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Mi aparato (el de los piños, esta vez)
By GonzoTBA
Creado 30/11/2002 - 07:33

Sí, tengo que reconocerlo, llevo aparato en los piños desde hace ya casi año y medio. El dentista dice que queda ya poco, pero los dentistas dicen tantas cosas... Él dice que para Marzo estará ya en otro sitio que no sea mi cavidad bucal. Yo espero que para verano eso sea cierto, si no tendrá que ir a buscarlo en alguna de sus cavidades. Los dentistas que ponen aparatos son como los hombres: harán lo que sea para llevarte al catre. Para bien o para mal, los dentistas sólo te pondrán el aparat... Vaya, pues al final los dentistas van a ser igualitos que los hombres.

¿Y cómo se mete alguien como yo en un fregao así, a mi edad? Pues eso es como todo: se empieza con los amigos, un poquito los fines de semana, por probar, y lueg... Ay, no, eso es otra cosa. Pues la verdad es que no sé por qué. Un par de amigos míos se lo pusieron con 25 tacos, y a mí, que siempre me habían hecho gracia los anuncios de dentífrico, me entró el gusanillo. Fui al dentista y, como quien no quiere la cosa, en un "quítame allá esas pajas" había más hierro en mi boca que en el cajón de los cubiertos.

Y es que, no nos engañemos, llevar aparato es motivo de orgullo y sinónimo de ostentación. El que no tiene clase ni dinero, el que es un mindundi, se pone un anillo en una ceja o en la punta del nabo, un "pirsing" de esos. Pero alguien como yo, un tío con clase y con un estatus, se pone un "pirsing" a tutiplén, de los que valen una pasta, de los que se ven cuando uno se ríe a mandíbula batiente. Si me hubiera puesto un remache en la punta del ciruelo, no me lo iba a ver ni Perry. En cambio, el aparato, el aparato sí que luce. Puedo entrar en un bar cutre y decir: "Lleva más pasta en la boca que lo que os habéis gastado aquí en el equipo de música".

Remontémonos unos cuantos siglos para encontrar el origen de semejante cacharro. Corría una época de esplendor religioso y renacimiento de las artes, cuando un grupo de aspirantes a dentista que se hacía llamar "La Santa Inquisición", se dedicaba a poner una sonrisa en cada boca. Sus aparatos no eran tan sofisticados, pero conseguían llevar la alegría a cada cara. En la actualidad, las ciencias han avanzado que es una barbaridad. Afortunadamente.

Y eso que los dentistas se cortan, que si se emplearan a fondo, otro gallo nos cantaría. Cuando uno se sienta en la silla y ve el arsenal que reposa sobre la bandejita, se le encoge el hígado. Yo lo paso peor que cuando voy al registro a pedir una partida de nacimiento. Bueno, lo pasaba, porque la silla del dentista es ya como el sofá de mi casa. Todos los meses, con regularidad tal que si desayunara fibra por la mañana, tengo cita con el dentista. Para todos aquellos que no puedan imaginarse una sesión de ajuste de remaches, haré una pequeña recreación (entre paréntesis mis pensamientos):

Dentista: "Buenas tardes"
Yo: "Buenas" (para ti, hijo puta, que yo llevo una hora y cuarto de pie en la sala de espera, que no sé para qué me das hora a las 6 si sabes que hasta las 7 y cuarto no voy a entrar. Podíamos haber montado un partido de fútbol en la sala de espera, con un cambio en cada equipo).
D: "¿Cómo va todo?"
Yo: "Bien, bien"

Entonces el tío me abre las fauces. Si hubiera sido domador en tiempos pasados, sin duda intentaría introducir el cabezón en mi boca (y vive dios que cabría), pero afortunadamente no es el caso. El payo mira a un lado y a otro. Me dice que cierre. Que abra. Que vuelva a cerrar. Entonces se gira a la enfermera (ayudante), pone los ojos en blanco y entra en trance:

"Le vas a poner una retro del 3 al 5, una goma de los seises al 3, un janderindemidel en los unos y una trócola del doce".

La ayudante hace que toma nota de todo, y lo que no ha llegado a coger lo improvisa luego (os lo juro). Al final uno acaba descifrando el código (son muchos meses) y os aseguro que ha habido veces que he salido de allí con menos piezas de las que ha dictado el pollo. Pero uno piensa: "Qué más da, si no es este mes será el siguiente".

El proceso de ajuste de tuercas es bastante tedioso. Te quitan las goma antiguas, que se te han quedado grandes, y te ponen cosas nuevas. De vez en cuando improvisan nuevos artilugios, y entones ves las estrellas. Cuando sales de la consulta sólo notas un cierto empanamiento, pero al día siguiente no puedes ni mascar gelatina. Pasan varios días hasta que puedes lavarte los dientes sin jurar en arameo.

Y así llevamos año y medio. Ya no recuerdo lo que es notar el interior de los labios rozar las encías en una tarde de primavera. Pero queda ya poco, veo el final del túnel. Y entonces, las mozas, apabulladas por unos piños forjados a base de gomas y cables, se arrojarán en mis brazos sin pensar en las consecuencias de tan alocado acto. Porque vamos, como no lo hagan, mi dentista, al que yo y otros tantos hemos hecho rico, se va a enterar. Por estas.


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