Hacía uno de esos días que no recordábamos por aquí desde tiempos inmemoriales. Yo colgaba la ropa recién sacada de la lavadora y el sol de la mañana se desparramaba por el comedor. Cuando uno no tiene que trabajar, todos los días se presentan prometedores, pero aquel lo parecía especialmente. En aquel mismo instante, cuando estaba tendiendo unos calzoncillos y entró en el comedor un tío mayor al que no conocía de nada, supe que la jornada se iba a torcer.
El G.E.Z. es una organización pública que se dedica a asegurarse de que la gente que tiene televisores en casa paga un impuesto por ello. De acuerdo a su página web, tales ingresos se destinan a fomentar la televisión pública, "haciendo posible que lleguen hasta nosotros programas como 'Qué apostamos' y muchos otros". Cuando lo lees así parece una broma. Pero no, va en serio.
Las tarifas oscilan entre los 18 euros mensuales para la televisión y siete para la radio. Por radio se entiende la radio del coche, el radio-despertador, el reproductor de mp3 con radio o cualquier otra cosa capaz de transformar ondas de radio en sonido. Por televisión se entiende la televisión.
Este tipo de impuestos son comunes en países civilizados como Inglaterra o Francia, e incluso en otros como Italia. Imagino que en España lo de hacer pagar a la gente a través de un impuesto directo fue algo que alguien descartó hace mucho tiempo.
Cuando uno llega a Alemania hay dos cosas que tiene que saber:
También deberías saber que en Alemania no vas a follar más que en España, pero esta enseñanza sólo te va a afectar la moral y no la cartera, así que puedes dejar que la universidad de la vida te imparta esta asignatura en dos cómodos semestres.
Según cuentan las leyendas, la gente del G.E.Z. se cuela en las viviendas bajo la más burda de las excusas, y entonces echan un vistazo a los aparatos eléctricos que tienes por casa. En la mayor parte de las ocasiones estás jodido. Te descubrirás preguntándote para qué cojones tenías un radio-despertador.
Nuestro tipo estaba mirando por la ventana y haciendo fotos. Según me explicaron momentos más tarde, había preguntado si podía hacer unas fotos de la catedral desde nuestro privilegiado emplazamiento.
---¿No se te ha ocurrido pensar que era del G.E.Z.? ---pregunté en cuanto el pollo salió por la puerta.
Me llevé las manos a la cabeza intentando calcular a cuánto podía ascender la broma. Año y medio empadronado en Alemania, a 18 euros al mes, pongamos trescientos euros. A esto habría que sumar la multa por no haber dado de alta el televisor en su momento. ¿De cuánto dinero estaríamos hablando exactamente? ¿A cuánto ascendería para el Chano, que llevaba el doble de tiempo que yo viviendo allí?
Mientras hacía números sonó el timbre. Pensé que abriría la puerta, algo me golpearía la cabeza y luego me despertaría en un vagón de ganado camino de un campo de recreo en Polonia.
Abrí y apareció el hombre con algo en la mano y una amplia sonrisa. Se acercó y me dio dos cajitas de chocolatinas Merci en agradecimiento por haberle permitido hacer fotos. Bajó las escaleras al trote mientras yo intentaba dar un sentido a todo aquello.
---No puede ser del G.E.Z. ---me decían---, ¿cómo te van a regalar chocolatinas antes de empapelarte?
Intenté calmarme un poco, estaba sobredimensionando todo aquel asunto. Tenía mis razones para estar asustado: había quebrantado el mandamiento número dos de todo el que llega a Alemania. Esperaba las iras de la administración pública, y aquí es penalmente más atractivo darle un hachazo a alguien en la nuca que defraudar a las arcas del estado.
De alguna manera terminé de comer y me olvidé del asunto. Todo regresó a la normalidad; de nuevo volvía a pensar en el sexo. Sonó el teléfono y respondí despreocupadamente.
---¿Diga mec?
---Buenas tardes, estamos haciendo una encuesta sobre radio y televisión. ¿Cuántas personas mayores de quince años viven en esa casa?
Debo confesar que me cagué encima. Dejaré los detalles a la imaginación del lector. Empobrecí mi alemán y conminé a la señora a volver a llamar por la noche.
Marqué el teléfono del Chano en el curro.
---Chano, el pájaro está en el nido y tenemos dos palmos de agua en la cocina.
---¿Qué dices?
---Déjalo, ahora te mando un email. Podríamos tener el teléfono pinchado.
Le expliqué la situación: un tipo que parecía ser del G.E.Z. había entrado en casa y tomado unas fotografías, de la catedral y quizá de algo más. Había que encontrar una solución antes de que se presentara la policía en casa a pedir explicaciones. Podíamos sacar la tele por la puerta de atrás que nunca tuvimos y meterla en casa de algún amigo. Así podríamos decir que se equivocaban, que allí nunca había habido una tele, pero... ¿y si el pollo del G.E.Z. había sacado fotos? No quería morir frente a un pelotón de fusilamiento. El Chano me dijo que me calmara, que lo comentaría con el comando Albóndiga y que llamaría más tarde.
Que me calmara. Claro, para él todo esto era nuevo, pero yo ya estaba quemado de regalar dinero a la gente. Hacía dos meses había donado 700 euros por eBay a un malnacido y ahora iba a pagar otra carretera alemana. Entre mi dentista y mi programa "Regale el dinero (edición 2006)" ya casi me había gastado el dinero del concurso de blogs antes de haberlo cobrado. Estaba solo en casa hecho un manojo de nervios y el Chano no llamaba. Al final sonó el teléfono.
---Bien, escucha atentamente. Vamos a cargarnos la tele.
---Roger. Después de todo es vieja y nos la pasó Gorrino por quitársela de encima.
---La coartada es la siguiente: la semana pasada fuimos al IKEA y al lado hay un basurero donde la gente deja trastos. La vimos y la trajimos para ver si la hacíamos funcionar. No lo hemos conseguido y ahora usamos la tele de florero. Tengo incluso facturas de IKEA de este sábado. Estoy allí a las 18:30 hora Zulú.
---De acuerdo. Voy quitando la tapa.
Fui al trastero y cogí la caja de destornilladores. Diez minutos después había conseguido quitar la parte posterior de la carcasa. Un mundo de bobinas, condensadores y cables se abría ante mí. ¿Cómo se rompía una tele?
Cuando uno lleva uno de estos aparatos a reparar, la impresión que recibe es que si hay dos cosas frágiles en el mundo son la moral humana y los televisores, y no necesariamente en ese orden. Bien, esto no siempre es así.
Se me ocurrió que con un poco de maña podría inutilizar sólo el sintonizador y de esta manera todavía podríamos seguir utilizando la tele para ver DVDs. "Eres un puto genio" me dije. "Por cierto, te estás poniendo cachitas con tanto remo". "Bah, ¿tú crees?".
Identifiqué una cajita metálica que podría haber sido perfectamente el sintonizador. La caja tenía un orificio y a través de él se veían un condensador de cierto tamaño y una especie de lenteja que se unía a la placa por dos finas patitas metálicas. Tomé un destornillador, lo introduje por el agujero y les di a aquellos bichos el viaje de su vida.
Puse la tele de pie y la encendí. Para mi sorpresa la muy hija de puta seguía funcionando. La volví a poner en horizontal y volví a hurgar con el destornillador como si aquel orificio fuera el de mi nariz y estuviera rebuscando un moco que se había hecho fuerte tras el cerebelo. Volví a poner la televisión en pie y comprobé que la condenada no se inmutaba. Es lo que tienen las cosas antiguas, que las hacen con componentes redundantes.
El tiempo apremiaba. Ya oía a la policía tras la puerta. Miré de nuevo la enorme placa del panel posterior e identifiqué un par de lentejitas junto a unas letras que decían "N-SYNC". Bien, aquello no era el sintonizador, pero la tele no quería colaborar y yo no quería acabar en una fosa común, así que cogí las lentejitas y las retorcí hasta que se desprendieron. Di la corriente y comprobé que el aparato había enmudecido.
Estaba guardando los destornilladores cuando apareció el Chano por la puerta.
---El pollo está en el horno ---le dije.
---Muy bien. Ahora hay que deshacerse del vídeo, el reproductor de DVDs, la minicadena de Natalí y de todas las radios que tengamos en casa. Coge tu mochila de ir a comprar.
A la media hora bajábamos las escaleras cargados hasta las cejas. Le expliqué al Chano el plan:
---Vamos a meterlo todo en el sótano de la basura mientras tú vas a por el coche. No tardes. Yo me quedaré por aquí vigilando. Camina rápido y no mires hacia atrás. Si no vuelves cogeré el primer tren hacia París.
Los minutos transcurrieron eternos. Yo repasaba la coartada una y otra vez: IKEA, el basurero, la televisión... Tenía que sonar todo creíble. Era un poco arriesgado pero podía funcionar. Quizá nos salváramos después de todo.
---El perro de San Roque no tiene rabo ---escuché por la ventana del patio.
---Porque Ramón Ramírez se lo ha cortado ---contesté. El Chano ya estaba de vuelta.
Sacamos los trastos del edificio y los subimos al coche. Las ruedas derraparon cuando salimos disparados en dirección a la nueva casa de Paquito y Sonrisas. Estábamos a salvo.
De esto hace ya tres días. No ha venido nadie del G.E.Z. y la señora que hacía la encuesta no ha vuelto a llamar. No hemos recibido ninguna carta sospechosa.
En el trabajo somos la comidilla, y empezamos a creer que nos cargamos la tele en un arranque de estupidez a presión. Este fin de semana hay Fórmula uno y todavía no sé dónde la veré. Ratuza casi muere de un infarto cuando le contamos la historia. En la parte de los bombones creía que se meaba.
---No te rías, hijo de puta ---le dije----, como nos trinquen vamos a tirar de la manta. No caeremos solos.