Éramos seis los que iban a hacer las Escandinavias. Los cazadores de mitos, los que iban a probar que era posible entrar y salir de tierras vikingas sin que una rubia se te metiera en los calzoncillos. Algunos de nosotros ya habíamos estado en misiones similares en el Caribe. Sin embargo, en esta ocasión, no volamos todos juntos.
Una primera avanzadilla compuesta por Ratuza, Paquito y yo mismo aterrizó en Copenhage el cuatro de agosto a primera hora de la tarde. El resto del pelotón sería lanzado en paracaídas en diferentes etapas de la misión.
Para determinadas cosas hace falta cara dura. Por ejemplo, en viajes como el que nos embarcamos, llevar un poco siempre hace bien.
La cara dura, la ausencia de vergüenza, es algo que me fascina, quizá por ser una persona que en cuanto se descuida acapara tanto la vergüenza propia como la ajena. En éste mi oficio de observador de la vida, mi labor consiste en examinar la realidad, reflexionar y tratar de sacar conclusiones. En este caso, si consiguiera encontrar la fórmula para cementar mi cara, además estoy seguro de que conseguiría pasar por la vida de una manera mucho más agradable. Es por eso que dedico grandes cantidades de energía a analizar qué es lo que hace que alguien tenga la cara dura y cómo podría yo ejercitarme en mi caso para llegar a semejante estado de inconsciencia consciente.
La cara dura consiste, a grandes rasgos, en ser capaz de decir o hacer cualquier cosa en público sin evocar el más mínimo sentimiento de bochorno. De la primera avanzadilla albóndiga, Paquito era el único que gozaba de semejante rasgo característico.
Paquito es un tipo sencillo, campechano, natural. Como si hubiera crecido en la selva al margen de la sociedad, hace en cualquier momento lo que le apetece sin pensar en las consecuencias. Le gusta abrir cajones en lugares en los que no debería, o quitarse la camiseta cuando hace calor, y siempre lleva encima una caja de cerillas para darse el gustazo de ir encendiéndolas cuando le apetece. Dice que le gusta el olor del fósforo al arder. En la cartera lleva un enorme callo disecado de un dedo gordo del pie, y lo sacaba a menudo durante las sobremesas hasta que le dijimos que el callo o él.
Un viaje de casi dos semanas con Paquito puede ser complicado para gente que siente la vergüenza ajena como propia. Ratuza lo sabía y yo lo sabía.
Paquito es como un niño. Cuando se sienta en un restaurante hay que decirle que deje de jugar con los cubiertos, que no encienda cerillas, que baje el pie de la silla porque se mancha la tapicería, que no eructe cuando termina el trago de refresco...
Cuando se vive en Europa central, en los restaurantes siempre hay velas. Durante una cena Paquito jugó a rajar una vela gruesa por la parte blanda con ayuda de los restos de una cerilla que había encendido un rato antes. Todo intento de convencerlo de que cejara en su empeño fue en vano. Abstraídos de sus operaciones con las mismas técnicas que se emplean en la meditación, continuamos con la conversación. Cuando nos dimos cuenta, la cera derretida corría por la mesa y se precipitaba al vacío. Una observación más detenida me permitió observar que no había de qué preocuparse porque la cera no caía al suelo sino a mis pantalones. Lo arregló diciendo "Ah, pues además eso no se va".
Así es Paquito: espontáneo, natural; como un gorrino que se reboza en un lodazal porque le gusta y porque no le importa que alguien le pueda decir que se está poniendo perdido. El único problema que tengo es que en ocasiones la cera cae en mis pantalones, pero en general siento una envidia sana por su naturalidad y la manera en que discurre por la vida sin pensar en el qué dirán.
La noche de nuestro primer día en Copenhage se incorporó desde España al comando albóndiga El Juli, convirtiendo la expedición en un cuarteto. Hasta ese momento Paquito había sido la cara más dura del equipo. Las cosas iban a cambiar. Al menos se preveía un combate ajustado.
A pesar de que El Juli y yo habíamos ido juntos al colegio, no fue hasta la universidad que la vida y los suspensos en cadena forjaron nuestra amistad. En el colegio el Chano y yo andábamos chafando latas de refresco para jugar al fútbol durante los recreos mientras que el Juli ya se camelaba a las primeras niñas que empezaban a desarrollar tetas. A base de cara dura, claro.
El Juli es un tío con clase, seguro de sí mismo, que actúa a sabiendas de que no tiene nada que demostrar. Su descaro nace de su propia autosuficiencia. Mientras que Paquito basa su desvergüenza en la naturalidad, el Juli cimenta su cara dura en la seguridad de que no tiene que dar explicaciones a nadie. Con dos copas sería capaz de quitarle la novia al papa si la tuviera.
El Juli tiene un segundo superpoder complementario que le permite circular por la vida haciendo y diciendo auténticas barbaridades sin que, hasta la fecha, le hayan partido la cara. No se sabe exactamente lo que es, si su amplia sonrisa o esa manera de descojonarse que invita a reír con él, pero le he visto hacer y decir cosas que a mí me hubieran sacado con los pies por delante. Él sale a hombros.
Al Chano siempre le gusta contar que cuando estaba viviendo en París, el Juli se dejó caer por allí unos días. El Chano convivía con dos chiquillas en un minúsculo piso cerca del canal Saint Martin. Yo nunca había visto un apartamento con un ascensor de un metro cuadrado, ni un baño en el que hubiera que encoger las piernas para poder cerrar la puerta y poder cagar. Allí vivía él con una gabacha poco agraciada que no callaba ni bajo el agua y una segunda compañera de piso que podía haber sido modelo. Cuenta el Chano que el Juli, sin saber francés y con el inglés nivel medio con el que se sale del colegio, se arrimaba a la segunda:
---Y tú... ¿Tú no tienes novio? ---preguntaba.
---Sí, está en Sevilla.
---¿En Sevilla? Madre mía, pero si ahora es la feria. ¿Sabes lo que pasa en la feria, no? El finito, las sevillanas... ¡Muuuuuu, muuuuuuu! ---le decía a la chica poniéndose cuernos sobre la cabeza.
A cualquier otro le hubieran partido la cara, pero a la chica le hizo gracia y probablemente se lo hubiera tirado allí mismo si no hubiera sido joven e inexperta y no hubiera subestimado las propiedades del fino.
Paquito y el Juli compartieron sinvergonzonerío durante el fin de semana. El primero se quitaba la camiseta para lucir lorzas al salir a la calle y ver que hacía bueno, el segundo le gritaba a la enésima rubia en bicicleta con modales de albañil maleducado. Cada dos horas teníamos que buscar un bar de emergencia porque cuando no se cagaba uno se cagaba el otro. En las cafeterías, un simple café en un vaso de hielos se convertía en una hecatombe nuclear. Ratuza y yo caminábamos resignados mirando hacia otra parte. Como estaba previsto, Paquito y el Juli, cada uno en su estilo, hacían gala de su falta de vergüenza allá adonde iban. Cualquiera habría dicho que aquello era un empate.
Volvíamos por la tarde al hotel. Paquito, Ratuza y yo caminábamos por la sombra. El Juli desfilaba por el otro lado de la calle con un mapa en la mano. Un autobús se paró a su altura, y la tia buenísima en bici número cien mil del día tuvo que pararse junto al Juli. Éste quitó la vista del mapa y, mientras la chica subía la bici a la acera para intentar deshacerse del autobús, nuestro amigo le gritó a la cara una serie de improperios que hubieran hecho santiguarse a un guerrillero somalí.
Paquito se giró hacia y mí y me preguntó:
---Pero por el amor de dios, ¿de dónde habéis sacado a este tío?
Así caía Paquito, el azote manchego, apenas 24 horas después de conocer al Juli. El pulso de la poca vergüenza ya tenía vencedor. Lo que yo había previsto como un duelo de diez días terminó antes que el fin de semana.
Durante esos diez días, el Juli siguió desparramándose por el norte de Europa, olvidándose de su trabajo de mierda en la depuradora, dejando atrás las jornadas laborales de doce horas, las discusiones, el calor y la raja del culo de Manolo el encofrador. Durante diez días fue feliz.
Personalmente opino que todo el mundo tiene un don. Cuando recibes un email, sabes que es del Juli porque tiene cuatro líneas y ningún punto. Parece escrito por un niño de diez años que tiene un retraso en el aprendizaje y una dislexia incipiente. Te cuesta dos minutos descifrarlo y otros dos minutos interpretar lo que realmente quería decir. Pero cuando el Juli pone en marcha la maquinaria y el avante toda es capaz de cualquier cosa, convirtiendo lo complicado en sencillo a base de cara dura, magia y salero.
Al Juli le gusta viajar y conocer gente. Se sabe todas las capitales del mundo y las banderas de sus respectivos países. Por las noches, mientras yo leo manuales de física cuántica para tontos que me bajo de internet, él está ojeando el atlas intentando ubicar ese nuevo país que se ha dividido en dos. Es un tío brillante que podría estar dando vueltas por el mundo, y que ahora pasa los días discutiendo con Manolo porque el almuerzo dura dos horas y él lo que quiere es salir pronto para irse a casa y terminar el cuadro de pintura figurativa que se trae entre manos bajo el título "Decantador secundario".
El Juli es la historia de otro de esos curiosos talentos que el mundo se está perdiendo porque tuvo la desgracia de nacer en España y porque, a pesar de tener la cara muy dura y miedo a muy pocas cosas, no se decide a salir del fango y echar a volar.
Yo tengo otros dones, pero no puedo sino seguir envidiando su cara dura. Juli, tú que puedes: no la cagues.