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La vida es un viaje en avión
By GonzoTBA
Creado 11/04/2006 - 23:07

Cuando estuve en casa en navidades me enteré de un concurso literario que organizaban en www.areas.es [1]. Siendo que estaba en racha, que tenía tiempo y que acababa de terminar El Club de la Lucha y me apetecía hacer un pequeño ejercicio de estilo, me subí al carro.

Pedían un cuento de menos de cinco páginas en el que se describiera un viaje. Cuando el lector termine el texto sabrá por qué no me comí un colín.


"La vida es un viaje en avión"

La primera vez que puse un pie en un avión era un chiquillo fascinado. Había devorado libros y documentales sobre aviación en aburridas tardes de invierno, pero esta vez se trataba de la vida real, de sensaciones en la propia piel. Me senté junto a la ventanilla, abroché el cinturón y pegué mis manos al cristal dispuesto a la experiencia de una vida.

Un avión comercial medio alcanza una velocidad de 180 kilómetros por hora antes de que las ruedas se separen del asfalto. La forma de las alas acelera el flujo de aire en la cara inferior y provoca una diferencia de presiones que impulsa el avión hacia arriba. El fenómeno se conoce como sustentación.

La primera vez que despegas en un avión es algo maravilloso. La potencia de los motores te arroja contra el asiento y, cuando alzas el vuelo, un cosquilleo se hace fuerte en tus vísceras. Después el fuselaje se inclina y tú te sientes libre, como un pájaro. Algo más mayor pero todavía un niño.

Luego la vida te vuelve a subir a un avión. Una vez, y otra, y otra, y otra. Y lo que una vez te fascinó te termina pareciendo monótono. Repetitivo y carente de emociones. La chocolatina número cien ya no es tan sabrosa como la primera. Te preguntas quién te ha hecho comer tanto y qué podrías hacer para volver a saborear aquella primera vez. Te preguntas qué ha pasado y de quién es la culpa.

Dong. Se apagan las luces de los cinturones. Pueden encender sus aparatos electrónicos. Recuerden que no está permitido fumar.

Las hebillas de los cinturones se desabrochan. Primero es tu compañero de viaje, luego el vecino de la fila siguiente. Un mar de castañuelas metálicas se eleva durante unos segundos por encima del estruendo de los motores. Tú te lo dejas puesto. No te molesta y además la azafata ha recomendado utilizar el cinturón de seguridad durante todo el vuelo. Siempre has sido un niño bueno.

Según la administración de aviación federal de los Estados Unidos, en los últimos quince años dos personas han muerto, 63 han resultado heridas de gravedad y casi mil han sufrido lesiones de diversa consideración por no llevar abrochado el cinturón en una zona de turbulencias. El fenómeno más peligroso no está asociado a ninguna nubosidad que lo delate, así que es difícil de predecir por los pilotos. El avión puede, literalmente, desplomarse decenas de metros sin previo aviso.

Así es la vida. Un segundo estás reclinado en tu asiento y en el siguiente te has partido el cuelllo contra el techo. En un instante eres una criatura maravillosa de la creación y en el siguiente eres un objeto. El milagro de la muerte.

La primera vez que subiste a un avión pensabas que nunca morirías. En realidad ni siquiera te habías planteado la cuestión. Ahora, años después y tras decenas de viajes, la vida ha cambiado mucho. Es posible que los vuelos sean los mismos, despegue trayecto y aterrizaje, pero tú ya no.

Por lo menos no puedes negar que has aprendido mucho por el camino. Después de todo son muchas millas entre nubes. Sabes cuándo te puedes desabrochar el cinturón y cuándo no, y en ese caso sabes qué riesgos debes estar dispuesto a asumir. Debes tener criterio.

Una vez pulsé el botón sobre mi asiento y al poco vino la azafata. Me preguntó qué quería y yo le pregunté si podía ver la cabina. Me dijo que haría lo que estuviera en su mano.

La cabina de un avión se encuentra llena de botones, pantallas y luces. En la mayoría de los aviones comerciales los mandos están duplicados. Esto es así por dos motivos. Uno: el avión es gobernable por dos personas. Dos: si alguno de los mandos falla, siempre habrá un segundo disponible.

A pesar de que se trataba de un vuelo tranquilo y había poca gente, la azafata se las arregló para que sus ojos no volvieran a cruzarse con los míos en las dos horas restantes de vuelo. No visité la cabina aquella tarde y nunca volví a pedir que me mostraran una.

Así es la vida. A veces lo intentas y las cosas no salen. Al final te cansas y dejas de intentarlo. Cómo me gustaría volver a mi primer vuelo, a mi ilusión sin límites.

Tras el aterrizaje, el avión sale de la pista y se dirije a la zona de aparcamiento. La voz de la azafata suena en el altavoz. “Bienvenidos a su destino. Es media tarde y la temperatura exterior no es ni muy fría ni muy caliente. Por favor mantengan sus cinturones abrochados y permanezcan sentados hasta que el avión se haya detenido por completo. Les agradecemos que hayan volado con nosotros”.

Primero es el cinturón del viajero de la fila de atrás. Luego el de tu vecino de asiento. Al poco una ola termina recorriendo el avión. En menos de un minuto nadie lleva el cinturón.

Una vez el piloto se vio obligado a dar un zapatazo y un señor mayor que ya estaba de pie rodó por el pasillo. El cretino que se sentaba junto a mí se comió el asiento de delante.

Fueron mis mejores treinta segundos en veinte años de avión.

Así es la vida. Pasas la mayor parte de tu tiempo dándole vueltas y al final descubres que, al terminar el día, el momento más glorioso de tu existencia ha sido cuando el cretino que llevabas a tu lado se parte la crisma contra el asiento de delante.

Así es la vida, como un avión: un viaje emocionante sentado al lado de un montón de gilipollas.

Abróchense los cinturones.


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