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Otro héroe anónimo
By GonzoTBA
Creado 27/02/2006 - 00:04

Hay ocasiones en las que protagonizas capítulos épicos, te comportas de manera extraordinaria y te sientes especialmente orgulloso de ti mismo. La mayoría de esas veces, sin embargo, existe un motivo por el cual no puedes atribuirte la autoría del episodio. Has sido una persona admirable, te has mantenido fiel a tus principios y te sientes feliz y realizado para variar, pero no puedes levantar la mano y decir que estás ahí, que has sido tú, que a veces tienes tus momentos brillantes y que no todo el mundo es un cabrón todo el tiempo. Ni siquiera tú.

En PerryAG cada departamento tiene una pequeña cocinita. Allí hay una nevera, un microondas, un lavaplatos, cubiertos y alguna cosa más. En realidad sólo paso por allí para llenar la taza de agua y meterla dos minutos en el microondas. Cada dos jornadas suelo coger el estropajo, untar un poco de jabón y sacarle brillo a la taza en la que preparo los tés.

La gente bebe mucho en el trabajo, aunque generalmente se trata sólo de té o café. Más bien lo segundo. No estoy muy familiarizado con las jerarquías en la empresa ni con quién le tiene que besar el culo a quién, pero parece que cuanto más café bebes, mejor. Hay que consumir ingentes cantidades del engrudo negruzco para probar que estás siempre alerta, aunque sea alerta a las pujas de eBay. Cada segundo cuenta.

Así, igual que en el ejército los galones sobre los hombros y las medallas en el pecho significan gallardía y entrega, aquí el grosor de los restos de chapapote en las paredes de tu taza demuestra la cantidad de café que ingieres, ergo tu valía como hombre en el campo de batalla.

Si cortas un árbol puedes ver que la sección del tronco contiene anillos concéntricos. Cada anillo representa un año, y entre ellos hay madera y vivencias, sudor y batallas. Las tazas de café en las empresas funcionan de la misma manera pero amontonando mierda. Circulan algunas por ahí que parece que hayan sido rescatadas de los restos del naufragio de un petrolero.

Lo que sucede en esta coyuntura es que el estropajo de la cocina puede desaparecer o simplemente expirar y nadie lo va a echar de menos. Yo me di cuenta el primer día, y me sentí como cuando un amigo se va y encima te debía cien euros.

Al principio hice de tripas corazón y lavaba la taza frotando con el dedo. Aquello no podía durar demasiado en una empresa en la que cada enchufe tiene un código de barras. Alguien se daría cuenta y llamaría al número de teléfono que hay en un cartel junto al microondas, y entonces vendrían dos fornidos bávaros con un logo corporativo en la gorra y una caja de estropajos bajo cada brazo. Pero los días pasaron y el viento no trajo ningún barco.

Lo primero que hice fue informarme de cómo se decía estropajo en alemán. Me di cuenta entonces de que aquello que echaba en falta no era exactamente un estropajo. Técnicamente se trata de una esponja amarilla que lleva adosado, en uno de sus lados, una lámina de pelo verde duro y rasposo como el culo de un mono. Los alemanes sin embargo parecían reaccionar bien a la palabra que había escogido para denominar el artículo, así que empecé a mover mis cables.

Supuse que habría que rellenar un par de formularios señalando la falta. En una empresa alemana puedes conseguir cualquier cosa si la pides por triplicado. Yo no tenía miedo al papeleo. Después de todo me iba a hacer autónomo.

---Oye, ¿sabes a quién hay que dirigirse para pedir un estropajo para la cocina?

---¿Hay estropajo en la cocina?

---Sí, solíamos tener uno.

---No tengo ni idea. Pregunta a las secretarias.

Me explicaron que no existía un presupuesto asignado para el material de cocina. Por lo visto había una persona del departamento que hacía una colecta de vez en cuando para comprar estropajos y similares. Probablemente el mismo tipo que se encargaba de comprar el café para la máquina. No constaba en el registro.

Yo alucinaba. De tanto en tanto alguien en PerryAG se casa o tiene un crío o es operado de un tumor en un huevo y se pone en circulación un sobre. Al sobre va grapada una lista con los nombres de cien personas de las que se espera un pequeño donativo para celebrar el evento. Yo, a pesar de no conocer a la mayoría de los que se casa o tienen críos, estoy en todas las fiestas.

Lo cierto es que no lo puedo explicar, pero en esas ocasiones soy extraordinariamente generoso y suelo meter cinco euros en el sobre. Ni me tiembla el pulso. Después de todo a uno no le quitan un callo todos los días. Cinco euros para el chaval, que lo remoje. Eso sí, seguro que pongo a circular un sobre para comprar material de cocina y recojo dos lápices, un sacapuntas y veinte céntimos en monedas de cobre.

Resolví entonces que compraría el estropajo con dinero de mi bolsillo y lo llevaría a la empresa para el disfrute de toda la planta. Así dicho en tres palabras puede sonar a poco, pero cien personas no fueron capaces de ello en dos semanas. Se necesitó menos gente y menos tiempo para poner en pie las estátuas de la isla de Pascua, así que sabía que aquella hazaña me metería de cabeza en los libros de texto.

Pasaron tres días desde que me propuse la meta hasta que por fin compré el esponjoso artículo. Luego pasaron cuatro días más hasta que me acordé de llevarlo a la empresa. Pero por fin, un día, entré en la cocinita y deposité el estropajo sobre el fregadero. Me sentí formidable.

Sabía que era una persona especial, que tenía una calidad humana superior a la del resto de mis colegas de trabajo, que de verdad me preocupaba por las cosas que importaban. Quería correr por entre las mesas dando la buena nueva, quería subirme a una silla y gritar que había sido yo, que gracias a mis desvelos ahora podrían limpiar sus tazas y que aquel era un gran día.

Pero no podía hacerlo. No podía decirles a mis compañeros que era yo quien había traído el estropajo nuevo porque me preguntarían si era gilipollas. Me dirían que me sentara y me calmara, que hiciera mi trabajo. Así que tuve que apretar los dientes y disfrutar en solitario de aquel hito en mi continuo camino del desarrollo personal, de mi carrera hacia mi difusa meta de ser una persona mejor.

Y ahora, semanas más tarde, mientras el Minglanillas frota su taza con mi estropajo y yo me pregunto si debería hablarle de los efectos purificadores del jabón, dentro de mí sé que hay gente que aprecia mi trabajo. Estoy seguro de que hay alguien que se acuerda de mí cada vez que limpia su taza y que se pregunta quién ha sido el enviado celestial que ha obrado el milagro. Y ese alguien se pregunta si no podría ser quizá también una mejor persona, preocuparse de todas esas pequeñas cosas que de verdad importan.

Así es como se pone todo en marcha.

Hoy ha sido un estropajo, pero mañana será algo más grande. Y yo me sentiré mejor, y haré felices a más personas. Y este será un mundo un poco menos frío.


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