal, que las horas eran justas y el trabajo interesante para un ingeniero. Suponía que era algo que me gustaba, sí.
---Si pudieras hacer lo que de verdad te gustara, algo que realmente disfrutaras, ¿qué harías?
Me quedé pensativo unos segundos. Al final contesté. Le dije que escribía sobre mis cosas en una página en internet. También dibujaba. No sabía por qué llevaba haciendo algo así durante tanto tiempo, pero me encantaba.
---¿Por qué no le sacas partido a eso? ¿No podrías dedicarte profesionalmente?
La respuesta estaba clara: no podía mantenerme a base de contar tonterías y hacer dibujitos. Esa pregunta tenía una respuesta fácil, y de alguna manera, a aquellas alturas me sentí aliviado de que así fuera. No necesitaba mucho para vivir, pero me parecía que necesitaría más de lo que un par de historias y unos dibujos me podían proporcionar. La página tenía una cierta fama en el internet hispano, y las recopilaciones de tiras cómicas se habían vendido relativamente bien, pero de ahí a darme de comer iba un trecho.
---Pero... ¿lo has intentado? ---me preguntó levantando las cejas.
No, desde luego que no lo había intentado.
---Pues si de verdad te llena tanto, quizá deberías empezar a ver cómo podrías vivir haciendo lo que te gusta.
Miré por la ventanilla y me quedé pensativo. Ron había estado hablando de su vida durante horas. Diez minutos hablando de la mía le habían bastado para ponerme a cavilar. Quizá todo lo que había contado hasta ese momento no había sido más que para preparar aquellos últimos diez minutos que me iban a tener que poner a pensar.
Llegamos a Oslo a última hora de la tarde y dejamos a Ron y su petate en la estación de trenes. Había conseguido hacer una reserva en otro Youth Hostel que no debía de quedar muy lejos de allí. Le di la mano, apunté su dirección de email en un papel, le deseé un buen viaje y le dije que lo iba a intentar.
Llevo ya varias semanas trabajando sin parar al salir del curro. Llego a casa y escribo, dibujo, pienso en cómo podría ponerme comida encima de la mesa haciendo lo que me gusta y, cuando llega la medianoche, apago la luz, cansado pero ilusionado. El invierno es largo y pronto no habrá mucho más que hacer que ver películas y quizá esquiar algún fin de semana, así que parece una temporada favorable para trabajar en un futuro más interesante. Sé que no va a ser fácil. Sé que las cosas tardarán en moverse y que es posible que no lo hagan jamás, pero mientras tanto me levantaré por las mañanas pensando que estoy viviendo la vida y no al revés.
Ahora, cada vez que se pone el sol, me paro unos minutos e intento encontrar la sencillez que existe cuando quitas todo lo demás. La vida tiene maneras extrañas de abrirte los ojos. Algunas ni siquiera duelen. Lo único que se necesita es no ser lo demasiado necio como para mirar hacia otro lugar.
Gracias, Ron.