Por algún curioso motivo, el ser humano no sabe estar callado. Unos abren la boca para colmar un irresistible impulso por decir tonterías, y otros simplemente se encuentran incómodos en el silencio. La mayoría de nosotros nos encontramos en el segundo grupo con alguna pequeña incursión en la idiotez, pero los hay que simplemente no saben estar callados. Hoy nos centraremos en los que se sienten incómodos en esos silencios espesos que podrían cortarse con una morcilla, situación que alcanza su clímax de violencia cuando viajamos en un cajón de 1 metro cuadrado con una persona a la que no conocemos de nada.
Ah, los ascensores, esos mágicos cacharros que nos suben a piso al que vamos y que nos proporcionan una urgencia tal por miccionar que parece que nos estén apretando la vegija a dos manos. Cuántas historias se pueden escribir en un ascensor.
El ascensor es un hueco mínimo. Se pueden juntar varias personas que no se conocen de nada, estar una apretada contra la otra, y hacerse 10 pisos sin que nadie diga ni mú. Y la cosa es violenta. Todos ahí apretados, intentando no tocarse; un horror, oiga. Pero cuando la cosa se estira al límite es cuando van dos personas solas. Es tan desagradable como cuando uno dobla la esquina y se pone a andar al mismo ritmo que otra persona que pasaba por allí. Y ahí estáis los dos, andando uno al lado del otro, que parece un marcaje en zona. Al final tiene uno que apretar el paso y meter tierra por medio, de lo incómoda que es la situación. Revisemos qué pasa en un ascensor.
Llegas y hay alguien esperando. Vaya, hombre, ya es casualidad. "Hola", "Hola", cruce de saludos sin mayor compromiso. Uno mira el correo, el otro mira por la puerta del patio esperando ver una tía que pase en bolas por la acera, no te jode. Al fin, después de un largo silencio, llega el ascensor.
"¿A qué piso vas?", "Eeeh, al sexto", "Vale, yo al séptimo". Cojonudo, tenemos extended version. Tras los prolegómenos, al alcance incluso del más negado, comienza la escalada. Miras los botones. Vaya, cuántos hay. Miras el marcador, miras el suelo, levantas después la vista y tarareas el porrompompero. Uno empieza a notarse incómodo y siente la urgencia de decir algo, por insustancial que sea, algo que rompa el hielo. Política, fútbol, sexo... todos los temas parecen demasiado arriesgados para salir del paso, y al final se recurre a lo de siempre: el tiempo.
"Pues ya empieza a hacer calor, ¿eh?", te dice el otro. Y tú pensando "Pues claro que hace calor, cretino, si estamos ya Julio", y el otro que se hace cargo: "Joder, claro que hace calor, qué gilipolleces digo, si ya estamos en Julio. La gracia estaría en que hiciera frío". Y ya la hemos liado. El diálogo para besugos está servido, porque una vez se ha empezado una conversación de tal calibre intelectual, es imposible detenerla. "Es que esta primavera está siendo muy rara", frase comodín donde las haya, eso lo saben todas las abuelas. "Sí, eso sí, con la que ha estado cayendo...", y así una tontería tras otra hasta que al final se llega al piso del primero de los dos, que baja resoplando y deseando haber cogido las escaleras pese al calor que empieza a hacer, pese a lo rarita que ha sido la primavera y pese a la que ha venido cayendo. El que queda en el ascensor no se alegra menos que el que parte.
Si queréis dominar el arte del ascensor, esperad apostados a que suba una abuela. Cuando llame al aparato aparecéis de la nada. Las abuelas dominan el refranero español y sus recursos lingüíticos son inagotables. Además no se avergüenzan por iniciar una conversación absolutamente banal. Para otras cosas preferiréis a sus nietas, pero para el noble arte del compadreo ascensoril, las abuelas son caballo ganador.
Los ascensores dan lugar a curiosas anécdotas. Iba yo un día a casa de un amigo cuando coincidí en el turno de ascensor con una mocita de órdago, unos años menor. La chica estaba en esa dulce edad en la que no hay una fea. Para ella quizá yo fuera un desconocido, pero yo a ella la tenía bien calada de verla pasear el chucho mientras mi amigo y yo hacíamos footing y cábalas sobre si tendría novio o no, y sobre qué hacer cuando lo averiguáramos.
Debía de venir la chica de pasear el can, porque llevaba una bola de pelo de considerables dimensiones prendida de una correa de color rojo de esas que se estiran. Los tres esperamos al ascensor unos segundos, y desde el momento en que las puertas se cerraron yo ya sabía lo que iba a suceder; sólo me preguntaba cuándo tendría lugar el amargo desenlace.
Efectivamente, el perro tardó menos de dos pisos en clavarme la nariz entre las pelotas. La pobre chica, apurada, parecía no haber previsto la situación, y trató de alcanzar el hocico del perro con la mano; fue peor el remedio que la enfermedad. Los cinco siguientes pisos los pasamos intentando recomponernos. Bueno, ella más que yo. La chica jamás volvió a mirarme a la cara. Los perros son así.
Cuando uno sube al ascensor lo primero que hace es mirarse al espejo. Se repeina ese mechón rebelde, hace una pose de matador y se repite lo bueno que está y cómo es posible que esa estampa pase hambre. Alguno va más allá y aprovecha para reventarse un grano contra el espejo o atrapa ese moquillo redondo que lleva toda la tarde incordiando y que se había hecho fuerte tras el cerebelo. Una cámara detrás de uno de esos espejos de ascensor, y las copias las vendes a 100 euros.
Así son los ascensores. ¿Quién no tiene una anécdota graciosa? ¿Quién no ha practicado sexo en un ascensor? ¿Quién no ha subido un Citröen 2CV?